03 marzo, 2017

¿Soñé por un momento?





Teatro Rosalía Castro, 24 de septiembre de 2016. La respiración. Autor y dirección, Alfredo Sanzol. Reparto: Pau Durá, Íñigo; Verónica Forqué, Maite; Nuria Mencía, Nagore; Pietro Olivera, Andoni; Martiño Rivas, Mikel; Camila Viyuela, Leire. Música, Fernando Velázquez; Escenografía y vestuario, Alejandro Andújar; Diseño iluminación, Pedro Yagüe. Construcción decorados, May Servicios, María Calderón.

Crónica borrada por error y republicada fuera de su fecha

La respiración es una de esas obras de las que uno sale preguntándose cosas; esa clase de teatro que con un tono y construcción de comedia presenta un drama personal de hondo calado. Algo así como un estanque rodeado de flores y alegres esculturas, en el que el agua translúcida permite entrever los desconchones que el paso del tiempo ha dejado en su fondo. La obra, que habla del amor y las relaciones humanas, es una crónica sobre la soledad: la que sufrió el autor, Alfredo Sanzol, por la separación de quien había sido su pareja quince años; la que en el texto vive Nagore, el personaje femenino protagonista.

Dice Sanzol que La respiración  es una obra terapéutica, escrita “para que me cure a mí y también al público” porque “el humor tiene una finalidad curativa; al poner en el escenario nuestras propias contradicciones y paradojas, hace que tomemos distancia sobre ellas, lo que nos ayuda a verlas mejor y a aceptarlas”.


Nuria Mencía

Nagore presenta su drama personal e íntimo al inicio de la función en un soberbio monólogo lleno de duras verdades y preciosas expresiones que nos hacen sentir una profunda empatía con el personaje (¿con el autor?). Con frases como “el hueco que dejan los pequeños ruidos”, que expresan de forma tan profunda como poética el dolor que se siente con la soledad impuesta. La que ella siente, por ejemplo, en su deambular nocturno por una casa vacía de sentido para ella.

La presencia y consejos de la madre, Maite, desencadenan toda la acción posterior y las situaciones humorísticas que Sanzol extiende como un bálsamo sobre los sentimientos de Nagore y su impacto en el espectador. Las clases de yoga; las relaciones cruzadas (cruzadísimas) de los seis personajes que se van descubriendo a lo largo de la representación materializan –o sólo simbolizan- ante el público el cambio de aires con el que Maite pretende que Nagore deje atrás su vida pasada y supere su dolor.

De izquierda a derecha: Pietro Olivera, Pau Durá,
Verónica Forqué y Martiño Rivas

La descabellada acción y el tono un tanto vodevilesco tejen un sutil velo entre escenario y platea, sobre el que nacerá la visión de la obra de cada espectador. Desde quienes simplemente hayan pasado un buen rato riéndose con las aventuras de Nagore y compañia hasta quienes hayan sentido sus desventuras como un reflejo de su vida. Desde quien se identifique con alguno o algunos de los personajes hasta quien después de salir del teatro haya seguido preguntándose cosas. Algo parecido a la sensación de permanencia de aromas y sabores que dejan los buenos vinos y que invita a catar más de esa bodega.

Alfredo Sanzol, presenta La respiración como “un regalo” para cuantos de alguna manera se hayan visto tocados por el amor. ¿Y quién no lo ha sido en algún momento de su vida de forma positiva o negativa? ¿Quién no se ha sentido, como él mismo dice, con “el pabellón de la autoestima en lo más alto gracias al amor” o “en lo más bajo gracias al amor”? No, desde luego, “todos los que piensan y sienten que, a pesar de lo que hagas con el pabellón de tu autoestima, cuando te enamoras te la juegas”.

Nuria Mencía

Quizás sólo “los que hayan conseguido que el pabellón de su autoestima no dependa de nadie”. Aquéllos cuya respiración –metáfora que actúa como hilo conductor de la obra- sólo depende de su esfuerzo físico; quizás porque han llevado sus relaciones personales por caminos diferentes a los del sentimiento y la empatía.

Gran actuación la de Nuria Mencía, encarnando a la Nagore llena de angustia y dolor, una mujer perpetuamente descolocada en su nueva vida pero que es capaz  de ilusionarse progresivamente con la vivencia o fantasía con que se encuentra al seguir el consejo materno. También a la que sufre el duro aterrizaje en la la realidad cuando todo vuelve a ella o deshace la fantasía.

Arriba, Verónica Forqué;
abajo, Nuria Mencía
Verónica Forqué acaba de llegar al reparto. Su actuación deja un cierto regusto a “locamadre” sobre el que, sin embargo, no puedo evitar ver la su forma de hacer como actriz por encima de “la chicha” y el espíritu del personaje. Excelente Camila Viyuela como la Leire llena de juventud e ilusión en su relación con Mikel... y una cierta doblez –mejor dicho, una doblez cierta- en las que mantiene con los demás.

Pau Durá hace un Íñigo muy creíble. Es soberbio el monólogo con el que describe el descubrimiento de su expareja, en el que transita por un variado espectro expresivo desde el pasmo a la indiferencia y desde la incredulidad al desgarro. Bien representado el Andoni de Pietro Olivera, de la serenidad zen al descaro autojustificador, y prometedor Martiño Rivas como “gym-man” chulete y descarado; algo menos creíble en sus diálogos con Leire.

Martiño Rivas y Camila Viyuela

“Aaire, soñé por un momento que era aaire...”
Dice Sanzol, que cuando la hija de Nagore está con el padre, Maite introduce a esta “en una fantasía, una historia de amor con varios hombres». Al final, el espectador puede preguntarse si ella puede cantar el estribillo de la vieja canción de Mecano. Si los personajes han vivido de verdad todo todo el episodio que ha visto sobre el escenario. O si todo ha sido simplemente imaginado por Nagore - ella misma lo llama fantasía al final de la obra sin que quede claro el sentido de la palabra-, entre la primera escena con Maite y la llamada final del compañero de instituto. Que, por cierto, se llama Alfredo (¿casualmente?), como el autor. O qué parte de la trama habrá sido vivida por éste o sólo producto de su imaginación o de los talleres de improvisación con los actores de que salió parte del texto. O cómo preferiría cada espectador haber vivido, llegado el caso, una situación de desamor.

Mucha “O” como conjunción (disyuntiva, por cierto, no copulativa). Ahora el trabajo es para cada espectador que quiera asumir la obra en la medida de sus posibilidades o exigencias. Muchos aún seguimos pensando.


Aire...



22 febrero, 2017

¿Ni come ni deja comer?




A Coruña, Teatro Rosalía Castro. El perro del hortelano, de Lope de Vega. Versión Álvaro Tato. Dirección, Helena Pimenta. Reparto (por orden de intervención): Teodoro, Rafa Castejón; Tristán, Joaquín Notario; Diana, Marta Poveda; Fabio/Lirano, Álvaro de Juan; Octavio/Furio/Camilo, Óscar Zafra; Anarda, Nuria Gallardo/Paula Iwasaki; Dorotea, Alba Enríquez; Marcela, Natalia Huerta; Marqués Ricardo, Paco Rojas; Celio/Chapas, Egoitz Sánchez; Conde Federico, Pedro Almagro; Leónido (paje), Alfredo Noval; Amor/Antonello, Alberto Ferrero; Conde Ludovico, Fernando Conde. Música en off, Olesya Tutova. Ambientación de vestuario, Taller de María Calderón. Posticería, Lupe Montero. Telones serigrafiados, Gerriets. Asesor de verso, Vicente Fuentes. Coreografía, Nuria Castejón. Selección y adaptación musical, Ignacio García. Iluminación, Juan Gómez Escenografía Ricardo Sánchez Cuerda. Cornejo. Vestuario, Pedro Moreno/Rafa Garrigós.


De frente, Rafa Castejón, Marta Poveda y Joaquín Notario

Normal, cuando la dieta no es ni apropiada ni apetecible. Al pobre perro protagonista del viejo refrán lo tienen sometido a una especie de prisión sin rejas de la que no puede salir y en la que no encuentra forma de satisfacer sus apetitos y necesidades. Lo mismito que a la protagonista de El perro del hortelano, de Lope de Vega. Diana, Condesa de Belflor es una rica heredera y una pobre mujer. Porque heredar título y posesiones no la exime de –más bien la obliga a-  cumplir con el papel a que está predestinada: casarse con un hombre de su posición social y económica que administre su vida y bienes hasta el fin de sus días. ¿A quién se le ocurre nacer mujer, rica y noble en pleno siglo XVII?

O en el XVIII, en el que se sitúa la acción en esta adaptación del Centro Nacional de Teatro Clásico presentada en el Teatro Rosalía Castro de A Coruña. Que mucho Siglo de las Luces y mucho racionalismo pero resulta que a una noble que quisiera matrimoniar con quien ella quisiera y no con quien dictaran las normas se la catalogaba como una histérica o una trastornada, cuando no como un “monstruo de mudanzas", como reza el propio texto de Lope.

Marta Poveda y Rafa Castejón

La producción del CNTC, por el contrario, pretende mostrarnos a Diana, condesa de Belflor, dentro de un concepto más actualizado; casi como una feminista que lucha por los derechos de la mujer. Aunque se muestra más como la feminista que lucha por los derechos de una mujer: de los suyos, vamos. Así, no es de extrañar que su relación con lo que a finales del s. XX (y en algunas casas, también en pleno s. XXI) se llamaba "el servicio" sea la de amo y criado. Y que a sus sirvientes los maneje como le viene en gana, hasta el punto de casarlos a su antojo o incluso recluirlos cuando se oponen a sus deseos y órdenes. Y si quien se le pone por delante es su secretario, este Teodoro al que desea, anhela y dice amar, pues no es para arrendarle las ganancias al pobre hombre.

La producción se basa en un vestuario de época que logra muy buena ambientación y una escenografía cuyo diseño y realización permiten ágiles cambios de escena. A ello se suma una coreografía muy dinámica y bien diseñada, que contribuye a agilizar notablemente la acción.

Natalia Huarte (Marcela), Rafa Castejón (Teodoro) y Joaquín Notario (Tristán)

Entre los actores hay que destacar la absoluta eficacia y buen hacer de Joaquín Notario que encarna en plenitud todas las características del personaje de Tristán. Rasfa Castejón  hace un Teodoro bien creíble, con un estupendo ritmo en el verso, aunque al principio de la función se ve ligeramente lastrado por su entonación. La Diana de Marta Poveda tiene buena presencia escénica, una más que notable gestualidad facial y corporal... y una dicción manifiestamente mejorable en casi todos los aspectos como claridad, proyección y entonación.

El resto del reparto incorpora sus papeles con buen oficio, entrega absoluta y una dicción del verso algo atropellada por (quizá demasiados) momentos. Tal vez por ese afán tan en boga de hacer predominar el ritmo escénico sobre los propios del verso. Lo que Agustín garcía Calvo llama “la corriente de los tiempos, que trata de reducir ese juego del teatro a mera literatura sobre la escena”. El extremo contrario a la declamación pura y dura, tan opuesto como ésta al buen equilbrio entre el drama, la prosodia y la métrica. Ese centro en el que Tomás de Aquino situaba la virtud.

Marta Poveda


La iluminación subraya eficazmente la acción; y la música (en off), interpretada al piano por  Olesya Tutova, es francamente eficaz: contribuye al dinamismo de las escenas de mayor movimiento escénico y muy especialmente a los momentos en que el texto habla del amor en su más sincera expresión, con su versión de fragmentos de la Fantasía para piano a cuatro manos de Schubert. 

17 febrero, 2017

Volando en un mar de sueños






A Coruña, Conservatorio Profesional de Música, 9 de febrero. Programa: John Cage, The Daughters of the Lonesome Isle, para piano preparado (1945); Mercedes Zabala, Implacable Ice (2012); César Camarero, Sobre la superficie del agua (2014); Antonio Hortigüela: Grande Miniatura (2014), Non Abbiamo Febo Ancora (2004); Beat Furrer, Drei Klavierstücke (2003); Elliot Carter, 90+ (1994). Elisa Vázquez Doval, piano.

La vida musical de una ciudad como A Coruña tiene actividades tan diversas que van desde conciertos de música para gran orquesta en un auditorio de mil setecientas personas a conciertos didácticos para un reducido número de alumnos de conservatorio. Desde los celebrados por la Orquesta Sinfónica de Galicia las últimas semanas, con estrenos de Xabier Mariño, Wladímir Rosinskij y Federico Mosquera), a los que se organizan en el auditorio de cámara de un conservatorio como actividad didáctica. El jueves 9 de febrero tuve la suerte de escuchar el que brindó Elisa Vázquez Doval, en el Conservatorio Profesional de Música de A Coruña.

Logo de Pianeiros
Organizado por la Asociación “Pianeiros” con el título general “Música contemporánea para piano”, el recital fue un auténtico placer... O más de uno: en primer lugar, por su gran valor didáctico –seguramente el primero buscado por quienes lo organizaron-; Y de acuerdo con una acepción del DLE para esa palabra, fue un genuino “arenal donde la corriente depositó partículas de oro”. Porque bien podríamos comparar a pepitas de oro las palabras sencillas –los verdaderos maestros no necesitan artificios para llegar a su público- de Vázquez Doval: una didáctica que los presentes pudieron convertir en conocimientos  por su fácil de absorción y asimilación.

Y éste el primer gran mérito en esta gira de Elisa Vázquez Doval por los conservatorios profesionales de Santiago, A Coruña y Ferrol: hacer llegar a los alumnos la música del s. XX, tan abandonada por lo general en lás prácticas pedagógicas de los conservatorios como necesaria para comprender el tanto la música del siglo pasado como el punto en el que se encuentra la composición del s. XXI.

Elisa Vázquez Doval

Porque sólo se puede comprender la inmensa variedad y libertad de tendencias compositivas actuales si se ha asimilado debidamente la inmensa explosión que supuso la Segunda Escuela de Viena.  Y que doblado hace tiempo el Cabo de las Tormentas de la música compuesta en el tercio central de ese tan incomprendido y mal vendido s. XX musical, se lo pueda ya considerar como Cabo de Buena Esperanza: la de que los conciertos no sean una especie de museo arqueológico de la Música, sino exposición de música verdaderamente viva: de ayer  ¡y de hoy! (que nunca morirá la que contenga verdadera calidad).

Desde el punto de vista artístico, escuchar a la pianista de Mugardos en un repertorio en el que se mueve como pez en el agua es otro placer -un goce estético- de primera magnitud. Y no sólo para los alumnos presentes –en número siempre inferior al que nos gustaría ver en estas valiosísimas actividades- sino para las madres, padres y abuelos de ambos sexos que, a la espera de sus familiares-alumnos del Conservatorio, poblaron el recoleto auditorio hasta las 20.05; hora en la que la salida de alguna de las clases, el final de una de las Drei Klaviestücke de Furrer fue como el pistoletazo de salida que provocó una buena desbandada de familiares custodios.

Antes, el piano preparado según John Cage permitió al gran talento de Vázquez Doval hacernos soñar con una orquesta habitante de la caja del piano del Conservatorio –un venerable Bechstein de nobilísimo sonido-, cuyas entrañas físicas fueron luego expuestas a la curiosidad de los alumnos.

Elisa Vázquez Doval mostrando el interior de un piano a un grupo de alumnos 

No pararon a partir de entonces las sugerencias visuales de la música que allí se escuchó (y vio, me atrevería a decir): el amplio sonido -como de panorama bien abierto- escrito por Mercedes Zavala en Implacable Ice o la música de César Camarero –Sobre la superficie del agua- en la que el sereno brillo exterior aun permitió vislumbrar el platear de peces sobre el color más oscuro de las algas del fondo.

Elisa Vázquez se permitió –nos brindó a los asistentes, en realidad- el lujo de un estreno absoluto, la Grande miniatura, de Alberto Hortugüela: un título en oxímoron para una obra llena de contrastes entre brillos relampagueantes y martilleos. Y luego, en Non Abbiamo Febo Ancora, un mundo nuevo de percusión del pedal sin sonido de las cuerdas, de la música como de arpa y los pizzccati de las cuerdas pulsadas directamente por las manos de la pianista.


Las manos de Elisa

En las Drei Klavierstücke, Beat Furrer -prolongando el canto de la mano derecha en los armónicos por resonancia de algunas cuerdas graves liberadas por presión sobre sus teclas- nos propone un juego de sonido entre mágico y onírico que fue espléndidamente logrado por Vázquez Doval. El inicio de la segunda evoca la figura de un gran martillo industrial, hecho de acordes en registro grave, percutiendo sobre un brillante clavo en notas sobreagudas con un cromatismo lleno de ritmo. Los sugerentes glissandi del mero ruido mecánico de las teclas, las notas “en rotación” de dedos y muñeca y los inmensos “clusters” tocados con los antebrazos volvieron a hechizar el al auditorio con su asombroso clima sonoro.

Como final programado, 90 + y Tri.Tribute, de ese gran padre (casi el padre eterno) del piano del s. XX que fue John Elliot Carter. Las incesantes polirritmias de 90 +, con su atractivo capaces de movilizar los pies más torpes, fulminaron la mínima resistencia a la música del s. XX que aún pudiera haber subsistido a lo largo del recital. Una atractiva facilidad de escucha que contrasta a buen seguro con la enorme dificultad mecánica y dialéctica de la obra. En Tri Tribute, el centelleo de la mano derecha sobre las largas notas graves de la izquierda y el gran juego de pedal fueron herramientas que las manos (¡y pies!) de Vázquez pusieron, como en todo el recital, al servicio de la partitura. Y a eso bien se le puede –y debe- llamar música en estado puro.




Al final, para responder al calor de las palmas de quienes nos resistíamos a salir de donde habríamos seguido horas envueltos en música, una propina de auténtico lujo: The Banshee, de Henry Cowell. Obra de inmensas sugerencias sonoras que, lejos del sobresalto fantasmal más habitual en otras interpretaciones, tuvo una poesía sugerente de profundidades. Las de un océano poblado de seres mágicos, tal vez sirenas emitiendo su canto; como un canto de ballenas “pre-Crumb” (¿precrúmbico tal vez?) que permitió a nuestra imaginación volar durante las horas posteriores en las aguas de ese mar de sueños. Elisa Vázquez Doval interpretó The Banshee con la colaboración de Nuria Díaz Mera -profesora del conservatorio y una de los organizadores del concierto- que, a los pedales del viejo Bechstein, mantuvo la magia de la sonoridad .



31 enero, 2017

Y la atención volvió a condensarse





A Coruña, Real Academia Galega de Belas Artes, 24 de enero. Programa: Ludwig van Beethoven, Geister trio en re mayor, op. 70 nº 1; Antonín L. Dvořák, Trio nº 4 en mi menor, “Dumky”, op. 90. Artemis Ensemble: Deborah Gonsalves, violín; Berthold Hamburger, violonchelo; Alicia González Permuy, piano


La Real Academia Galega de Belas Artes Nosa Señora do Rosario viene organizando desde hace años, conjuntamente con Artemis Ensemble, un ciclo de conciertos a favor de asociaciones benéficas de la ciudad con un notable éxito de participación de público. La entrada es gratuita: a la puerta del salón de actos  se instala una mesa en la que se entrega el programa del concierto a los asistentes, que pueden dejar su contribución a la ONG o asociación en una urna dispuesta para recoferlos.

El concierto del martes 24 tuvo como protagonista al conjunto Artemis Ensemble en su formación de trío. Estos dos  miembros de la Orquesta Sinfónica de Galicia e impulsores de estos ciclos están también  implicados en diversas actividades didácticas. Por su parte, Alicia González Permuy, profesora de piano en el Conservatorio Superior de Música de A Coruña, es colaboradora habitual de la OSG y ha trabajado con orquestas como la Ciudad de Granada o la Sinfónica de Bilbao.

El Geister trio (Trío fantasma) tuvo un primer movimiento, Allegro vivace e con brio, de genuina fuerza beethoveniana, aún más densa a partir de su sección más lenta. Los sentimientos del Largo assai ed espresivo tuvieron hondura y los unísonos de violín y chelos, pasión y explosividad sabiamente contenidas en el apoyo del piano, acabando en un pianissmo lleno de delicadeza. En el Presto, retornaron las oleadas de fuerza características del de Bonn, especialmente sentidas como una llamarada interior muy bien expresada en los pizzicati de las cuerdas sustentados por el piano de González Permuy.

González Permuy (iz), Gonsalves (c) y Hamburger (dcha)


Después de apenas unos minutos de descanso para los intérpretes, éstos atacaron la interpretación del Trío en mi menor, Dumky”, de Dvořák. Obra grande en extensión y concepto a la que algunos han llegado a llamar el segundo concierto para chelo del de Bohemia. Su sobrenombre es el diminutivo plural de Duma, nombre de una danza ucraniana de carácter melancólico, generalmente en modo menor y, en su uso en música clásica, frecuentemente rematada en un apéndice más alegre: un brusco cambio de carácter hacia la euforia del que es un ejemplo paradigmático estre trío de Dvořák y que se invierte en el quinto, Allegro – meno mosso (quasi tempo primo),

La versión de Artemis Ensemble tuvo la grandeza y el virtuosismo que requiere la gran obra. Desde el Lento maestoso inicial, una especie de magia sonora irradió del chelo de Hamburger para transformarse en el Allegro quasi doppio movimento en la gracia del violín de Gonsalvez y la fuerza interior del piano de González Permuy. Y así durante los seis tiempos del trío, desde la solemnidad de un sereno duelo con que comienza el segundo, Poco adagio, a la brillante grandeza del Lento maestoso – Vivace con que remata esta obra maestra.

Todo un recorrido por el más auténtico Dvořák que a los más veteranos nos hizo recordar la presentación de Artemis Ensemble –hace ya más de veinte años en el Teatro Rosalía Castro- cuando desde el principio del concierto muchas espaldas se separaron de los respaldos de sus asientos y se produjo, como el martes en el salón de actos de la Real Academia Galega de Belas Artes, esa especie de condensación de la escucha que sucede cuando se presiente con certeza que algo grande está a punto de ocurrir.

23 diciembre, 2016

Con olor a tinta y goma




Teatro Rosalía Castro, 16 de diciembre. El florido pensil (niñas). Memoria de la escuela nacionalcatólica, de Andrés Sopeña Monsalve, en adaptación teatral de Kike Díaz de Rada. Reparto: Loli Astoreka, Artola; Gurutze Beitia, Briones; Teresa Calo, Alberdi; Elena Irureta, Aguirre; Itziar Lazcano, Jáuregui. Dirección, Fernando Mernués y Mireia Gabilondo. Ayudante de dirección y regidora, Naiara Arnedo. Escenografía y coordinación técnica, Edi Naudò. Vestuario, Ana Turrillas. Producción ejecutiva, Ane Antoñanzas. Ayudante de producción, Vito Rogado. Iluminación, Xabier Lozano. Producción, Tanttaka teatroa.

Cartel de El florido pensil
El Florido Pensil / Niñas (Memoria de la escuela nacionalcatólica) es una comedia y hace reír al espectador. Y eso, que no es poco en tiempos apretados como los que vivimos, se eleva teatralmente muchos puntos cuando la función hace también pensar. Y ésta lo logra. Porque trata de la educación, una parte básica de la vida de cualquier país; y precisamente de la educación que se daba en España en una época tan determinante para nuestro país como la posguerra –de los años 40 a los 60-, en plena dictadura de Franco. Cuando la educación era nacionalcatólica, como dice el subtítulo de la obra. O no era; que aún quedaban demasiados españoles sin escolarizar pese a los afanes proselitistas y catequizadores del Régimen (que así se llamaba y escribía entonces la dictadura de Franco).

El Florido Pensil / Niñas es una adaptación de la obra homónima, producida también por Tanttaka Teatroa en 1996, escrita a partir del libro de Andrés Sopeña Monsalve. Una continuación bien necesaria para que el espectador del siglo XXI pueda hacerse una idea de la formación que que recibían las españolas. Que era bastante asimétrica con de la que recibían los varones, dado que Régimen e Iglesia (la católica, por supuesto) consideraban a las chicas unos seres destinados casi en exclusiva a un matrimonio absolutamente patriarcal, en el que ellas sólo habían de servir y satisfacer a sus maridos, procrear y perpetuar así en sus hijos la (por llamarla de alguna forma) educación en las mismas creencias que les habían sido impuestas. O grabadas a fuego a base de repetición memorística y cantada de consignas tantas veces incomprendidas [1], como con tanto y tan buen humor se denuncia desde el escenario desde el inicio mismo de la obra.

De izquierda a derecha: Calo,  Irureta, Astoreka, Lazkano y Beitia

Para ser justos con su trabajo, no cabe hacer distingos en la excelente interpretación, tan coral, de las cinco actrices que protagonizan El florido pensil / Niñas. La direccción de Bernués y Gabilondo da un vivo ritmo a la función, que no decae en toda su duración. La escenografía  de Edi Naudó da la imagen idónea de aquellas clases –aulas sería demasiado nombre- mates, oscuras y con olor a tinta barata, madera de lápices recién afilados, goma de borrar (Milán, se supone) y a manada infantil un puntico sudorosa.

Clases presididas por la extraña trinidad Foto de Franco-Crucifijo-Foto de José Antonio, que coronaba todas las pizarras del reino. Porque no hay que olvidar que España, además de “Unidad de destino en lo universal”, se consideraba oficialmente un reino. Sin rey, sí; pero reino al fin y con pizarras coronadas.

Niñas y pizarra coronada

Y así, entre risas y sonrisas, transcurre una obra que cumple el objetivo, cada vez más necesario, de recordar a quienes vivimos aquellos años cómo era entonces la vida en general y la escolar en particular; de las niñas en este caso. Y para mostrar parte de lo que era aquella España -de una vida gris sobre el fondo azul mahón de las camisas de Falange- a quienes han nacido y estudiado después de la dictadura. Jóvenes a la mayoría de los cuales, por poner un ejemplo, lo que se dice en El florido pensil / niñas sobre el  quizá sólo les provoca la risa o la sonrisa.

Imagen del Consultorio de Elena Francis

O incluso personas que, pese a haber vivido aquellos tiempos, llegan a considerar fuera de lugar el breve exordio –totalmente ad hoc- sobre violencia machista que se expone en la obra. Y que bien necesario es cuando el mismo fin de semana de la representación se han producido tres asesinatos más de mujeres por parte de sus parejas, exparejas o aspirantes a pareja.

Llegados aquí, se hace necesaria una digresión: de 1947 a 1984, nada menos que durante treinta y siete años, la radio española emitió un programa protagonizado por un personaje ficticio que, por boca de diferentes locutoras a lo largo de tanto tiempo, respondía a mujeres que pedían consejo sobre sus problemas. En principio se llamó Consultorio de Belleza de Elena Francis, una inversión abreviada del nombre (Francisca Elena Bes Calbetde la dueña del laboratorio de cosmética [2] que lo patrocinaba. Pero lo que en sus inicios era simplemente publicidad disimulada del laboratorio de cosméticos evolucionó más tarde a consultorio “sentimental”  y su sintonía se convirtió en la música de fondo de muchos hogares españoles.


Soto Viñolo, entrevistado por Mercedes Milá

A partir de entonces, sus consejos (que sólo años más tarde se descubrió que los escribía un equipo de guionistas dirigido por el periodista y crítico taurino Juan Soto Viñolo) fueron sobre la convivencia en el hogar. Pero como casi siempre implicaban la relación hombre-mujer, tales consejos bien podrían resumirse como “cuéntaselo a tu confesor y ten mucha paciencia y resignación cristiana, hija”. Todo en la línea de la guía La mujer ideal [3], publicada en 1958 como parte del temario de la asignatura –sólo para chicas- Economía Doméstica para el Bachillerato y el Magisterio, cuya autoría se atribuye a Pilar Primo de Rivera -hermana del fundador de Falange Española, José Antonio [4]-.

Pilar Primo de Rivera pasando revista a un grupo de muchachas  alemanas


No deja de ser curioso reseñar que, pocos días antes de la función en el Rosalía, saltaba en las redes sociales una noticia sobre la familia Primo de Rivera: la inclusión por el Ayuntamiento de Majadahonda (Madrid) en su programación cultural navideña de la versión filmada de Mi princesa roja, un musical sobre la vida sentimental de José Antonio y su posible amor prohibido con la esposa del Embajador de Rumanía.

Serrano Súñer entre un grupo de mandatarios alemanes

Esta proyección coincide en el tiempo con la de la serie de Telecinco Lo que escondían sus ojos, que trata de otros amores prohibidos: los de Ramón Serrano Súñer, que fue ministro en varios gobiernos de Franco. Una serie “rosa” sobre “El Cuñadísimo” [5], personaje siniestro donde los haya dentro del régimen franquista, responsable del internamiento y ejecución de miles de españoles en Mauthausen, el campo de exterminio de Categoría III, la más espeluznante incluso dentro del régimen nazi. Una más de muchas coincidencias que, dado el rumbo que está tomando el mundo y no sin cierta dosis de razón, tienen con la mosca detrás de la oreja a quienes no creen en la casualidad y sí en la causalidad.





[1] Lo de “Imposible el alemán” por “Impasible el ademán” hizo que se me saltaran las lágrimas, tanto por larisa como por la indignada emoción de recordar el mismo error en mi impuesta participación en los cantos fascistas–tan obligatorios como tremendamente eficaces, los jodíos- como alumno de mi cole.
[2] Para mujeres, claro. A los hombres ni se les ocurría que su piel pudiera –y aun menos debiera- ser cuidada, incluso dejando aparte el qué dirán.
[3] Se ha divulgado por Internet un texto con este título, con ilustraciones de una publicación mexicana, algunos de cuyos párrafos no se corresponden con los imperativos de la moral católica preponderante. No es el caso del último párrafo de ese texto, reproducido en el programa de mano de El Florido pensil / Niñas.
[4] Días antes de la función en el Rosalía saltaba en las redes sociales la noticia de que el Ayuntamiento de Majadahonda (Madrid) había incluido en su programación cultural navideña Mi princesa roja un musical sobre la vida sentimental de José Antonio y sus supuestos amores prohibidos con la esposa del Embajador de Rumanía.
[5] Ramón Serrano Súñer se casó con Ramona Polo, hermana de la esposa de Franco. Concuñado pues de éste, fue apodado “El Cuñadísimo”, en referencia al poder que llegó a tener y como irónica alusión al título de Generalísimo de los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire que se autootorgó el dictador y que tanto le gustó ostentar. Fue precisamente el descubrimiento de los amores e que trata la serie -con Sonsoles Icaza y de León, marquesa de Llanzol, al parecer, entre otras muchas- lo que le hizo caer en desgracia ante Franco y perder su gran influencia política.



07 diciembre, 2016

Una trepa por cuenta propia



Teatro Rosalía Castro, 3 de diciembre. Happy End. Autor, Vaivén Producciones a partir de un texto de Borja Ortiz de Gondra. Reparto: Xabi Donosti, Martín; Garbiñe Insausti [1], Gabriela; Ana Pimenta, Ainhoa. Dirección, Iñaki Rikarte. Ayudante de dirección, Alberto Huici. Escenografía y vestuario, Ikerne Giménez. Utilería y atrezzo, Marcos Carazo. Diseño lluminación, Xabier Lozano. Iluminación, Andoni Mendizábal. Producción, Vaivén Producciones.


Cartel de Happy end
Todo lo que comienza tiene su fin, incluso las crisis económicas. Aunque la que venimos sufriendo en España no parece tenerlo, al menos para los más desfavorecidos, ése es el punto de partida de Happy end, “una comedia muy negra” en palabras de su productora, Vaivén Producciones. La crisis toca a su fin, la situación del país mejora a la vista de todos los datos y “la felicidad y el optimismo empiezan a invadirlo todo”.

También Happy End; pero felicidad y optimismo son dos caras de una plaga que amenaza acabar con su actividad. Porque ésta es una asociación clandestina surgida al hilo de la crisis [2], que ofrece un servicio bien singular: ayuda a suicidarse a personas desesperadas que no tienen el valor de hacerlo por sí mismas. Y, claro, cuando la vida sonríe hay menos candidatos al suicidio; con lo que Happy End ve reducida su “nicho de mercado” (pocas veces esta expresión de mercadotecnia tiene un significado tan descriptivo).

El servicio se presta en forma de cadena: cada candidato ha de ayudar al anterior y será ayudado por el siguiente. De esta forma la directora de la asociación, Gabriela, elude su responsabilidad. Al fin y al cabo ella sólo proporciona el contacto y son los propios asociados quienes cometen el delito de auxilio al suicidio. Y todo ello haciendo pasar al candidato a “asociado” por una serie de pruebas y ofreciéndole todo un catálogo de formas de despenarse. Pero respetando escrupulosamente, eso sí, toda una serie de “normas éticas”. Aquí, cuando surgen estas normas en el texto y tras el comienzo en un tono de comedia más o menos negra o ácida, surge la primera oportunidad que se le da al espectador avisado de ir más allá de la risa o la sonrisa.


Garbiñe Insausti (i), Xabi Donosti y Ana Pimenta (d)
 

Es ésta una oportunidad que cuesta aprovechar, pues Happy end es como un río corriendo por llanuras aluviales, en las recorre sus meandros de izquierda a derecha sin terminar de dirigirse claramente hacia alguna parte. Pasado el planteamiento inicial, un humor no muy corrosivo se va entreverando de esas consideraciones éticas, con la resultante de una inercia entre ambas posibilidades que dificulta tanto la sonrisa como la elaboración de conclusiones más serias derivadas del texto. Da la sensación de que a sus creadores les ha costado tomar partido por un género teatral u otro, como si quisiesen agradar a todos o temiesen molestar a alguien.

Lo más demostrativo de todo esto es seguramente el final, del que no hablo aquí, sino en las notas al pie para no destripárselo a quien pueda molestarle [3]. Personalmente, habría preferido uno en el que cada cual tuviese que sacar sus propias conclusiones; que el teatro puede y aun debe ser un revulsivo y el tema da sobradamente para ello. Pero cada autor es muy dueño de acabar su obra como mejor crea.

Casi, casi como acaba la vida misma de las personas, cuyo fin, a veces, se ve venir por edad o largas enfermedades; que otras se va vertiginosamente como en un remolino a través del sumidero de una pila o se acaba de forma inesperada, accidentalmete, por decisión propia...
...o ajena. Que, al final, Martín no deja de ser un pobre diablo como tantos otros, al que el destino o el azar lleva al lugar inadecuado en el momento más inoportuno. O el adecuado en el momento más oportuno (y sigo sin querer destripar el final  [4]).

Martín es el personaje más posible y reconocible de la obra. Un joven desgalichado física y mentalmente, que por no saber no sabe remeterse la camisa ni repartir folletos de propaganda. Y que confunde Happy End con una agencia de contactos (genial la reacción de Gabriela ante el ramo de flores). Xabi Donosti le da carne y alma (la de cántaro que corresponde al pobre chico), dota de verdadera vida a sus reacciones ante lo que se encuentra en la asociación y le aporta una evolución, no por extraña, menos posible dentro de su carácter timorato y dubitativo y de sus circunstancias vitales.

Gabriela, la dueña de la agencia, es una vividora. Una especie de trepa por cuenta propia; lo que los aficionados al lenguaje mercadotécnico llamarían una “free lance”. Pero una sin escrúpulos, que no hace ascos a vivir de la desesperación y el dolor ajenos, sacándoles un jugoso provecho. La actriz sustituta de Garbiñe Insausti tuvo algunos altibajos, como si no tuviera totalmente dominado el texto o le faltara una vuelta de torno para redondear el personaje.

Ana Pimenta hizo bien entrañable su personaje. Ainhoa (los despistes de Gabriela con los nombres son una clara manifestación de su desinterés por las personas) tiene carne (poca) y hueso (del que se le clava a uno en las entrañas). Sus reacciones ante la situación cambiante y la explicación de sus motivos para el suicidio son alguno de los puntos culminantes de la función.

La escenografía se conforma en un único ambiente, un antiguo edificio no residencial caído en el abandono, muy ajustado al ambiente de una “asociación” como Happy End. Una serie de ficheros en cajas apiladas bajo una sucia cristalera, una mesa con teléfono, un pasillo en el foro y una puerta metálica a la derecha del escenario centran adecuadamente toda la trama y acción de la obra. La iluminación, sencilla y sin pretensiones, las subraya correctamente.



[1] La actriz Garbiñe Insausti, que figura en el programa de mano, no actuó el sábado 3. El nombre de su sustituta no figura en dicho programa ni se anunció por megafonía.
[2] Iba a escribir “al calor de la crisis” pero esta voladura controlada de derechos y beneficios -que algunos, los que de ella se benefician,  aún se empeñan en presentar como una crisis económica-  no puede irradiar sino frialdad: aquélla con que se planeó y con la que se sigue ejecutando hasta este momento.
[3] NO LEER HASTA LLEGAR A LA REFERENCIA NÚMERO 3. En realidad, Happy end no tiene un final sino dos, que se representan separados por unos momentos de oscuridad. Un primero más duro, consecuente con la trama de la obra y un segundo que lo es con su título. En la representación del sábado 3 no debió de quedarle demasiado claro a la mayoría del público,  que no aplaudió tras el primero.
[4] NO LEER HASTA LLEGAR A LA REFERENCIA NÚMERO 4. Inoportuno según el primer final u oportunísimo si es el segundo el elelegido.