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01 junio, 2021

Ejercicio de estilo

 




A Coruña, 28 de mayo, Palacio de la Ópera. Orquesta Sinfónica de Galicia. David Grimal, violín y director artístico. Programa. Wolfgang Amadeus Mozart: Conciertos para violín y orquesta: número 1 en si bemol mayor, KV 207; número 2 en re mayor, KV 211, y número 3 en sol mayor, KV 216.


El del viernes 28, el último concierto de la Sinfónica en el Palacio de la Ópera en esta temporada, ha sido un concierto singular, una de esas raras  maravillas a las que esta orquesta tiene acostumbrados a sus abonados y demás melómanos de A Coruña. David Grimal volvía al escenario del Palacio de la Ópera de A Coruña, donde sus actuaciones se cuentan por triunfos desde hace años. Como en otros muchos escenarios y con otras muchas orquestas, para las que cada concierto de Grimal supone una semana especial.

Cartel del concierto


El creador de la orquesta Les Dissonances  es, ante todo, un gran músico que hace de cada concierto un ejercicio de estilo, algo que solo se puede lograr una técnica impecable y desde el más profundo conocimiento de cada época y compositor. Y si en anteriores ocasiones Grimal nos dejó asombrados con Beethoven o con Brahms, en esta devolvió al público de A Coruña el más auténtico Mozart. Ese que cada año, a finales de la primavera, traía a la ciudad el desaparecido Festival de su nombre.

La precisión que logra Grimal –imprescindible siempre pero cuya ausencia se sufre más en compositores como Mozart- proviene de su método de trabajo, responsabilizando a todos y cada uno de los músicos de la orquesta en un ejercicio de escucha mutua, de responsabilidad colectiva. Algo que debe y suele estar siempre presente en las orquestas pero que se ve aumentada cuando estas tocan con el músico francés, trasladando a la gran orquesta los métodos ¡y el espíritu de colaboración! de la música de cámara.




Grimal y la OSG durante un ensayo del concierto


Así las cosas, el concierto fue una verdadera fiesta en la que Grimal ejerció de maestro de ceremonias con su elegante y habitual discreción y economía de gestos y todos y cada uno de los músicos de la Sinfónica fueron coprotagonistas de la velada. Unos efectivos reducidos al mínimo –5-4-3-2-1  en las cuerdas, que tocaron sin vibrato y a los que se sumaron las dos flautas del Concierto nº 3-, lograron un sonido limpio y bien coloreado y una adecuación estilística de primer orden, con las necesarias fuerza y sutileza en los momentos oportunos. Como solista, Grimal estuvo integrado en el sonido de la orquesta y brillante en los solos, especialmente en las cadenzas.

¿Se puede pedir más? Sí. Más de lo mismo en cuanto  se pueda. Y que la pandemia y las circunstancias de todo tipo permitan a la Sinfónica volver a su casa en las mejores condiciones y no solo por lo que hace a la acústica, sino por el buen desarrollo del trabajo diario en lo que se refiere a confort y, sobre todo, seguridad laboral y sanitaria de sus músicos y público.

01 noviembre, 2017

De lo hermoso a lo temible





27.10.2017, Palacio de la Ópera de A Coruña, Orquesta Sinfónica de Galicia. Michał Nesterowicz, director; Daniel Müller-Schott, violonchelo. Programa: Serguéi Prokófiev, Sinfonía concertante en mi menor, op. 125; Dmitri Shostakóvich, Sinfonía nº 10 en mi menor, op. 93.

Fue inmediato: tras los escuetos veinticuatro acordes de introducción orquestal, el chelo de Daniel Müller-Schott se apoderó de la sala. La belleza de sus primeras intervenciones en los registros agudo y medio se abrió paso como un preciso estilete que cedió el paso al bisturí del pícolo. A partir de ahí, extrajo en todos los registros de su Goffriller “Ex Shapiro” (1727) un sonido que no dudaría en calificar de hermoso si no fuera porque esta palabra dicha así, escuetamente, se puede quedar corta por falta del buen uso que le daba el sabio lenguaje popular de los abuelos –algunos casi iletrados- de quienes hoy lo somos. Uso al que, por cierto, se adaptan como un guante las cuatro primeras acepciones del término en el DLE, edición del centenario:

hermoso, sa
Del lat. formōsus.
1. adj. Dotado de hermosura.
2. adj. Grandioso, excelente y perfecto en su línea.
3. adj. Despejado, apacible y sereno. ¡Hermoso día!
4. adj. Grande y proporcionado. ¡Qué salón más hermoso!
5. adj. coloq. Dicho de un niño: Robusto, saludable.
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Daniel Müller-Schott en un momento de los ensayos
Foto capturada en el Facebook de la OSG

La serenidad en el Andante inicial se alternó luego con los exigentes arpegios y agilidades del Allegro central, siempre con una afinación de altísima precisión, y su discurso resaltó la personal ironía de la escritura de Prokófiev. Luego llegó la serena severidad del breve Andante con moto que inicia el último movimiento, que dio paso, en el Allegretto y Allegro final, a una apabullante demostración de técnica y recursos. Esos pizzicati en dobles cuerdas alternados con raudas escalas de afinación perfecta y los vertiginosos arpegios finales estuvieron al servicio de la música, y su trabajo fue muy calurosamente acogido por el público del Palacio de la Ópera.

Tras el descanso, el gran salto. Del socialmente camaleónico Prokófiev al misterio de la supervivencia artística de Shostakóvich, siempre nadando a contracorriente de los terribles canales censores estalinistas, que tantas veces estuvieron a punto de reducirle al perpetuo y absoluto silencio de aquéllos a quienes recordamos estos primeros días de noviembre.


Müller-Schott (i) y Nesterowicz, durante un ensayo para este concierto
Foto capturada en el Facebook de la OSG


Michał Nesterowicz pareció rendirle un homenaje previo a la interpretación de la Décima de Sostakóvich. El largo silencio que logró del público antes de que empezara a sonar la música tuvo la duración e “intensidad” adecuadas para empezar a escuchar la obra que estuvo (otra vez) a punto de acabar con la carrera y quién sabe si con la vida de su autor. La concentración de director, músicos y público fue así idónea para escuchar los pianísimos iniciales de la cuerda baja, en lo que bien podríamos llamar un “tempo de dolor”, un penoso avance salpicado por las serenas lágrimas de solos del clarinete de Juan Ferrer o la flauta de Claudia Walker Moore.

La llegada al clímax y su culminación destilaron dramatismo y expresividad por la excelente matización dinámica y modulación tímbrica del sonido. Su precisión rítmica (marcó la entrada y fin de cada una intervención de secciones o solistas, aun dirigiendo de memoria), y excelente correlación de planos sonoros contribuyeron a una impactante ejecución.

Nesterowicz durante un ensayo del concierto
Foto capturada en el FB de la OSG

Cuerdas tajantes como hachas marcaron desde su inicio el tremendo carácter [1] del segundo movimiento, Allegro. La amenazante presencia se hizo continua locura en las veladas insinuaciones del clarinete que abren la loca carrera de las cuerdas y los pícolos, subrayada por los secos redobles de esa caja acuciante, tan personal de Shostakóvich. Las escalas de mareo de maderas y cuerdas agudas y los metales de oprobiosa presencia cobraron todo su significado en la versión de la OSG con Nesterowicz.

La calma inical del Allegretto fue el breve respiro que Shostakóvich se permitió –y nos permitió a sus admiradores- en esta sinfonía, especialmente en el largo solo de trompa. Nicolás Gómez Naval lo convirtió en luz por encima de las sucesivas oscuras urgencias de las cuerdas: las que se continuaron en los negros nubarrones y tensa calma del Andante del cuarto movimiento antes de desencadenarse la sucesión de tormentas, breves calmas y profundo caos del Allegro que lo cierra.

La versión de Nesterowicz tuvo la gran virtud de ser una música perfectamente interiorizada que sale de dentro afuera y que se expande así del director a la orquesta e inicia un feliz vuelo hacia su auditorio. Éste tuvo una excelente ocasión de sentir grandes emociones y aclamó con gran fuerza a los intérpretes al final del concierto.





[1] Según el libro Testimonio, de Solomon Volkov (Aguilar, Madrid, 1991), el propio Shostakóvich dijo que  “La segunda parte, el scherzo, es un retrato musical de Stalin”.

06 octubre, 2017

El Patrimonio como problema







A Coruña, 22.09.2017. Teatro Rosalía Castro. La autora de Las Meninas. Texto y dirección, Ernesto Caballero. Reparto: Carmen Machi; Mireia Aixalá; Francisco Reyes. Escenografía e iluminación, Paco Azorín. Vídeo y ayte de iluminación, Pedro Chamizo, Vestuario, Ikerne Giménez. Música y espacio sonoro, Luis Miguel Cobo. Asesor dramaturgia y ayte de direccción, Ramón Paso. Ayte de escenografía, Isabel Sáiz.  Coproducción de Focus y Centro Dramático Nacional.

Carmen Machi (imagen promocional de La autora de Las Meninas)


Cuenta Ernesto Caballero que el impulso para escribir La autora de Las Meninas le llegó “después de ver entero por televisión [que ya son ganas] un Debate sobre el Estado de la Nación en el que no hubo ninguna mención a la Cultura”. Ello le llevó a imaginar un futuro en el que la crisis económica ha hecho estragos por todas partes: la Unión Europea se ha disuelto; España se ha dividido (al menos en la función de A Coruña, posiblemente por la inminencia del 1-O); el Estado trata de sacar dinero de donde sea y la venta de Patrimonio se ve como una posibilidad cercana. ¿Sólo?

No. Los planes que el personaje de Mireia Aixalá -la directora del Museo  del Prado- le cuenta a sor Ángela, protagonizada por Carmen Machi, son ya una realidad: inimaginable para la mayoría y dolorosa para muchos. Pero perfectamente aséptica para ella, como miembro del partido que gobierna España, “Pueblo en pie”, y dirigente del “Ministerio de Participación, Integración y Estudios de Género”. Nombre(s), por cierto, que retrata(n) espléndidamente parte de los rasgos más caricaturizables de alguno de los nuevos partidos surgidos del 15-M: su lenguaje. Un lenguaje distintivo en la forma, pero en absoluto peor o más mendaz que el lenguaje de madera tan usado por los políticos desde tiempo inmemorial.

Carmen Machi y Mireia Aixalá


Nombre de ministerio y lenguaje de políticos son como una brújula que al espectador experto le marca el carácter de comedia desenfadada y sátira ligera que tiene la representación. Un carácter tan válido y honrado como el de comedia de denuncia ácida que otros podrían haber optado a partir del planteamiento inicial: nada menos que la venta de Las Meninas de Velázquez como medio del Gobierno para obtener liquidez que ayude a salvar la crisis.

Ernesto Caballero apunta en el texto temas para luego sobrevolarlos con una suave ironía: el primero, la confrontación entre cultura y economía, representados en La autora de Las Meninas por un vigilante de seguridad licenciado en Humanidades (perfecto Francisco Reyes con su enorme estatura y la bondad que irradia para encarnar el papel) y una directora del Museo del Prado totalmente disparatada y con un previsible punto de cinismo. Y es que la crisis real que lleva años arrastrándonos hacia no sabemos dónde no es sólo ni principalmente económica sino de valores.

Francisco Reyes y Carmen Machi


Un “segurata” –uso con el mayor respeto esta variante popular del nombre del oficio de vigilante porque refleja más gráficamente la irónica confrontación de caracteres- frente a una directiva del organismo en el que él trabaja, con la que nunca se cruza realmente. Alguien que con su interés hace cambiar el pensamiento y autopercepción personal de la protagonista, frente a una ejecutiva –dicho sea con el significado más agresivo de la palabra- capaz de afirmar que “el patrimonio se ha vuelto un problema económico [que hay que resolver] frente al sentimentalismo identitario”.

Y en medio, sor Ángela. El sol de este sistema con los dos planetas rocosos conocidos -y vaya usted a saber cuántos gaseosos en órbitas muy, muy lejanas a ella-. Porque nada puede haber más lejano al humilde carácter de esta “monja copista” que aquellas personas o entidades que capaces de pergeñar un plan de expolio sistemático del patrimonio de su país.

Machi y Aixalá


Ángela, como la monja pide al vigilante que la llame, tiene todas las condiciones para el encargo: una pasmosa habilidad como copista y la humildad y discreción propias de su hábito. Su asombro no tiene límite ante esa “proposición indecente” –porque si la honestidad y la honradez tienen la cintura como frontera, la decencia ocupa, o debería, ambos hemisferios corporales-. Su azoramiento inicial tiene sin embargo el recorrido que habría que esperar –por texto y actuación, es una delicia contemplar su evolución ante el desarrollo de su trabajo y frente las supuestas cámaras de televisión- en lo que Caballero llama “una parábola sobre la vanidad”.

En realidad, éste es el campo en el que se desarrolla la acción. El vigilante humanista y la directora “desmitificadora de la cultura” tratan de desviar a la humilde-persona-portentosa-copista de su recorrido por la particular galaxia de su vida: del convento al museo y del museo al convento. El vigilante, lanzándola hacia un mejor conocimiento propio y una mayor autoestima; la directora, prostituyendo su habilidad -forzando su verdadera voluntad, como es norma en toda prostitución-. Pero el recorrido de ambas órbitas lleva al mismo final. Un destino mediático en el que el-sol-Ángela-sor-Ángela verá alterada para siempre su vida.

Machi: sor Ángela en plenitud artística


Carmen Machi es el eje alrededor del que gira todo este remolino. Pero aunque la Machi cómica es grande, uno añora a la dramática. Sus grandes dotes actorales y su gran técnica y entrega siempre parecen pedir más. Los ataques de “subidón de ego” despliega una energía escénica que llena por sí misma el escenario. Su actuación eleva muchos grados la temperatura escénica y justo ahí es donde –esto son opinión y criterio puramente personales­- habría querido ver una subida de tensión dramática a través de una mayor crítica social o política. Aixalá y Reyes responden al reto de Machi, y encarnan en todo momento sus personajes otorgándoles realidad y verdadera humanidad.

Machi y Reyes en plena "atracción orbital"


La escenografía se reduce a tres enormes pantallas, casi del tamaño del cuadro original de Velázquez, sobre las que se proyectan diferentes fase del trabajo de la protagonista, una escalera a la que sube ésta para pintar y un banco de madera. El breve atrezzo a un manojo de pinceles, paleta y maletín de pintor. El buen uso de la luz y las proyecciones complementa el dinámico movimiento de actores hasta redondear una obra que cubre sus pretensiones y las del público: pasar una buena tarde de teatro. Que no es poco.









10 septiembre, 2017

Del curso al fiasco



La Programación Lírica de A Coruña ha venido celebrando los tres últimos años (2014-16) un 'Curso de Interpretación Vocal', dirigido hasta su fallecimiento por Alberto Zedda (1928-2017). La humildad franciscana del maestro milanés y su hercúlea capacidad de trabajo, siempre al servicio de la música, transmitían a los alumnos su inagotable energía. El contacto de ésta con la de los jóvenes alumnos producía una sinergia que retroalimentaba el proceso de forma enormemente productiva. El concierto final de sus cursos, valga como ejemplo el de 2015, suponía para todos o casi todos los alumnos del curso una valiosa ocasión de mostrar en público los avances logrados en él; con el beneficio añadido de lo que curte una actuación así de cara a futuras audiciones y actuaciones.

Alumnos del Curso de Interpretación Vocal de 2014, junto a la maestra Orlova
Foto Miguel Ángerl Fernández

Tras el fallecimiento de Zedda (que no desaparición: el maestro estará siempre presente en el recuerdo de los amantes de la lírica), los responsables de Amigos de la Ópera de A Coruña buscaron la forma de darle continuidad. En la programación de este año se anunció que la gran soprano Renatta Scotto -calificada como “una de las últimas grandes divas del siglo XX, posiblemente la cantante de ópera más influyente de la posguerra junto con Maria Callas”- se haría cargo del curso.

Alberto Zedda, en su mesa de trabajo, durante un Curso de Interpretación Vocal


 Quienes aspiraran a participar en este curso debían mandar a Amigos de la Ópera una grabación. La selección de alumnos se hizo a partir de estas grabaciones, siendo seleccionados 10 alumnos activos y otros oyentes, provenientes de toda España y países como Alemania, Argentina, Francia y Moldavia. Personas presentes en cursos anteriores han expresado su opinión sobre la alta calidad de los alumnos de este curso frente a aquéllos.

En los cursos dirigidos por Zedda, los alumnos proponían a su inicio las piezas líricas sobre las que querían trabajar, que eran el material con el que trabajaban con el maestro y su asistente, la maestra concertadora Ludmila Orlova. En muchos casos, Zedda proponía alguna más; las obras que se cantaban en el concierto final eran las que se consideraban finalmente como más adecuadas a cada alumno.

En el de este año, una buena parte de los alumnos han visto rechazadas por la señora Scotto todas sus propuestas para el estudio. Así las cosas, el curso fue avanzando de forma bien distinta a la esperada. Algunos alumnos fueron eliminados y otros se retiraron. El curso pareció haberse convertido en un concurso en cuyo programa final sólo participarían los finalistas.

Renata Scotto durante una clase del curso


Está claro que quien imparte una actividad didáctica como la que nos ocupa ha de tener total libertad en su forma de enseñar y en el nivel previo que exige a sus alumnos. Pero también lo está –o debería estarlo- que éstos deben ser puntualmente informados en la convocatoria previa: tanto del nivel exigido como, si se da el caso, del programa propuesto para el curso por parte de quien lo imparte.

Tal vez todo lo sucedido en este curso parte de un malentendido; quizás la señora Scotto desconocía el nivel de los aspirantes y acaso hubo una insuficiente comunicación a todos los niveles en ambas direcciones. Lo cierto es que unos cuantos alumnos han visto frustradas las esperanzas de crecimiento musical y artístico que habían depositado en él.

Seguramente, este fiasco será lo más importante para ellos. Pero no podemos olvidar que tal y tan grande decepción llega tras haber desembolsado el importe de la inscripción y en la mayoría de los casos, los gastos del viaje y la estancia en A Coruña. No hace falta recordar aquí que los comienzos de un cantante, como los de cualquier estudiante o profesional en sus inicios, no son especialmente brillantes en lo económico.

Con estos antecedentes, el pasado miércoles día 6 se supo que se suspendía el previsto concierto fin de curso. Días antes, fuentes de toda confianza comunicaron que varios alumnos, además de los rechazados por la señora Scotto, se habían negado a participar en el concierto final, así como a continuar las clases con ella (aunque algunos de ellos no quisieron perderse las que aún tenían programadas con el pianista, Fabio Centanni).

Programa de actividades paralelas de la PLAC


La celebración de este concierto había sido anunciado previamente en todos los medios -incluidos los programas e impresos de la Programación Lírica-. En el momento de redactar este texto, la web de Amigos de la Ópera no muestra rastro alguno del concierto de fin de curso. Sí aparece un anuncio de las Clases Magistrales abiertas que lo sustituyen,  en el que se puede leer: “En lugar del concierto de los alumnos que se ofrecía mientras este curso fue impartido por Alberto Zedda, en esta ocasión, la cantante ha decidido aportar su sello personal a la cita con un nuevo formato”.


Captura de pantalla de la web de Amigos de la Ópera


El nuevo formato que sustituye al concierto en el que se pudieran lucir sus alumnos son unas clases magistrales (en la web de Amigos de la Ópera figuran con el nombre “masterclass”) a cuatro alumnas elegidas por la directora del curso. Y efectivamente, la señora Scotto ha aportado su sello personal: en estas clases, quien ha sido "la gran diva de la segunda mitad del s. XX" ha actuado en todo momento como maestra de ceremonias, presentando y explicando al público el pasaje completo ofrecido en cada actuación (siempre, recitativo-aria-cabaletta, como máxima expresión del canto romántico) e incluso acompañando a las cantantes a la entrada y salida del escenario.


Renata Scotto, hablando al público durante la Clase Magistral Abierta (8 de septiembre)
Al piano, Fabio Centanni


Pero también, al menos por esta vez, como profesora de interpretación tanto musical como escénica y, por momentos, como maestra de canto que indicaba algo tan técnico como mejorar el manejo de la columna de aire (toda la fuerza en el abdomen, no en la garganta) y empleo de los diferentes resonadores. Actitud que seguramente habría sido deseable a lo largo de un curso (no concurso, insisto, aunque para los alumnos ése haya sido el resultado) en el que se ha dejado total o parcialmente de lado a más de la mitad de los inscritos por falta, precisamente, de un nivel técnico superior.


Lo dijo la propia señora Scotto en la introducción del acto del viernes: ella piensa que “los jóvenes son colegas; no estudiantes y yo la maestra. Teníamos en el curso diez cantantes pero me parecía que podía presentar menos para trabajar un poquito más largo .../... Los otros, que no cantan esta noche, van a... puede ser... a estudiar un poquito más lo que hemos hecho conjunto ”. Resumiendo: hay seis alumnos que se han quedado fuera del juego porque se han cambiado las reglas de éste en plena partida. 

Scotto, dando indicaciones a Clara Jellihovski para su Cio Cio San


En estas clases magistrales abiertas, las “alumnas-colegas” de la señora Scotto han cantado pasajes de algunos de los roles fetiche de la “colega-maestra”. Ruth Terán el de la protagonista de Lucia di Lamermoor; Natalia Salom, la Manon de Massenet; María Zapata, la Amalia de I masnadieri y Clara Jellihovski, la Cio Cio San de Madama Butterfly.

Scotto en primer plano al finalizar el acto.
Detrás, de izquierda a derecha, Centanni, Terán, Jellihovski y Zapata

El público asistente aplaudió cariñosamente a las alumnas, siguió embelesado cada una de las muchas indicaciones que les dirigía la señora Scotto, agradeció con sonrisas e incluso risas las frases que ésta le dirigió y la aplaudó al final con verdadero fervor. Que es, precisamente, lo que suscitan los héroes, mitos y dioses con los que la Humanidad intenta dotarse a sí misma de un sentido de la trascendencia. Y como derivación de ésta, de un comportamiento ético; al menos parte de ella.






03 agosto, 2017

Nacer sin manual





Normas de inseguridad. Autora, Almu Ballester. Editado por RELEE, Red Libre Ediciones SL. Dirección editorial: Isabel Cañelles y Gabriel Tizón. Edición al cuidado de Clara Redondo. Primera edición, mayo de 2017. © Almu Ballester, 2017. © del prólogo, Clara Obligado 2017.

Portada (recortada) de Normas de inseguridad  


Nacemos sin un manual de uso de la vida, algo que sin embargo nos resultaría bien útil. Esta desorientación inicial, que en tantos casos se prolongará a lo largo de toda nuestra existencia, es algo que tienen en común, casi lo único, la mayoría de los seres humanos. Carecer cuando nacemos de un itinerario vital marcado provoca en cada uno de nosotros una infinita variedad de enfoques vitales y sus consecuencias.

Hay una obsesión bastante generalizada –quién sabe si para hacer frente a esta desorientación- que lleva a muchos a ordenar todo en listas de valoración o a encasillarlo, a clasificarlo en compartimentos; eso que quienes andan en esto de las artes llaman “estilos”. Y no faltará algún crítico remilgado que, no sabiendo en qué casilla meter Normas de inseguridad, llegue a decir que es una obra que adolece de eclecticismo.

Pero es que la vida es ecléctica. O variada, si se quiere: hay vidas tensas, dramáticas; otras que, por nuestra incapacidad para comprenderlas, nos parecen sacadas del teatro del absurdo; raramente, también las hay relajadas, alegres. Y dentro de esa enorme variedad, hay quienes pretenden ocupar el vacío de su vida con un desparpajo que es sólo frivolidad.

Almu Ballester por fuera


Almu Ballester llena la suya de experiencias propias y ajenas y dedica gran parte de su tiempo a ofrecérselas a sus lectores. Como en Normas de inseguridad, un título que llama la atención por la llamativa contradición de sus dos sustantivos y que, por la misma razón, bien podría parecer simplemente comercial. Si no fuera, claro, porque define con precisión de bisturí ese vacío de normas de uso de la vida con el que nacemos. Esta colección de relatos viene a ser como la imagen que nos devolvería un espejo que sólo pudiera reflejar ese vacío; pero iluminándolo con flashes de estas vidas sin manual de usuario ni garantía.

El oficio de escritor hay que trabajárselo las 24 horas de cada día vivido y hacerlo durante toda la vida. Cada libro, cada lectura asimilada, cada frase captada en cualquier momento por el escritor, cada escenario de su existencia -y cada ambiente en el que se ponga a escribir- configuran un almacén de vivencias del que va sacando material para sus textos. Almu Ballester surte este almacén con todo aquello que le permite su vida en Madrid: sus viajes diarios en Metro, los profesionales aquí o allá. Y, entre otras mil vivencias, sus paseos por las playas y montes de esta Galicia por la que se siente atraída como las limaduras de hierro por un potente electroimán.

Red madrileña de aprovisionamiento de historias y personajes


Normas de inseguridad no es un libro que cae en tus manos. Al contrario, en cuanto lo abres y empiezas a leerlo te hace caer en sus páginas. Te absorbe porque invade tu presente con la fuerza y la eficacia de un comando de fuerzas especiales. Y, como estos comandos, lo hace en el mínimo tiempo necesario para una operación limpia y a la medida: justo la que cada lector necesita y el tiempo que precisa para devorarlo en una sola sentada. Pero, mientras lo lees por primera vez, te va creando la necesidad de su relectura sosegada con la misma, sosegada y precisa atención que requiere una cata de los mejores vinos. O una degustación de los platos más ricos y complejos.

Porque Almu Ballester en sus relatos “cocina” lo cotidiano y lo extraordinario, pero con la seguridad y confianza que proporciona la “lareira” de casa de la abuela. En sus relatos no cabe la pirotecnia de las palabras, ni un final sísmico por espectacular, pese a que los hay realmente sorprendentes. Ni mucho menos la moraleja sobre comportamientos y sucesos, aunque a lo largo del libro los hay que te hacen pensar. Es un libro de lectura fácil pero con un trasfondo que permite y pide –casi que exige- al lector una colaboración, una interpretación que trascienda la mera lectura.

En Normas de inseguridad no se ejemplariza ni se pontifica, sólo se cuenta. Nada menos, porque Ballester lo hace fotografiando lo que vive y ve vivir con una cámara de alta definición, con una mirada aguda que disecciona la realidad más allá de su espectro visible. Por eso, este libro sorprende como las imágenes de una cámara térmica que revela las partes frías y calientes de cuerpos, estancias y paisajes.

¿Almas frías, cabezas calientes?

Como revela la autora el espíritu de la gente y el de las cosas. Esa sustancia inaprehensible para la mayoría, que ella convierte en la luz con que impresiona las páginas de Normas de inseguridad como si éstas estuvieran impregnadas con una emulsión que ella misma produce y con la que pinta la verdad íntima y personal de lo cotidiano y de lo extraordinario. Tan cotidiano como “las bolsas que aprietan y el tiquet en la boca” (El orden natural) cuando sales del supermercado después de hacer a compra de la semana o en los viajes en metro presentes aquí y allá a lo largo del libro.

Algo tan cotidiano como como esa cocina en la que Sonia (Nubes eléctricas) intenta distraer su inquietud

“no es que le guste mucho la radio pero hoy no puede permitirse cocinar sin ella. Necesita canciones, noticias o una voz tertuliana que la convenza, cabree o al menos distraiga”.

mientras elabora algo para una visita que espera. O que teme. Que lo más aparentemente plano, en un giro inesperado, puede desembocar en lo extraordinario, eso que Ballester sintetiza con el simple cambio de una preposición -cuando la habitual “con” deja su sitio a una inesperada, casi furtiva “a”-, revelando lo indebido de una apropiación pactada, incluso contratada y hundiéndolo en nuestra conciencia con la sutileza y eficacia de una daga bien afilada.
Almu Ballester, quizás, por dentro

En realidad, ese eclecticismo del que hablábamos más arriba y que algún personaje -alguno remilgado, insisto- despreciaría, es la mejor virtud de un libro como éste. Porque gracias a él vamos a poder respirar el aire surrealista de Gente que mira escaparates, casi el mismo ambiente que en Hoy nevará adquiere un cierto punto de ternura doméstica; el drama oculto que encierran las apenas 13 líneas de Recursos humanos; la incómoda inquietud que, después de una montaña rusa de sensaciones y sentimientos encontrados, deja Piel o no. Y la poesía con que el protagonista de Maximo afán, lleno de un impulso vital que lo lleva siempre más allá de la vida un tanto roma que le ha caído en el sorteo,define su mundo interior:

“Permanezco así: intento que nada se mueva en el mundo mientras respiro la sonrisa que ella me pone, al tiempo que pronuncia un invariable ‘no, gracias’ en clave de sol”.

Sólo unos apuntes más para trasladar, sin destriparlo, algo de lo que se puede sentir leyendo Normas de inseguridad. Los dos primeros, en contraste: la ironía del doble sentido que una palabra (Prosperidad) adquiere según el bolsillo desde el que se mire y la precisión con que la media página de Corrección retrata toda la angustia del mundo T.O.C.

El tercero, las sensaciones casi sinestésicas que despietan algunos relatos. En Escribe como te diga se puede llegar a oír el “alegre” ruido de los niños en el recreo (aquél tan mortificante cuando te impedían participar en él). Se puede llegar a sentir el variado ambiente olfativo de un colegio: el olor de los niños ligeramente sudados tras ese recreo vedado a la protagonista; el aroma a madera y carbón de un lápiz recién afilado y ese otro, único e inimitable, de la goma de borrar. Y al final de esta humilde crónica, un solo apunte, precisamente sobre finales. En Normas de inseguridad hay muchos que sorprenden o te hacen pensar; pero el de Escribe como te diga es tan feliz e inesperado que, tras el asombro que produce, convierte en perfectamente desechable cualquier otro que pudiera ocurrírsenos.

Un dato para quienes quieran aprovechar estos días gozando de las Fiestas de María Pita en A Coruña. El jueves 10 de agosto a las 12.00 h., Almu Ballester firmará ejemplares de Normas de Inseguridad en la Feria del libro de A Coruña (caseta nº 3), junto al Teatro Colón. Ese mismo día, a las 19.00 h., se presenta el libro en Berbiriana libros e grolos (calle de Santiago nº 7 de A Coruña), donde acompañaré a la presentadora del libro, Arantza Portabales y a su autora, Almu Ballester. 

Pequeña nota biográfica final

Conozco a Almu Ballester desde que nació. Literalmente. De entonces a hoy, aquel bebé ha pasado por más fases que un lepidóptero hasta convertirse en la hermosa realidad literaria que hoy contemplamos. Como, por ejemplo:

Niña tímida y lectora voraz desde que aprendió a juntar las primeras letras, incluso desde antes. 

Colegiala con uniforme de falda escocesa a cuadros grises, verdes y granates (posiblemente como el que lleva la protagonista –INMENSA- de Escribe como te diga). 

Brillante universitaria, licenciada en filología hispánica por la Universidad Autónoma de Madrid y máster en lingüística computacional por la Universidad de Heidelberg. 

Lingüista  al servicio de la Real Academia Española durante 12 años

Lingüista computacional en Goggle durante18 meses.

Guionista cinematográfica con guiones destacados por festivales de cortos como Alcine, Almería en Corto o Notodofilmfest. 

Escritora de relatos cortos: en diversas revistas literarias e Internet, como Leer y Cuentos ara el andén y en antologías como Incómodos (Ed. Relee). 

Actualmente trabaja como coordinadora de calidad y nuevas tecnologías en Linguaserve.

Un buen día te enteras de que ha escrito un libro, Normas de inseguridad,  y al poco tiempo, lo lees y te asombras. No porque la creyeras incapaz de ello -que menuda es esta familia...- sino por el hecho de que una “opera prima” impacte de tal forma a un viejo lector como el que suscribe, hasta el punto de atreverse a escribir esta reseña y colaborar en la presentación del libro, como arriba queda dicho.