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01 noviembre, 2017

De lo hermoso a lo temible





27.10.2017, Palacio de la Ópera de A Coruña, Orquesta Sinfónica de Galicia. Michał Nesterowicz, director; Daniel Müller-Schott, violonchelo. Programa: Serguéi Prokófiev, Sinfonía concertante en mi menor, op. 125; Dmitri Shostakóvich, Sinfonía nº 10 en mi menor, op. 93.

Fue inmediato: tras los escuetos veinticuatro acordes de introducción orquestal, el chelo de Daniel Müller-Schott se apoderó de la sala. La belleza de sus primeras intervenciones en los registros agudo y medio se abrió paso como un preciso estilete que cedió el paso al bisturí del pícolo. A partir de ahí, extrajo en todos los registros de su Goffriller “Ex Shapiro” (1727) un sonido que no dudaría en calificar de hermoso si no fuera porque esta palabra dicha así, escuetamente, se puede quedar corta por falta del buen uso que le daba el sabio lenguaje popular de los abuelos –algunos casi iletrados- de quienes hoy lo somos. Uso al que, por cierto, se adaptan como un guante las cuatro primeras acepciones del término en el DLE, edición del centenario:

hermoso, sa
Del lat. formōsus.
1. adj. Dotado de hermosura.
2. adj. Grandioso, excelente y perfecto en su línea.
3. adj. Despejado, apacible y sereno. ¡Hermoso día!
4. adj. Grande y proporcionado. ¡Qué salón más hermoso!
5. adj. coloq. Dicho de un niño: Robusto, saludable.
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Daniel Müller-Schott en un momento de los ensayos
Foto capturada en el Facebook de la OSG

La serenidad en el Andante inicial se alternó luego con los exigentes arpegios y agilidades del Allegro central, siempre con una afinación de altísima precisión, y su discurso resaltó la personal ironía de la escritura de Prokófiev. Luego llegó la serena severidad del breve Andante con moto que inicia el último movimiento, que dio paso, en el Allegretto y Allegro final, a una apabullante demostración de técnica y recursos. Esos pizzicati en dobles cuerdas alternados con raudas escalas de afinación perfecta y los vertiginosos arpegios finales estuvieron al servicio de la música, y su trabajo fue muy calurosamente acogido por el público del Palacio de la Ópera.

Tras el descanso, el gran salto. Del socialmente camaleónico Prokófiev al misterio de la supervivencia artística de Shostakóvich, siempre nadando a contracorriente de los terribles canales censores estalinistas, que tantas veces estuvieron a punto de reducirle al perpetuo y absoluto silencio de aquéllos a quienes recordamos estos primeros días de noviembre.


Müller-Schott (i) y Nesterowicz, durante un ensayo para este concierto
Foto capturada en el Facebook de la OSG


Michał Nesterowicz pareció rendirle un homenaje previo a la interpretación de la Décima de Sostakóvich. El largo silencio que logró del público antes de que empezara a sonar la música tuvo la duración e “intensidad” adecuadas para empezar a escuchar la obra que estuvo (otra vez) a punto de acabar con la carrera y quién sabe si con la vida de su autor. La concentración de director, músicos y público fue así idónea para escuchar los pianísimos iniciales de la cuerda baja, en lo que bien podríamos llamar un “tempo de dolor”, un penoso avance salpicado por las serenas lágrimas de solos del clarinete de Juan Ferrer o la flauta de Claudia Walker Moore.

La llegada al clímax y su culminación destilaron dramatismo y expresividad por la excelente matización dinámica y modulación tímbrica del sonido. Su precisión rítmica (marcó la entrada y fin de cada una intervención de secciones o solistas, aun dirigiendo de memoria), y excelente correlación de planos sonoros contribuyeron a una impactante ejecución.

Nesterowicz durante un ensayo del concierto
Foto capturada en el FB de la OSG

Cuerdas tajantes como hachas marcaron desde su inicio el tremendo carácter [1] del segundo movimiento, Allegro. La amenazante presencia se hizo continua locura en las veladas insinuaciones del clarinete que abren la loca carrera de las cuerdas y los pícolos, subrayada por los secos redobles de esa caja acuciante, tan personal de Shostakóvich. Las escalas de mareo de maderas y cuerdas agudas y los metales de oprobiosa presencia cobraron todo su significado en la versión de la OSG con Nesterowicz.

La calma inical del Allegretto fue el breve respiro que Shostakóvich se permitió –y nos permitió a sus admiradores- en esta sinfonía, especialmente en el largo solo de trompa. Nicolás Gómez Naval lo convirtió en luz por encima de las sucesivas oscuras urgencias de las cuerdas: las que se continuaron en los negros nubarrones y tensa calma del Andante del cuarto movimiento antes de desencadenarse la sucesión de tormentas, breves calmas y profundo caos del Allegro que lo cierra.

La versión de Nesterowicz tuvo la gran virtud de ser una música perfectamente interiorizada que sale de dentro afuera y que se expande así del director a la orquesta e inicia un feliz vuelo hacia su auditorio. Éste tuvo una excelente ocasión de sentir grandes emociones y aclamó con gran fuerza a los intérpretes al final del concierto.





[1] Según el libro Testimonio, de Solomon Volkov (Aguilar, Madrid, 1991), el propio Shostakóvich dijo que  “La segunda parte, el scherzo, es un retrato musical de Stalin”.

24 febrero, 2016

La permanencia apacible



Tranquil Abiding (La permanencia apacible) es, según Jonathan Harvey (1939-2012) un término budista por el que se describe un estado de concentración en un solo punto. También es el título de la obra para pequeña orquesta y percusión de Harvey con la que la Orquesta Sinfónica de Galicia abrió concierto del viernes 19. Escrita en un solo movimiento, está inspirada en el ritmo de respiración lenta usado en la práctica de la meditación o el tai-chí: una inhalación (representada en la obra por una nota aguda) seguida por una exhalación (en otra u otras más graves). Los fragmentos melódicos se crean sobre uno, tres, cinco ocho y quince tonos superiores a la nota base.
La  versión ofrecida por Dima Slobodeniouk al frente de la Orquesta Sinfónica de Galicia tuvo la claridad en la disposición de planos sonoros característica del titular de la OSG. Esta claridad, unida a la cuidada orquestación de Harvey, produjo la sensación de paz y atención buscada por el autor. El ritmo particular de cada melodía fue como una evocación de los sonidos de la naturaleza sobrevolando una sesión de meditación al aire libre.

Afrontar el Concierto para violín de Schumann es una aventura para la que hace falta un gran valor y seguridad en sí mismo. Tales son sus enormes dificultades técnicas, por sus numerosos pasajes de mecanismo endiabladamente difícil, y las escasas ocasiones que ofrece al solista para su lucimiento. No es de extrañar que su dedicatario, Joseph Joachim, guardara su partitura bajo siete llaves pidiendo que no se publicara hasta cien años después de la muerte de Schumann.
Patricia Kopatchinskaja (1977, Chișinău, Moldavia), literalmente, voló muy por encima de las exigencias técnicas de la obra y, lo más importantes, expresó cada
Kopatchinskaja en Schumann
sentimiento e idea que Schumann plasmó en su partitura. Extrajo todo el bello sonido de su violín, un Pressenda de 1834, e informé toda su interpretación de una gran tensión expresiva brillantemente secundada por la OSG y Slobodeniouk.

Al finalizar el Concierto para violín de Schumann, Kopatchinskaja ofreció el contraste de una propina infrecuente: alguno de los Fragmentos de Kafka, op. 24 de György Kurtág. Y lo hizo con toda la fuerza expresiva que tiene esta insólita obra para soprano y violín del maestro húngaro: con su muy especial búsqueda del timbre; y con sus densos silencios; con sus sutiles inflexiones y cambios de registro. Y con esas repentinas explosiones –tanto del violin como de su voz- llenas de fuerza salvaje, que surgen de todo lo anterior como hermosos insectos efímeros.
Kopatchinskaja y Momentos de Kafka
El inicio de la Sinfonía nº 3 en fa mayor, op. 90 de Brahms marcó el camino de lo que iba a ser una versión realmente soberbia a cargo de Slobodeniouk y la Sinfónica. Desde el inicio de la introducción, la claridad de líneas y planos sonoros antes mencionada y una matizada regulación dinámica fueron la base de una expresividad gentile de elegante ligereza, alternando con los momentos de profundo dramatismo que contiene la partitura brahmsiana.
Tanto en este Allegro con brio inicial como en el resto de la obra, fue sobresaliente el sonido de la OSG: los violines tuvieron un brillo argentino; el aterciopelado sonido de  los chelos brilló en su canto conjunto con unas violas cuyo sonido parecía exhalar un cierto aroma a cedro y empastó con el brillo solar de las trompas en sus cantos conjuntos. El canto de las maderas sobre el pizzicato de las cuerdas salpicó de gracia la interpretación.
Slobodemiouk y la OSG durante el concierto
El Andante tuvo un elevado lirismo y todos los solos de este segundo movimiento tuvieron la gran calidad a que nos tienen accostumbrados los solistas de la OSG. La magnífica orquestación brahmsiana fue bien resaltada por la disposición sonora de Slobodeniouk en toda la obra y el Poco allegretto tuvo esa pasión elegante y llena de contención característica del compositor de Hamburgo. La enorme fuerza interior de su rítmica fue parte de lo más destacable en el Allegro final junto, una vez más, a la claridad de líneas melódicas en su peculiar contrapunto y, otra vez, la pasión brahmsiana.
La dulzura de las violas tocando sulla tastiera fue el cálido principio de un final sereno, que merecía ser mejor digerido por los impenitentes sprinters del aplauso. Aunque solo fuera para que hubiera podido ser mejor meditado por quienes son capaces de sentir la obra en espíritu más alla del mero conocimiento memorístico que gustan de lucir tales corredores de la música. O, simplemente, por respeto a quienes acababan de regalarnos una espléndida versión de la que algunos consideran la mejor sinfonía del bueno de Herr Johannes. ¿Cuándo llegará ese día?