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13 febrero, 2016

La sólida eficacia de un director "a la проводник” [1]





Antoni Wit (1944) es un maestro a la antigua usanza. Formado en la Academia de Música de Cracovia, tiene el sello de aquella disciplina de trabajo y rigor de planteamientos característicos de los directores procedentes de los llamados países del “socialismo real”. De sus interpretaciones no cabe esperar un arrebato de emociones inesperadas, pero tampoco cabe temer sobresaltos; y esto es algo que agradecen tanto los músicos a quienes dirige como el público a quien se dirige.

Antoni Wit
Estudiante de composición con Nadia Boulanger en el París inmediatamente anterior al Mayo del 68, Wit ha prestado siempre atención al repertorio contemporáneo. Incluyendo, naturalmente el de sus compatriotas polacos. El inicio de este concierto con la Real Filharmonía fue una buena muestra de ello y la primera obra en  programa fue Lullabyt (Canción de cuna), de Andrej Panufnik (Varsovia, 1914; Londres, 1991).

Escrita en 1947 en Londres para orquesta de cuerdas y dos arpas, la obra es una verdadera nana. Su base armónica emplea intervalos de cuartos de tono en una escritura en pianissimo, llena de divisi entre sus intérpretes, lo que le proporciona un aire de extraña ensoñación. El tañer del arpa tiene la dulce firmeza que puede suponer para un niño el pulso del corazón de quien lo acuna. Sobre este fondo, los cinco solistas –violines primero y segundo, viola, violonchelo y contrabajo- desarrollan el canto de de una melodía llena de ternura de muy agradable escucha. La interpretación de los profesores de la RFG y Wit estuvo en el centro mismo de su carácter intimista.


Mieczisław Karłowicz en los Montes Tatra

La segunda obra del programa era el Concierto para violín en la menor, op. 8 de Mieczisław Karłowicz (Święcany, Lituania, 11.12.1876; Montes Tatra, Polonia, 08.02.1909). El malogrado compositor permaneció sepultado durante meses en la silenciosa noche eterna de las nieves del Mały Kościelec (Pequeño Kościelec), donde un alud acabó con su vida mientras gozaba de los deportes de invierno, una de las aficiones que practicaba con el panteísmo apasionado que brilla en alguno de sus pensamientos:

“Cuando las cortinas caen y los ojos azules de los lagos brillan, cuando las nieves se ruborizan, una misteriosa y enorme mano extendida hacia mí desde las alturas de las montañas, me captura y me toma hacia arriba... Las horas dedicadas a esta semiconsciencia son, al parecer, un retorno al no-ser; estas horas me dan tranquilidad en lo que respecta a la vida y la muerte, al hablar sobre la paz eterna de la disolución en la existencia del Todo.” (Mieczysław Karłowicz. Cita de "En la nieve", un artículo suyo de 1907 reimpreso en “La postura ideológica y artística de M.K.”, de E. Dziębowska, ed: Z życia i twórczości Mieczyslawa Karłowicza (De vida y la música de M.K.), Cracovia: PWM, 1970, p. 24.). 

El concierto de Karłowicz refleja una doble influencia: de Chaikovski, más audible en la escritura de la parte solista, y de Richard Wagner, más presente en la orquestación. La parte solista corrió a cargo de la violinista polaca Aleksandra Kuls (1991). En Allegro moderato inicial mostró su carácter como violinista, con una fuerza y viveza
Aleksandra Kuls
extraordinarias, y una gran musicalidad en sus diálogos con la orquesta. Esta tuvo un coprotagonismo algo por encima de su eficaz labor acompañante, expresando en toda su magnitud la riqueza tímbrica de la escritura karłowicziana. Fueron muy destacables los preciosos compases en los que al canto conjunto de chelos y trompas se unen las violas, en uno  de los momentos del concierto en los que se hace más patente la influencia de Chaikovski en el joven Karłowicz. Los agilísimos arpegios de la parte solista, ejecutados con excepcional limpieza por Kuls, estuvieron llenos de fuerza.

Wit convirtió en un momento de suspensión casi mahleriana el breve pianissimo de enlace en attacca con la Romanza. Esta es un andante central de un gran lirismo, que fue interpretado por Kuls lleno con profundo sentimiento, sin sombra alguna de amaneramiento. En el Finale, Kuls voló en alas de la gracia. Su sonido, pastoso y suave, tiene como un reflejo aterciopelado en el registro grave, mientras que los registros medio y agudo son de gran brillo y pureza [2]. Las cuerdas dobles, agilidades y juego de arco tuvieron un espíritu muy chaikovskiano. En cuanto a la orquesta, fue de destacar un momento de gran belleza en la sección central lenta del movimiento, cuando cantan conjuntamente violines segundos y violas. El final del concierto fue interpretado con gran brillantez por solista y orquesta.

La versión de la Sinfonía nº 8 en sol mayor, op. 88 de Dvořák se vio notablemente perjudicada por la acústica del Teatro Jofre. La distribución física de los músicos en su escenario hizo que el equilibrio dinámico se resintiera, ya desde el Allegro con brio inicial. Esto fue bien notorio desde este primer movimiento -staccati en el registro agudo de los violines-, así como en la escasa de presencia de los vientos -tanto maderas como metales- en toda la obra.

Wit, como ya había hecho con Lullabyt de Panufnik, dirigió la obra de memoria. Que la tiene perfectamente interiorizada es algo claramente perceptible desde que alza los brazos para dar la entrada inicial. Su concepto y realización de la obra -bien sólidos, como arriba queda dicho- proporcionan al auditorio esa especie de apertura como de
Antonin Dvořák 
hermoso paisaje panorámico siempre presente en Dvořák Esto fue “visible” desde el primer movimiento.

En la misma línea estuvieron el empastado sonido de las cuerdas del Adagio como base sobre la que brillaron el color y la dicción de los clarinetes en su canto, el dramatismo de los metales (ese solo de trompa y su respuesta por las cuerdas fueron realmente sobrecogedores) y la bucólica candidez de las maderas. El Allegretto grazioso, un precioso vals, tuvo más vuelo expresivo que gracia danzante y el Allegro ma non tropo final tuvo el lastre de desequilibrio dinámico antes indicado.

Bien sea por los problemas acústicos arriba mencionados, bien por decisión del director, la brillantez propia del final de este movimiento  quedó muy disminuida. La verdad es que no se entiende por qué no se celebran los conciertos sinfónicos en el nuevo Auditorio de Ferrol. Esperemos que los filarmónicos ferrolanos lleguen a apreciar que las condiciones acústicas deben primar sobre la comodidad de tener el Jofre a tiro de piedra. Sus oídos se lo agradecerán; y si no, al tiempo.



[1] Проводник (Provodnik, en su transliteración española. Término ruso para director de orquesta).

[2] Kuls utiliza un violín, copia de Pietro Guarneri, cedido en préstamo por por la Unión Polaca de Artistas Constructores de Violines).

05 octubre, 2015

A por los quinientos





La Sociedad Filarmónica Ferrolana ha dado comienzo a su nueva temporada de conciertos (en la que cumplirá su programa nº 500) con una actuación de la Orquesta Sinfónica de Galicia en el Teatro Jofre. Este concierto hace el nº 493 de la historia dela Filarmónica Ferrolana desde que iniciara su actividad, también mismo escenario del Jofre, el 7 de octubre de 1949.



Por programa e intérpretes, el acto presentaba todo el aspecto de un concierto inaugural y como tal se desarrolló: la Sinfónica, dirigida por Guy Braunstein, tenía en sus atriles el Concierto para dos violines en re menor, BWV 1043, de J.S. Bach; la Sinfonía nº 33 en si bemol mayor, K 319, de Mozart, y el Concierto para violín y orquesta en re mayor, op. 61 de Beethoven, en el que actuaría como solista el propio vioimista-director.

Braunstein (Tel Aviv, 1971) fue alumno de Chaim Taub en Israel y, ya en Nueva York, de Glenn Dicterow y Pinchas Zuckerman. Con sólo 29 años se convirtió en concertino de la Orquesta Filarmónica de Berlín, permaneciendo en este puesto desde 2000 a 2013, cuando decidió dedicarse de lleno a su carrera como solista.

En el Concierto paraa dos violines de Bach, el violinista israelí compartió el escenario con Massimo Spadano, concertino de la OSG desde 1993  y director de la Orquesta de Cámara de la Sinfónica de Galicia y de la Camerata Boccherini, que con profesores de la propia OSG se ha especializado en música del barroco y clasicismo.

Guy Braunstein (foto cedida por Sociedad Filarmónica Ferrolana)
Doble satisfacción

Un concierto como el Doble de Bach procura a quien lo escucha una doble satisfacción: la de gozar de una obra maestra del genio de Eisenach y la de comprobar la coordinación del trabajo de los dos grandes intérpretes que se necesitan para su interpretación. Y digo interpretación y no ejecución porque, aunque la obra ofrece notables dificultades técnicas, éstas no son nada en comparación con su gran categoría musical.

En este sentido, tanto la parte del primer violín como la del segundo ofrecen a sus
Massimo Spadano
intérpretes una buena ocasión de mostrar su musicalidad. Braunstein y Spadano la aprovecharon sobradamente, haciendo gozar al público del Jofre de una versión tersa y sin prejuicios interpretativos en la que destacó el sentimiento que imprimieron al Largo ma non tanto central y la serena energía del Allegro final. Las seccciones de cuerdas de la OSG fueron idóneo complemento a lo largo de toda la obra.

Braunstein tomó la batuta para dirigir de memoria la sinfonía nº 33 de Mozart. Lo hizo con autoridad y gesto expresivo, siendo seguido por el gran instrumento mozartiano que es la Sinfónica, que demostró otra vez su gran afinidad con la música del maestro de Salzburgo. Su sonido bien empastado y compacto obtuvo unas altas cotas expresivas en el sereno y casi soterrado dramatismo que Braunstein imprimió al Andante moderato, el preciso preciosismo del Trio de su Minuetto y la eficacia conclusiva casi haydniana de su Allegro assai final.

Y un Beethoven de pura cepa

El día de su estreno (23.12.1806), el Concierto para violín de Beethoven fue mejor acogido por el público –pese a la fragmentación a que lo sometió su solista- que por la crítica.  El nacionalismo cultural preponderante en las revistas musicales alemanas de la época no aceptó de buen grado el acercamiento de Beethoven al estilo militar-revolucionario de origen francés. La obra cayó en el olvido de los programadores y Beeethoven tuvo que escribir una versión para piano -editada en Londres al tiempo que la original- para sacarle algún rendimiento económico. La justicia que el tiempo hace a las obras maestras hubo de esperar a que Joseph Joachim (1831-1907), el más reputado violinista del s. XIX, la interpretara en Londres en 1844 bajo la dirección de Felix Mendelssohn (1809-1847).

Orquesta sinfónica de Galicia (foto cedida por Sociedad Filarmónica Ferrolana)

En el concierto de Ferrol, una vez más, se abrió paso la combinación más sencilla (que no fácil): una obra maestra, unos intérpretes de calidad y fidelidad a la partitura. La calidad de Braunstein y su fidelidad estilística para con Beethoven no dejaron lugar a dudas. La introducción del Allegro ma non troppo inicial tuvo un excelente control del sonido antes de abrir paso al tema cantado por los violines sobre los arpegios en stacato de chelos y contrabajos.

Braunstein hizo una gran versión de la obra, llena de la fuerza en la orquesta y desde las primeras notas de su violín e hizo una más que notable en mecanismo y musicalidad de una cadenza llena de dificultades mecánicas y de fondo musical beethoveniano. El Larghetto tuvo una gran tensión expresiva tanto en las partes orquestales como en la solista, que el violinista israelí tocó con todo el lirismo contenido en sus pentagramas.


La transición de este segundo movimiento al  Rondó final fue curiosamente clara y diferenciada, sin la habitual sensación de continuidad rota por el attacca. Toda la fuerza interior que Beethoven imprimía a sus obras estuvo presente en el escenario del Jofre antes de las dos obras regaladas fuera de programa, acompañado de la orquesta en la primera y con un espléndido Bach para violón solo que cerró con llave de oro el círculo de una gran noche de música.