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31 octubre, 2022

ORY – SVQ

 





A Coruña, 28 de octubre, Palacio de la Ópera. Orquesta Sinfónica de Galicia. Programa: Manuel de Falla, Noches en los jardines de España; Claude Debussy, Preludio a la siesta de un fauno; Joaquín Turina, Sinfonía sevillana. Pablo Amorós, piano. José Trigueros, director.


Las dio todas…

El concierto del viernes 28 de la Sinfónica proponía un viaje musical del nacionalismo modulado y moderado de Falla al más evidente de Turina, con escala en lo que en realidad era una especie de punto de partida: el impresionismo de Debussy. Tomado todo, claro, con las pinzas de prudencia necesarias para aplicar a la música estos dos términos, impresionismo y nacionalismo, de los que tantas veces se abusa, al menos, según los musicólogos más ortodoxos.

El programa, bien sugerente y lleno de coherencia, tuvo un desarrollo algo irregular, siendo la obra de Falla la más perjudicada. Fue uno de esos casos en los que el solista puede haber dado todas las notas y haber sido fiel a lo que podríamos llamar “la letra” de la partitura. Y Pablo Amorós lo fue.






…pero faltó el espíritu

Ese embrujo nocturno, ese aroma musical como a jazmín o a gardenias, aunque solo sean aquellas dos de Machín, que desprende el piano en las secciones en las que el instrumento se integra en el sonido de la orquesta se echó de menos en la versión de Amorós. Como también la fuerza interior y la luminosidad con la que el instrumento solista relampaguea en sus momentos de mayor protagonismo.

Pero, sobre todo, ese no sé qué, que según géneros y latitudes se llama gracia, duende o “swing” y que se materializa con medios técnicos pero solo a demanda del intérprete con espíritu. Lástima, porque Trigueros supo obtener de la Sinfónica el adecuado ambiente de hermosas veladuras que la caracteriza. Y siempre con el adecuado carácter de nocturno, tanto en los momentos más recogidos como en los de mayor expansión sonora, si bien hubo algún momento puntual de estos con algún leve exceso dinámico.





Tras las Noches, Amorós regaló al público -literalmente: el aplauso no era una petición clara de bis- la canción de la Canción y danza nº 6 de Federico Mompou; solo la canción, como confirmando el dicho (debidamente y maliciosamente deformado): “lo breve, si breve, dos veces breve”. Un “gracias, no tenía que molestarse” pudo ser una contestación cortés pero sincera. Fue aplaudido por el público.

Repuestas fuerzas y recuperado cierto nivel de atención tras el descanso, sonó en el Palacio de la Ópera esa otra obra maestra, axial del llamado impresionismo musical, que es el Preludio a la siesta de un fauno de Debussy. El solo de flauta inicial a cargo de Claudia Walker Moore y el terso sonido de las trompas calentaron en buena parte el ambiente. La calidad de secciones y solistas de la OSG y la claridad de concepto y atención al detalle de Trigueros lograron una versión más que aceptable de la obra, a la que solo pudo faltar ese puntito de concupiscencia que le es inherente desde su origen en la égloga de Mallarmé.  




Y, tras hacer remontar el vuelo a la Sinfónica en el Preludio debussyano, su director asociado la llevó a velocidad de crucero -y con ella la máxima altura- en la Sinfonía sevillana. Una gran claridad de líneas y planos y su fidelidad a los ambientes -y por encima de estos al espíritu- de la obra lograron elevar la reacción del auditorio -y sin dudarlo, de quien esto suscribe- al nivel de entusiasmo. Gracias, Sinfónica; gracias, Trigueros. Por el esfuerzo y por los resultados, porque no fue fácil remontar; pero estos músicos son así de profesionales, así de concienciados y concienzudos.

Ah. El título de esta crítica corresponde a las siglas IATA de los aeropuertos de París- Orly y Sevilla-San Pablo. Por lo del viaje, mayormente.

 

19 diciembre, 2015

Dos más dos...






Dos más dos...
...cuatro, lo que dicen que a Alfred Einstein le parecía "menos creativo que si fueran cinco". Y si esto le parecía al autor de la Teoría de la Relatividad, uno se siente impulsado a pensar lo mismo; o que bien podrían sumar uno. Pero eso solo sucedería a veces, claro, que no todo el mundo es capaz de convertir cuatro en uno. Porque hay ser capaz de lograr que la música producida por cuatro músicos sea algo más que la suma de sus sonidos, algo que sólo se consigue cuando los miembros de una agrupación son capaces de hacer, de verdad, música de conjunto. Es decir, uno y trino (pero no con tres sino con cuatro; como los mosqueteros de Dumas).


Es la diferencia entre agrupaciones temporales para determinada actuación o actuaciones y un verdadero cuarteto: que un cuarteto vive como tal; que sus ensayos no van dirigidos a un determinado programa en tal o cual festival sino que son el eje alrededor del que gira toda su vida musical. Esto es algo que requiere un planteamiento y una manera de ser especiales, que no todo el mundo es capaz de afrontar y, aún menos, de perseverar.

A estas características tan necesarias como infrecuentes se unió hasta hace relativamente pocos años la escasa atención dedicada en los conservatorios españoles a la música de cámara. El positivo cambio vivido por la música clásica en España y una cierta diáspora de tantos músicos españoles jóvenes, en busca de una formación más amplia y profunda, han dado el resultado de la aparición de grupos de cámara que se codean sin tacha con los mejores de Europa.

Cuarteto Bretón

Desde España
Entre ellos podemos contar, sin duda alguna, el Cuarteto Bretón [1], formado a partir del año 2003 con la intención inicial de difundir la creación cuartetística de músicos españoles. Su calidad lo ha llevado a actuar en las salas de concierto y festivales internacionales más prestigiosos. Pese a ello, sus miembros afirman que sólo hace pocos años que han empezado a alcanzar el sonido y la personalidad que
Joaquín Turina
se propusieron como meta en sus momentos fundacionales.

Su concierto del martes 15 para la Sociedad Filarmónica de A Coruña en el Teatro Rosalía Castro comenzó con una vibrante y muy sentida versión de la versión para cuarteto que Turina escribió sobre La oración del torero, escrita inicialmente por él para cuarteto de laúdes. Todas las sensaciones descritas por el propio autor, el bullicio del público, el recogimiento, los temores y miedos del diestro tuvieron traducción en el sonido muy empastado del Cuarteto Bretón y en su ejecución, de una limpidez de sonido realmente notable.

Shostakóvich, punto y aparte
Tomo estas palabras prestadas del título de un capítulo del magnífico ensayo de Cibrán Sierra sobre el cuarteto de cuerda [2] y aprovecho para  recomendarlo a todo aficionado que quiera comprender mejor lo que tal formación y género musical ha supuesto en la Historia de la Música occidental. Y si o hago es porque, efectivamente, Shostakóvich marcó un antes y un después en la literatura cuartetística. Su serie de 15 cuartetos es ingente, más por su calidad que por su nada despreciable cantidad.

Para cerrar la primera parte del concierto, el Cuarteto Bretón interpretó el Cuarteto nº 10, en la bemol mayor, op. 118 de Dmtri Shostakóvich. Escrita seis años después de contraer la poliomielitis, cuatro después su afiliación al PCUS y
Dmtri Shostakóvich
dos tras su tercer matrimonio, la obra refleja todo el mundo de contradicciones familiares, sociales y políticas vividas durante aquellos años por su autor.

El Cuarteto Bretón plasmó toda aparente serenidad del Andante, expresada por el violín en su canto inicial -luego trufada de inquietud- con la misma propiedad que el más que inquietante transcurrir del Allegretto furioso. El Adagio fue el necesario lenitivo anímico para el auditorio; y en el Allegretto final desarrolló toda la panoplia de situaciones y sentimientos que evoca y despierta la música del maestro de San Petersburgo. Fue una versión llena de hondura, expresada con una gran calidad de sonido.

Y Beethoven, claro
La segunda parte estuvo dedicada al Cuarteto nº 8 en mi menor, “Razumovski”, op 59 nº 2 de Beethoven. Nuevamente, los miembros del Cuarteto Bretón hicieron gala de su aquilatado control de sonido y su preciso ajuste rítmico. Pero, músicos al servicio de la partitura y del autor, fue su rigor estilístico lo que más se pudo admirar de su trabajo, haciendo un Beethoven absolutamente lleno del espíritu del sordo de Bonn.

De izquierda a derecha, Iván Martín, Antonio
Cárdenas, Anne Marie North y John stokes 

En respuesta a la fuerte y merecida ovación de los filarmónicos coruñeses, tocaron como regalo el tiempo lento del Quator sur des thèmes populaires basques, preciosa obra de juventud de José maría Usandizaga con la que llenaron de paz y belleza oídos y espíritus del auditorio.




[1] El Cuarteto Bretón está formado por Anne Marie North y Antonio Cárdenas, violines; Iván Martin, Viola, y John Stokes, chelo.
[2] El cuarteto de cuerda, Laboratorio para una sociedad ilustrada (Alianza Música. Biblioteca básica, 2014, ISBN: 978-84-206-9338-5).