25 febrero, 2019

Las entrañas de un volcán






A Coruña, 23 de febrero, Teatro Colón. Fedra. Texto, Paco Bezerra, basado en la tragedia de Eurípides. Direccción, Luis Luque. Intérpretes: Lolita González Flores, Fedra; Juan Fernández, Teseo; Críspulo Cabezas, Hipólito; Michel Tejerina, Acamante y Tina Sáinz, Enone. Escenografía, Monica Boromello, Iluminación, Juan Gómez-Cornejo. Música original, Mariano Marín. Vestuario, Almudena Rodríguez Huertas. Videoescena, Bruno Praena, Diseño gráfico, David Sueiro. Fotografías, Sergio Parra. Productor, Jesús Cimarro. Una coproducción del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida y Pentación Espectáculos.


Dicen Luis Luque y Paco Becerra en el programa de mano que se entrega a los espectadores que “el amor, en muchos casos, es sinónimo de dicha y felicidad, pero en otros es tormento y grandísima condena”. Su Fedra intenta acercarse a “ese primer texto de Eurípides” –uno perdido que no ha llegado a nuestros días- con una Fedra “ardiente, inmoral y rechazada por el público del momento, creando una nueva mujer más combativa y con menos miedo; una Fedra exenta de culpa, capaz de luchar por lo que siente y que, ante todo, se atreve peligrosamente a amar”.




Los latidos algo irregulares de un corazón reciben al público a telón abierto junto al precioso trabajo de Monica Boromello, Este es un sencillo decorado que deja ver, en primer plano a la derecha, un lecho exento forrado de algo que recuerda una piel con lana blanca. En el centro y más al fondo, unos telones con la delicadeza  visual de un encaje, que pueden sugerir una entrada. Tal vez a una gruta en la ladera del volcán, acaso al vientre no menos volcánico de esa Fedra “ardiente, inmoral y exenta de culpa”.

Una mujer que vive el drama de estar enamorada del primogénito de su marido, el rey Teseo. Que, enferma de contradicción entre su pensar y su sentir, decide un cierto instante saltar por encima de las normas y convenciones sociales. Que, en definitiva, quiere ser mujer por encima de reina. Su entrada en escena es la viva imagen de la depresión: inapetente, insomne, perpetuamente silente, hundida en el fondo de su alma atormentada por el amor… Hasta que  –“lo que no se dice se pudre”, dice uno de los personajes- decide sincerarse con Enone, su ama de cría y fiel servidora desde la cuna, consigo misma y con Hipólito, el objeto de su amor.




Ese amor que “puede ser dicha o tormento y que, tras el rechazo de su hijastro, muestra para ella solo esta última cara. Pronto se produce el regreso del marido mujeriego y siempre ausente por asuntos de Estado. Y con este regreso llegase desencadena la necesidad de deshacer el nudo de los acontecimientos que amarran a Fedra a una roca que la hunde en el mar de su desgracia.

El relámpago de una hija de Talía
Y es entonces cuando, de repente, toda la verdad del mejor teatro refulgió en el Teatro Colón. Y tuvo que ser Tina Sáinz -una inmensa actriz de esa casta de la que proceden los verdaderos hijos de Talía- quien lanzó el relámpago creador y deslumbrante. Fue un gesto casi imperceptible, apenas un matiz de movimiento de su rostro, con el que Tina Sáinz pasó de la nodriza amante y preocupada por su niña hecha reina a la más fría intrigante del pequeño reino de la Isla del Volcán. La que en ese instante da el vuelco definitivo a los acontecimientos. Y la función cambia desde el drama de una mujer “malenamorada”, que no malquerida, para adquirir todo su carácter de tragedia.





Solo alguien que tenga la genética artística y la aceptación popular de Lolita González Flores puede desmadrarse en escena sin que se resienta la función. Ella hace una Fedra apasionada; incluso con algunos momentos de exceso vocal (posiblemente debidos a la amplificación) que, curiosamente, se alternaron con otros de entonación un punto plana.

Hablar muy fuerte
Estos excesos microfónicos me hicieron recordar una anécdota atribuida a Adolfo Marsillach. Cuando se hizo cargo de la Compañía Nacional de Teatro Clásico e impuso una nueva forma más cercana –y por tanto humana- de representarlo, alguien le dijo: “nada, nada. Lo que hay que hacer con estas obras es hablar muy fuerte”.

La Fedra de Paco Bezerra se creó para el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida. La inmensidad del recinto del Teatro Romano puede explicar –y no sé si justificar- la decisión de amplificar las voces de los actores. El paso a un teatro convencional debería hacer desaparecer esa amplificación, cada vez más extendida en nuestra escena. A menos, claro está, que la potencia, proyección y/o vocalización de quienes pisan las tablas sean tan deficientes que lo hagan necesario.

¿Es esa la razón de una amplificación colectiva, perfectamente perceptible en todos los actores de esta compañía excepto quizás en Sáinz? Lo dudo: los gritos –sí, gritos- de Críspulo Cabezas y Michel Tejerina en su discusión final más bien sugerirían lo contrario. Si la dirección de Luque ha buscado “la verdad de las emociones”, estas han aflorado a lo largo de la función, aunque a veces pueda ser peligroso darles rienda suelta.



El Teseo de Juan Fernández es un punto enfático y envarado, algo perfectamente atribuible a una dirección escénica que pone a los actores en posiciones de enfrentamiento estático. La música  de Mariano Martín subraya adecuadamente la acción y se une a una videoproyección casi omnipresente para darle a la función un realce visual y sonoro quizás excesivo.

Esto me trae una segunda anécdota, esta nada menos que de don Jacinto Benavente nuestro Nobel de Literatura de 1922. Cuentan que cuando alguien le preguntó qué le había parecido su experiencia al ver un filme en tres dimensiones –aquellas precarias tres dimensiones de los años 50, creadas con unas pobres gafas bicolores de celofán- dijo una frase que ha quedado para siempre en mi memoria:

“Primero inventaron el cinematógrafo; luego le pusieron sonido; más tarde, el color y ahora lo hacen en tres dimensiones...
Sigan, sigan,
ESTÁN USTEDES A PUNTO DE INVENTAR EL TEATRO”.

Las vídeoproyecciones y amplificación, casi omnipresentes en el teatro actual, me llevan a pensar si no habrá que remedar la frase de don Jacinto y decir, no sé muy bien a quiénes (no hay peor sordo que el que no quiere oír):

¡SIGAN, SIGAN, ESTÁN USTEDES A PUNTO DE INVENTAR EL CINE!

17 diciembre, 2018

Campana y se acabó... ¿Así, sin más ?








El sábado 15 de diciembre se ha celebrado el Concierto de Navidad de la Orquesta Sinfónica de Galicia con el que Unión Fenosa obsequiaba desde hace años a sus invitados. Entre estos, como siempre, aficionados a la música clásica (los menos), clientes  de la empresa energética (los más) y políticos locales y autonómicos a los que difícilmente se ve en los conciertos de la temporada de abono (demasiados). La fecha casi coincide con la prevista –el próximo viernes, día 21- como la última en la que estará abierta la 15ª y última MOSTRA UNIÓN FENOSA, ahora llamada Mostra Naturgy, nuevo nombre de la empresa que ha decidido acabar con la MOSTRA y el cierre del Museo de Arte Contemporáneo de A Coruña, previsto para el próximo día 30.

A la entrada del concierto unos pocos jóvenes entregaban unas cuartillas en castellano y gallego contra el cierre del MAC, en las que se podía leer


NATURGY:

EL COMPROMISO CON LA
CULTURA SE EXPRESA
TODOS LOS DÍAS
NO SOLO EN VÍSPERAS DE

NAVIDAD


Inútil empeño. A una buena proporción de los asistentes a estos conciertos, incluidos la inmensa mayoría de los políticos presentes, acuden a ellos por el acontecimiento social que proporciona a la élite política y financiera la posibilidad de ver y ser vistos. Como inútil habría sido también una lluvia de octavillas (palabra que tantos recuerdos trae a quienes pasamos de los sesenta) desde las alturas; o un buen griterío bien organizado con un sencillo lema, como habría podido ser


¡¡”EL MAC NO SE CIERRA”!!


Pero nada de esto sucedió: tampoco la sobreabundancia de escoltas y vigilantes de seguridad era algo que invitara a cualquier manifestación contraria a lo milimétricamente previsto. De manera que el concierto transcurrió por los cauces acostumbrados (iba a escribir normales pero, la verdad, poco hay de esto en este magno evento social anual). Un pequeño ejemplo: al terminar la Introducción de El sombrero de tres picos estuve a punto de susurrar “milagro, nadie ha aplaudido”. Vana ilusión: un lejano aplauso, rápidamente seguido por cientos de espectadores interrumpió mi susurro justo cuando después de decir “milagro”, con lo que la frase quedó en esa palabra seguida casi inmediatamente por un “no hay milagro”.

Varios aplausos más al final de algunas de las piezas de El sombrero debieron de agotar el hambre de aventura palmera de aquellos osados por lo que, consecuentemente, nadie se atrevía aplaudir al concluir la Jota final de la segunda suite pese a su espectacularidad . Tras el descanso, las copas de cava y golosinas habituales en este concierto permitieron al personal asistente al concierto aguantar más plácida que atentamente la Quinta de Shostakóvich de principio a fin.

Dice Xoán M. Carreira en su mitad de las notas al programa de este concierto, “la Quinta no es grandiosa, resultaba fácil de interpretar y sobre todo era muy accesible para el público…”. Se refiere, claro, al público de Leningrado asistente al estreno del 21 de noviembre de 1937, claro; no al del Concierto de Navidad de FENOSA (qué difícil se me hace escribir el nuevo nombre) del viernes 15 de diciembre.

A su fin, por si las ansias de palmas no habían quedado debidamente satisfechas -y dado que es propina obligada, incluso seguramente contratada-, rápidamente atacó la orquesta la Marcha Radetzky, ese homenaje dedicado por Johann Strauss padre a un generalote que reprimió a sangre y fuego sublevaciones de patriotas italianos en 1848 antes de hacerlo con manifestaciones obreras en su propio país. El angelito.  

Y digo yo: ¿qué necesidad tenemos de imitar a los vieneses dando palmas en esta marcha –mal, normalmente- cuando con el simple cambio de orden de las obras programadas podíamos haberlas gozado en un bis de la Danza final de El sombrero de tres picos? Al menos, nos queda el consuelo de que el miércoles podremos escuchar zarzuela interpretada por la Orquesta Sinfónica de Galicia y a beneficio de la Obra Social Padre Rubinos.


29 noviembre, 2018

Desde la cumbre todo es bajada…






A Coruña, 17 de noviembre, Teatro Rosalía Castro. Rojo. Texto, John Logan. Traducción, José Luis Collado. Direccción, Juan Echanove. Intérpretes: Juan Echanove (Mark Rothko) y Ricardo Gómez (Ken). Diseño de escenografía, Alejandro Andújar. Diseño de iluminación, Juan Gómez-Cornejo (A.A.I.). Diseño de vestuario, Alejandro Andújar. Selección musical, Gerardo Vera. Movimiento escénico, Eduardo Torroja. Ayudante de dirección, Marcos marín. Ayudante de escenografía y vestuario, Liza Bassi. Coordinación técnica, Ion Aníbal López.  Regiduría y técnico de vestuario, Marco Hernández. Técnico de iluminación, Ion Aníbal López y Sergio Balsera. Técnico de sonido, Jonay Fereiro. Técnico maquinista, José Luis Montero y Helder Lopes. Fotografía, David Ruano. Realización de escenografía, May servicios para el espectáculo S.L. Ambientación, Manuel Álvarez Collar. Realización de Vestuario, Luis Espinosa. Producción, Mikel Gómez de Segura y Zuriñe Santamaría. Distribución, Charo Fernández Insausti. Es una coproducción del Teatro Español, La Llave Maestra Producciones Artísticas y Traspasos Kultur.




…o caída, si no se ha planificado bien el regreso a los distintos campamentos que los alpinistas montan para los necesarios descansos y para aclimatarse a las condiciones meteorológicas de la alta montaña. Y esto tanto en la subida a la cumbre como, muy especialmente, en ese descenso que puede ser fatal por falta de fuerzas o de previsión. Descenso que en las bellas artes viene dado por la llegada de nuevas corrientes que sustituyen a las que los grandes triunfadores de una época establecieron en su momento. Y esto, que pocos grandes artistas son capaces de asimila, puede llevarlos a la decadencia personal o incluso a la desesperación.

En este contexto se enmarca la mirada en profundidad que Rojo lanza sobre los últimos tiempos de Mark Rothko (Daugavpils, Letonia, 25.09.1903; Nueva York, 25.02.1970) a través de la relación con un ayudante, Ken. Este es un estudiante de Bellas Artes que, según las condiciones draconianas que le impone su empleador ha de convertirse en una especie de chico para todo pero que a lo largo de la función va revelándose como duro interlocutor de ese maestro que no quiere serlo, para acabar rebelándose contra las ideas, actitudes y acciones del genio.




La función comienza poco después de recibir Rothko el que habría de ser el mayor y mejor remunerado encargo de su vida: una serie de murales para el restaurante Four Seasons, situado en el rascacielos Seagram, proyectado por Ludwig Mies van der Rohe (1886 – 1969) en colaboración con Philip Johnson (1906 - 2005). Pero, por su misma naturaleza, este encargo habría de ser fuente de sufrimiento  para él por contradecir sus ideas sobre el arte, dado que esos murales, en palabras de la crítica e historiadora del arte Dore Ashton (1928 - 2017),  “tenían que responder a una visión interior que nunca podía ser satisfecha in situ, como confirmó el rechazo final de Rothko a entregarlos”.

A lo largo de la función, los diálogos entre Rothko y Ken van dejando traslucir el carácter de ambos personajes, espléndidamente encarnados por Juan Echanove y Ricardo Gómez. La dirección de actores de Echanove, muy rica en gradación de voz y gestualidad facial, especialmente el cambiante equilibrio dialéctico entre ambos. Es una evolución paulatina y muy bien matizada y refleja el crecimiento del personaje de Ken, crecimiento que colabora no poco en el hundimiento de Rothko, a medida que este se va hundiendo en el callejón sin salida de su propia contradicción. Algo que el propio personaje teme y prevé cuando dice “Solo una cosa me da miedo en la vida: un día, el negro engullirá al rojo”.



Si espléndidas son actuación y dirección, de brillante podemos calificar el movimiento escénico diseñado por Eduardo Torroja, en el que los actores rentabilizan al máximo la rica escenografía ideada por Alejandro Andújar, con el punto culminante en el momento de la preparación de un lienzo de “tamaño Rothko” con brochazos en directo de ambos actores. El vestuario, también ideado por Andújar tiene la sobriedad adecuada al transcurrir de la función y la iluminación de Juan Gómez-Cornejo (A.A.I.) destaca en cada momento la acción y la situación anímica de personajes. La selección musical de Gerardo Vera acentúa idóneamente la exposición de emociones que reflejan texto y acción.

Rojo, primera obra de John Logan representada en España, ha llegado al escenario del Teatro Rosalía Castro de A Coruña nueve años después de su estreno en Londres (Donmar warehouse, 2009) y tras su aterrizaje en España con tres representaciones en el Teatro Calderón de Valladolid del 9 al 11 de noviembre. La popularidad de sus dos intérpretes llenó el aforo del Teatro Rosalía Castro en las dos representaciones previstas (viernes 16 y sábado 17) y posiblemente habría dado para una tercera función. Hoy se estrena en el Teatro Español de Madrid, después de tres representaciones en Bilbao (22, 23 y 24 de noviembre).


17 noviembre, 2018

Tal vez... ¿vivir?






A Coruña, 3 de noviembre, Teatro Rosalía Castro. Tal vez soñar. Texto, Antonio Tabares. Direccción y espacio escénico, Mario Vega. Elenco: Marta Viera, Miguel Ángel Maciel y Maykol Hernández. Animación y audiovisuales, Juan Carlos Cruz. Dirección técnica y diseño de iluminación, Ibán Negrín. Vestuario y caracterización, Nauzet Alonso. Dirección musical, José Brito. Composición original (Moon river), Henry Mancini. Orquesta Sinfónica Maestro valle de la ULPGC. Adaptaciones musicales, Carlos  Vega, Manuel Bonino, José Brito, Cristina Quibtana. Asesoramiento musical, Eduardo Purriños, Marcos Pulido, Daniel Roca. Ayudantes de dirección, Luis O’Malley y Lorena Marín. ;aquinarioa, Marcos Daniel rodríguez. Efectos de sonido, Alejandro Doreste. Grabación de orquesta, Blas Acosta. Coordinación de producción, Dácil Hernández. Audiovisuales comunicación, Arima León. Prensa, Paco Medina. Redes Sociales, Héctor Muñoz. Factoría unahoramentos, Valentín Rodríguez ,Elena Álamo, Desiré Bolaños, Silvia Barona.


Tal vez soñar
Nadie muere del todo mientras permanezca en la memoria de los demás. Quienes así creen tienen varias tienen varias vías para lograr su objetivo: la obra empresarial, cultural o artística puede ser una vía hacia ese destino deseado, adaptable además, a la ambición del futuro difunto. Sembrar buenos recuerdos en las personas que de un modo u otro le son próximos es otra, seguramente más transitada, y entonces familia, amigos, compañeros de trabajo o de aficiones pueden ser la diana de sus acciones en tal sentido.

Pero puede haber una tercera vía, tal vez más frágil, menos persistente por involuntaria tanto en la persona recordada como en quien la recuerda: los sueños sobre las personas fallecidas que tienen quienes las sobreviven. De la relación que cada cual haya tenido con el difunto/a dependerá mucho la dirección y sentido de estos sueños, llegando a las pesadillas más desequilibrantes, siendo para algunos obsesivos en su repetición, habiéndolos triviales y aislados. Pero también hay aquellos de los que no se querría despertar por la presencia agradable en él de alguna persona amada.

Esta permanencia en la vida de los demás a través de sus sueños es los que explora Tal vez soñar. Dice la sinopsis del programa de mano: “Inma ha muerto, pero su relación con los vivos no deja de ser muy estrecha. Continuamente se aparece en los sueños de aquellos que la quisieron y quienes de alguna forma tuvieron que ver con ella y se resisten a olvidarla”.

Miguel Ángel Maciel y Marta Viera


Tal vez soñar, dice el programa de mano, explora “la estrecha línea que separa la vida de la muerte” y “el amor que perdura más allá (o más acá) de la pérdida de un ser querido”. La función se inicia con la llegada de Inma -la protagonista, vestida con tan solo una bata y un gorro de quirófano- a un extraño espacio limitado por grandes telones de un color bastante neutro. En él, un hombre de edad indefinida, aunque bien entrado en la madurez (Pedro) arrastra por el escenario un extraño híbrido de carro de supermercado con silla de ruedas mientras distribuye y mueve esos telones.

La extrañeza de Inma ante un espacio tan desconocido como inquietante contrasta con la naturalidad del hombre, que pronto declara la naturaleza de ese llamémosle sitio -donde “los muertos estamos esperando a que nos sueñen. Eso pone bruscamente a Inma al corriente de su situación: acaba de fallecer en una operación de cirugía cardiaca por un fallo del cirujano.

Marta Viera


A partir ese curioso hallazgo, aparecen en escena los seres queridos de Inma, aquellos con los que se relacionó afectivamente en vida. Y de las conversaciones soñadas por ellos -marido, amante, hijo, padre- el espectador va conociendo la vida de su protagonista, sus amores y sus desengaños, hasta el final de la obra, cuyo desenlace –solo uno de los muchos posibles de una propuesta como la de Tabares-  no revelaré para no destripar la función.

La puesta en escena es sobria y efectiva, rentabilizando hábilmente muy pocos elementos transformables y movidos por los propios actores. La ambientación musical está basada en la canción Moon river, que Henry Mancini compuso en 1961 para el filme Desayuno con diamantes y Está presente a lo largo de toda la representación, ambientando adecuadamente la acción las diferentes versiones creadas para la Tal vez soñar.


Maykol Hernández, Marta Viera y Miguel Ángel Maciel


El rol de Pedro es un tanto ambiguo por razón del texto y Miguel Ángel Maciel lo interpreta con una admirable contención que destaca la agradable humanidad y paciencia del personaje. Marta Viera se mueve con soltura y eficacia y su gestualidad tanto facial como corporal presta adecuada presencia y veracidad a Inma. Su vocalización un tanto insuficiente lastra algo su interpretación por perderse una buena parte de su texto, que por otra parte dice con una buena matización de carácter en los distintos sentimientos que expresa a lo largo de la función y que a veces hay que ddeducir de la acción y el contexto.

Maykol Hernández y Marta Viera


Mención aparte merece Maykol Hernández, que representa cuatro diferentes papeles en esta misma función, lográndolo de forma más cercana a la brillantez que a la mera corrección. Su paleta de actuación va desde el cirujano algo irresponsable -al que da un tono algo exagerado bastante propio del atolondrado personaje- al angustiado hijo de Inma, ya como un hombre maduro. Y pasa más que dignamente por el viudo nostálgico pero que busca eso que algo eufemísticamente se conoce como “rehacer su vida” y el “amante-o-casi” desesperado al que redimir desde su propio sueño. Dicen que en su gira por Latinoamérica será sustituido por actores locales. Deseamos a Factoría Unahoramenos que tengan suerte; no va a ser fácil lograrlos.


12 noviembre, 2018

¿Un porro más hacia el pasado o un paso hacia la madurez?





Carballo, 27 de octubre, FIOT 27, Pazo da Cultura. Wasted. Texto de Kate Tempest
traducido por Martí Sales. Dirección y adaptación, Iván Morales. Ayudante de dirección, Rafa Fodríguez. Intérpretes: Oriol Esquerda, Sandra Pujol y Xavier Teixidó. “Coaching” corporal, Los Corderos, sc. Asesoramiento vocal, Pau Llonch y David Menéndez. Espacio Escénico, Marc Salicrú. Espacio sonoro, Ilia mayer. Iluminación, Miki Arbizu. Fotografía y vídeo, Molegro House. Diseño gráfico, Iolanda Monsó. Producción, Íntims produccions y Fira Tàrrega. Producción ejecutiva, Marc Cartanyà. Comunicación, Isaac Baró.



Toni P.G.
1993 – 2008

D.E.P.




WASTED



A la entrada a la función se entrega a los espectadores una especie de esquela blanca cuya portada reproduzco todo lo fielmente que puedo. La muerte de Toni, el amigo común fallecido justo diez años antes, se convierte así en el punto de partida previo al texto (¿pre-texto?) y es el pretexto (DLE: 1. m. Motivo o causa simulada o aparente que se alega para hacer algo) de la función: tras una síntesis de su situación actual, los tres amigos más íntimos del fallecido se encuentran en esa fecha en “el árbol de Toni” y acuerdan dedicar a su memoria una noche de alcohol y porros.

Xavier Teixidó, Sandra Pujol y Oriol Esquerda


La polisemia del término inglés “wasted” -y el hecho de que los adjetivos en ese idioma carezcan de plural- no nos permite conocer su significado exacto como título de la obra, pero sí fantasear sobre la intención de la autora al titular así su primera obra teatral. ¿Homenaje al amigo ‘malogrado’? ¿Vida ‘atrofiada’ de sus ‘vanos’ o ‘inútiles’ amigos sobrevivientes? La verdad es que en algún momento de la función algunos podemos llegar a valorar como ‘desaprovechado’ el intento de la autora por presentar algo nuevo o de la dirección en caso de tener esa misma intención en su trabajo.

Porque no es nuevo, en absoluto, casi nada de lo que sucede a lo largo de la duración de la obra. Y porque no todo es, o al menos no todo ha de ser, contacto con el público; que impresiona pero no explica. Desde el movimiento y cercanía que permite la disposición de los espectadores en círculos concéntricos, Oriol Esquerda, Sandra Pujol y Xavier Teixidó se entregan a sus personajes espiritual ¡y físicamente! siguiendo las pautas de un montaje bien trabajado por Iván Morales en cuanto a la dirección de actores y aún más por lo que hace a la expresión corporal y coreografía de Los Corderos.


Teixidó, Pujol y Esquerda


El montaje tiene así un ritmo físico fluctuante y casi siempre creciente, llegando a ser trepidante en el momento de clímax de la función; pero al final se hace decaer hasta la cota un tanto depresiva a la que casi inevitablemente lleva el texto de Kate Tempest. Tal vez la sociedad actual esté llevando a muchos jóvenes a transitar sin pena ni gloria  por unas vidas vacías; quizás la falta de perspectivas los induzca a la inacción; las encuestas sobre el impacto de la situación vivida en España –la mal llamada crisis económica- nos muestran que esta ha dejado como huella llevar a los jóvenes a un progresivo descreimiento en la necesidad de los sistemas de protección social. En este sentido, los tres personajes de Wasted son una muestra -algo reducida si se quiere y nada significativa estadísticamente- de un segmento de esa población: el que vacila entre seguir viviendo su juventud mirando hacia su adolescencia o responsabilizarse de dar el paso hacia la propia madurez.

Sandra Pujol


Carlota es una profesora de instituto que reacciona a la inercia a la que se ve abocada por su trabajo en medio de unos profesores y alumnos aplastados por una abulia que los lleva a una especie de estúpido ‘odio de clases docentes’ del que quiere escapar; en el que no quiere dejarse atrapar. Sandra Pujol le da cuerpo y espíritu, otorgándole una fuerte credibilidad y su personaje es el único con el que uno puede sentirse más o menos identificado. Dani es un pasota entregado a la inercia de una vida mediocre para el que Oriol Esquerda hace un trabajo impecable desde su sobriedad inicial a una cierta ‘contención’ en el clímax discotequero de la obra. Por su parte, Xavier Teixidó aplica el punto de sobreactuación necesario para el personaje de Edu, ya bastante desaforado por su texto pero sobre el que siempre cabría un enfoque menos histriónico, dicho sea esto en el mejor de los sentidos de la palabra.

Visto todo lo anterior, podríamos decir que la reflexión que aporta Wasted apunta hacia un sector de la población al que le sería de alguna utilidad mirarse en ese espejo. Pero es una diana inalcanzable por su poca tendencia a la reflexión sobre esos temas y, por tanto, un público ausente de la sala. Un no-público.




01 noviembre, 2018

Un bucle de resacas







Carballo, 20 de octubre, FIOT 27, Pazo da Cultura. Iphigenia en ValleKas. Texto de Gary Owen traducido y adaptado por María Hervás. . Intérprete, María Hervás. Dirección, Antonio C. Gijosa. Escenografía, Mónica Teijeiro. Sonido, Mar Navarro. Iluminación, Daniel Checa. Producción, María Hervás y Serena Producciones.  


María Hervás. Iphigenia


Gary Owen ganó el premio al mejor texto en el Festival de Edimburgo de 2015 por Iphigenia in Splott. Splott es un barrio obrero del sur de Cardiff (Gales) notablemente afectado por las diferentes crisis industriales, económicas y financieras desde la época de Margareth Tatcher a nuestros días. La adaptación de María Hervás traslada a la protagonista a Vallecas, barrio que  como cualquiera del cinturón sur –sí, también del sur; suele ser así- de Madrid tiene todos los ingredientes socioeconómicos para centrar en él la función.

Siempre hay una Ifigenia: en Áulide, en Splott, en ValleKas. Alguien a quien sacrificar en beneficio de la comunidad. ¿Pero qué pasa cuando la Ifigenia de turno decide por sí misma quiénes han de ser beneficiados por su sacrificio? ¿Y qué ocurre cuando quien puede decidir decide que esa comunidad no sea su beneficiaria? Del “He venido a cobrar lo que es mío” inicial al ¿”Y qué va a pasar cuando no podamos soportarlo más”? hay todo “un bucle de resacas” dramáticas, de emociones a flor de piel por las que María Hervás conduce a su público a lo largo de la casi hora y media que dura la representación.

María Hervás. Iphigenia


Los mil y un matices de la gigantesca interpretación de Hervás y su adaptación del texto de Gary Owen lo convierten en un mar de emociones encontradas. De de la ira a la ternura; de la provocación gratuita al sacrificio a favor del otro [1]. Ahí están -y solo así se pueden entender- las reacciones del personaje más decisivas para su vida futura. Su renuncia  a reclamar ese “nunca más sola” en el que se veía ya instalada tiene una razón, que nace de una propia fortaleza interior: “puedo soportarlo, así que lo soporto por esa niña”. Fortaleza nacida de una insospechada nobleza intrínseca, la que se necesita para ir con la verdad por delante frente a Rique, su más o menos novio, aunque le cueste truncar la esperanza de que su compañía se convierta en un alivio de sus males: “si voy a hipotecar su vida, no puedo empezar con una mentira”.

Desde el punto de vista interpretativo sorprende la enorme riqueza de registros de Hervás, tanto por interpretar la montaña rusa de sensaciones y sentimientos de la protagonista como cuando hace hablar a otras personas de su vida, que no personajes, porque personajes solo hay uno, el suyo. Y ahí afloran esa abuela con voz de “rata arrugada”, ese medio novio, Rique, producto de gimnasio de mitad para arriba porque lo de las piernas cuesta más de lo que él soporta; la mujer-foca a quien provoca y que la critica por su lenguaje soez;  la compañera de piso y aventuras; los militares, comadrona, parturienta o abogado. Todos con su carácter plasmado con apenas un gesto o un matiz en la voz de Hervás. Al acabar la función surge una pregunta: ¿cómo puede mantener esa tensión emocional durante ciento treinta minutos sin caer destrozada física y anímicamente?

María Hervás. Iphigenia


La dirección de Antonio C. Guijosa es contenida, apenas visible, la única posible con un pura sangre escénico como María Hervás, un verdadero volcán, interpretando a un personaje en continua erupción. La escenografía de Mónica Teijeiro tiene la virtud de la sobriedad y la funcionalidad: apenas unas cajas de madera, un columpio y un calendario –por cierto, ¡qué dramatismo puede contener una simple cifra! ese terrible 29…- dan pie y sirven de base a los movimientos de Hervás por el escenario. La iluminación de Daniel Checa subraya adecuadamente texto y acción.

La obra es tremendamente dura y los momentos de mayor ternura, de vuelo poético que la salpican aquí y allá no hacen sino resaltar esta dureza. Uno no sale, no puede salir indemne después de compartir hora y media con la Iphigenia de María Hervás. Pero ¿sabéis? merece la pena sentir como propio su dolor: porque todo el sacrificio de miles, quizás de millones de Iphigenias continúa pese a “los datos favorables” de la macroeconomía. Porque alguien, quien podía hacerlo, decidió que no se beneficiara de su sacrificio el conjunto de la sociedad sino quienes menos lo necesitaban, quienes menos lo necesitan: los de siempre. Porque alguien tiene que seguir gritando el dolor de esos millones de Iphigenias a quienes no se atreven a mirarles a la cara y a quienes, como la “mujer-foca”, incluso se permiten criticarlas por su aspecto y su lenguaje. Porque, en realidad, lo soez (bajo, grosero, indigno, vil, según el DEL de la RAE, edición del centenario) es la vida (y me remito acepciones 6, 7 y 8 del mismo diccionario).





[1] Y no de otro abstracto, social, comunitario sino cercano, en una curiosa convergencia –quizás no tan extraña como podría parecer- con el precepto cristiano de amar al prójimo (el próximo, el cercano).