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05 junio, 2015

Clausura de temporada de la OSG, 2





Segunda entrada sobre el concierto de clausura de la temporada 2014 – 2015 de la Orquesta Sinfónica de Galicia, celebrada el pasado 22 de mayo. Tras la dedicada al arreglo para metales de las Vísperas de la beata Virgen, de Claudio Monteverdi, toca hablar hoy de la monumental Pinos de Roma, de Ottorino Respighi. Queda pues para próximas entradas un tercer texto sobre la obra de Abrahamsen, Let me tell you, que  la Barbara Hannigan, Dima Slobodeniouk y la OSG estrenaban en España.


Otorino Respighi
Nacido en Bolonia e hijo de un profesor de piano de la ciudad, hizo sus primeros estudios en el Conservatorio local: violín y viola con Federico Sarti y composición con Giuseppe Martucci. Durante su estancia en San Petersburgo como principal de violas de la Orquesta Imperial, estudió con Nikolái A. Rimski-Kórsakov. El compositor ruso ejerció en Respighi una notable influencia, que se añade a la de su admirado Richard Wagner, influencia que le pone a la altura de los grandes orquestadores de la época, como los citados  Rimsky y Wagner, Richard Strauss, Ígor Stravinsky o Maurice Ravel.

En 1913 se estableció en Roma, en cuyo Conservatorio de Santa Cecilia fue nombrado profesor de composición. En 1924 accedió a la dirección del centro, renunciando dos años después para poder dedicarse a tiempo completo a la composición. La falta de atención sobre su obra por parte de los estudiosos parece deberse al rechazo que suscitó su reconocimiento en la Italia de Musolini [1] más que al carácter poco innovador de su música.

Pinos de Roma
Esta obra forma parte del conjunto de obras más conocido y admirado de Respighi, la llamada Trilogía Romana [2], en la que el autor rinde homenaje a la Ciudad  Eterna, cuya grandiosidad monumental tardó en aceptar y querer plenamente por su nostalgia del refinado recato de su Bolonia natal. El conjunto de la Trilogía –pese a la diferencia cronológica de las obras- es plenamente representativo del estilo maduro del autor, con gran riqueza y espontaneidad melódica y unas características rítmicas que otorgan a su música sensaciones espaciales tanto de quietud como de movimiento.

La OSG / OJSG y Slobodeniouk saludan tras interpretar 'Pinos de Roma'
(Foto cedida por la OSG,  © Pablo Rodríguez) 
El uso muy personal que hace de los sistemas modales y de las viejas escalas del canto gregoriano, ampliando sus posibilidades de desarrollo, le permiten  una organización armónica que se aleja de la tensión-distensión inherente al sistema tonal vigente desde el Barroco. Respighi da así respuesta a la crisis ya patente en el sistema tonal, alejándose de él  gracias a su personal riqueza tímbrica, que le permite unos ambientes armónicos muy estables y unos cambios más colorísticos y expresivos que direccionales. Es su respuesta al declive de un sistema que alcanzaba ya sus límites, usando elementos anteriores a este. La obra se estructura en cuatro movimientos y en distintas ediciones de la partitura figura el programa que el autor escribió para cada uno de ellos, reproducidos aquí en los párrafos escritos en cursiva: 


Los Pinos de Villa Borghese: los niños juegan en los pinares de la Villa Borghese, bailan el equivalente italiano de la ronda. Van y vienen en enjambres. Juegan a los soldados, marchando y luchando. Se agitan y chillan como golondrinas en la noche. De repente, la escena cambia.

Desde la fanfarria inicial de las trompetas sustentada por la nota pedal de las violas hasta las disonancias finales, destacan las características arriba aludidas de su obra de madurez, con una mentalidad armónica de carácter más tímbrico que direccional.

Los Pinos cerca de una Catacumba: vemos las sombras de los pinos que se proyectan por encima de la entrada de una catacumba. Desde las profundidades se eleva un cántico, que hace eco solemnemente, como un himno, y luego es silenciado misteriosamente.

Los contrabajos y canto de las maderas describen el descenso a la catacumba antes del majestuoso canto de las trompas en el tutti: todo un símbolo de la gran luz espiritual que para los primeros cristianos nació en el interior de las catacumbas. La luz decrece paulatinamente para fundirse con el tercer movimiento, que se toca sin solución de continuidad.

Los Pinos de Gianicolo: hay una agitación en el aire. La luna llena muestra el perfil de los pinos de la colina de Gianicolo. Un ruiseñor canta.

Una breve cadenza del piano y el canto del clarinete inician un sereno y amplio nocturno, solo interrumpido al final por la audaz inclusión de la grabación del canto de un ruiseñor [3] sostenida por el arpa, ¡adelantándose en casi un cuarto de siglo a la que habría de llamarse música concreta!

Via Apia, Roma
Los Pinos de la Vía Apia: amanecer brumoso en la Vía Apia. El campo trágico está vigilado por los pinos solitarios. El ritmo de pasos interminables, de modo indistinto e incesante. El poeta tiene una visión fantástica de las glorias pasadas. Las trompetas suenan estrepitosamente y, en la grandeza de un sol que asoma nuevamente, el ejército del Cónsul se lanza hacia la Vía Sagrada, ascendiendo triunfante por la Colina Capitolina.

El movimiento se inicia con un ostinato de la cuerda baja en un lento crescendo, como evocando el lento paso de una comitiva que se acerca. El exotismo de su ritmo irregular y sus cromatismos melódicos parece describir la exhibición de esclavos de los territorios conquistados; sus sutiles cambios armónicos añaden coherencia y poderío a la marcialidad de las fanfarrias finales, en una sensación de cercanía casi opresiva.

El estreno absoluto tuvo lugar en el Teatro Augusteo de Roma bajo la dirección de Bernardino Molinari el 14 de diciembre de 1924. Como curiosidad, Pini di Roma tuvo dos estrenos casi simultáneos en Estados Unidos: el 15.01.1926 fue dirigida en Filadelfia por Respighi. Un día antes la había estrenado Arturo Toscanini en su primer concierto con la Filarmónica de Nueva York. El gran director italiano la incluyó asimismo en el último concierto que dirigió a esta orquesta en 1945.






[1] Harvey Sachs (estudioso de la música de la Italia fascista) dice que “Respighi no trató de congraciarse con el régimen porque [en realidad] fue el compositor de su generación a quien el régimen respaldó sin preguntarle”.

[2] La llamada Trilogía Romana está formada por Le fontane di Roma (compuesta en 1916), I pini di Roma (1924) y Feste romane (1928).

[3] En el programa de mano para el concierto del estreno figuraba incluso la matrícula del disco que incluía la grabación utilizada del canto de un ruiseñor.

30 mayo, 2015

Un concierto de principios




Os contaba en la primera entrada de Líneas Adicionales que en este blog quiero ser fiel a mis orígenes como ‘escribiente’ musical, que no son otros que mis principios (inicios y normas) como melómano. Y de principios tenemos que hablar en el concierto de la Orquesta Sinfónica de Galicia del día 15, que removió unos y otros. Por las dos obras programadas y por coincidir, que no por celebrarse, el 23º aniversario de su concierto inaugural.

Por edad, La Pastoral y Shejerezada (con perdón [i]) están en el origen como melómanos de un buen número de los asistentes habituales a los conciertos de la Sinfónica. En los años sesenta, los discos escaseaban en España y las sinfonías de Beethoven y este poema sinfónico de  Rimski-Kórsakov eran de las pocas grabaciones que se podían encontrar con cierta facilidad. Por ello, una buena parte de los aficionados de más edad tenemos estas dos obras en el fondo de nuestros recuerdos.

Personalidad o fidelidad
Segerstam hizo una versión de La sexta que se podría calificar de ‘muy personal’. Su capacidad de mostrar unas líneas melódicas diáfanas y unos planos sonoros idóneamente dispuestos se ven favorecida por la edición crítica de Jonathan del Mar (Bärenreiter), que hoy es como la Biblia de las nueve de Beethoven por su fidelidad a los textos originales.

Segerstam durante el concierto
(foto Xurxo Lobato, cedida por la OSG)

Con estas herramientas, el maestro finlandés hizo una versión con ‘facilidad de llegada’ a una buena parte del público, pero de sufrida ejecución para los músicos. Esto, especialmente, por unos tempi más premiosos que calmados y que llegaron a producir alguna imprecisión. Pero también por una notable dosis de exceso retórico.

Secciones de violas, chelos y contrabajos 
(foto, Xurxo Lobato, cedida por la OSG)
Segerstam logró extraer toda la gran calidad de sonido que atesora la Sinfónica; vaya como muestra la sedosidad de las cuerdas y el brillo áureo de las trompas en el segundo movimiento, Escena junto al arroyo,  y la sonoridad casi meteorológica en el cuarto, La tormenta. En este sentido, junto al viento del piccolo de Juan Ibáñez, fue muy de destacar la impecable ejecución de su parte por los contrabajos: ésta es entendida por algunos colegas suyos como mera producción de ruido imitando los truenos. La sección comandada por Diego Zecharies hizo que cada nota llegara al auditorio como llegan esos truenos secos cercanos, cuyos ecos se escuchan con meridiana claridad a medida que el sonido rebota en nubes más y más lejanas.

En el quinto movimiento, Sentimientos de alegría y gratitud tras la tormenta, el color del canto conjunto de violas y chelos tuvo esa magia sensorial de la sinestesia, con un sonido que asociaba dos recuerdos: el de un tacto aterciopelado en el sonido de los chelos y el de un cierto aroma a cedro en el de las violas.

Solo o en compañía de otros
Chestiglazov al frente de los violines 
(foto, Xurxo Lobato, cedida por la OSG)
Tanto la obra de Beethoven como especialmente la de Rimski  ofrecen ocasión de lucimiento a los solistas. De una u otra forma, Segerstam supo motivar a los de la Sinfónica y éstos volvieron a tener una de esas tardes de especial brillantez a las que nos tienen acostumbrados. En primer lugar hay que destacar al concertino, Viatcheslav Chestiglasov, un músico de gran proyección que, en la primera prueba de selección en la que optó a un trabajo en una orquesta ganó, nada menos, la plaza de concertino en la WDR Sinfonieorchester Köln (Orquesta de la Radio de Colonia).

Desde el primer solo tras la explosión broncínea de los primeros acordes del tutti orquestal y la veladura de los de las maderas, supo expresar con especial gracia toda la complejidad del personaje de Las mil y una noches y su sinuosa narración. La complejidad de las tramas de los cuentos de  la joven Schejerezada  se reflejó de forma casi física en los arpegios del violín en la sección final -La voz de Schejerezada- del tercer movimiento, El joven príncipe y la joven princesa.

En definitiva, el violinista coruñés fue el hilo conductor de una Shejerezada que resultó notable, ante todo, por la calidad de los solistas y secciones de la Sinfónica. Todas éstas pusieron a disposición de Segerstam su mejor sonido y esa ductilidad dinámica y expresiva que caracteriza al conjunto gallego. Seda en las cuerdas, bronce en los metales, riqueza de color en las maderas y precisión en la percusión fueron la sólida base  de la que nacieron solos de gran belleza.

Secciones de trompas y percusión
(foto, Xurxo Lobato, cedida por la OSG)
Así fueron los escuchados en la dorada y tersa luminosidad de la trompa de José Sogorb y los ecos de ésta en los solos de sus compañeros: el misterio surgido de la flauta de Claudia Walker Moore; en el oboe de David Villa, de generosa respiración y sugerente voluptuosidad; el sentimiento en el diálogo del chelo de Gabriel Tanasescu con el  clarinete de Juan Ferrer y el oboe de Villa, la gracia del fagot de Steve Harriswangler o el arpa de Celine Landelle, que estuvo en el fondo de las historias como el lecho desde el que el  Schejerezada narra sus cuentos al sultán. En los metales, aparte del mencionado Sogorb, John Aigi Hurn llevó su trompeta del desgarro inicial del primer movimiento a la dulzura del final del segundo e impresionó la autoridad del trombón de Eyvind Sommerflet.

También hubo aquí su dosis del exceso retórico mencionado para la Pastoral, aunque Shejerezada sea obra que se perjudica menos con ello. Como remate, en el movimiento final Segerstam pidió a los músicos una serie de gritos, que él mismo encabezó, que añadieron una cierta dosis de dramatismo en el episodio del naufragio de la nave de Simbad. ¿Gratuitamente? Eso que lo juzgue cada cual según su gusto o criterio. O sus principios.



[i] El nombre está escrito con arreglo a las normas de transliteración de la Real Academia Española, prefiriéndolo sobre el tradicionalmente utilizado Scheherezade, transliteración alemana del título original ruso, (Шехерезада en alfabeto cirílico). Sin embargo, la transliteración no es exacta, pues la cuarta sílaba (за) no tiene una pronunciación directa en castellano, ya que (з) se pronuncia más como la letra (s) en la palabra francesa poison (veneno), que como la doble ese (ss) de poisson (pescado).