Mostrando entradas con la etiqueta #T.Rosalía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta #T.Rosalía. Mostrar todas las entradas

08 marzo, 2018

Varados en el tiempo






A Coruña, 3 de marzo, Teatro Rosalía Castro. BLACKBIRD, de David Harrower. Traducción, José Manuel Mora. Dirección, Carlota Ferrer. REPARTO: Irene Escolar, Una; José Luis torrijo, Ray. Escenografía Monica Boromello. Diseño de vestuario, Ana López Cobos. Diseño de iluminación, David Picazo. Audiovisuales, Jaime Dezcallar. Diseño de espacio sonoro, Sandra Vicente (Studio 340). Coproducción de El Pavón Teatro Kamikaze, XXXIV Festival de Otoño a Primavera de la Comunidad de Madrid y Calle Cruzada. Dirección de Producción, Jordi Buxó y Aitor Tejada.


Un exmarine treintañero tiene una relación carnal con una niña de 12 años. Cuando se descubre esta relación se celebra un juicio en el que el hombre es condenado y pasa varios años en presidio. Sobre el recuerdo de este hecho real, David Harrower escribió en 2005 Blackbird, estrenada con éxito en el Festival Internacional de Edimburgo. La actriz Irene Escolar, quinta generación de la saga de los Caba Alba-Gutíérrez Caba, compró los derechos para su representación en castellano. La producción a que se refiere esta reseña fue estrenada en 2017 bajo la dirección de Carlota Ferrer. En 2013 lo había sido en catalán por el Teatro Lliure de Gracia, en Barcelona.

Considera Carlota Ferrer, directora de escena de esta producción de Blackbird, que a partir de 1955, fecha de la publicación de la novela Lolita, de Nabokov (sobre la que estos días se ha desarrollado más de un interesante debate) “el deseo prohibido se convirtió en un género literario” y se pregunta  si es posible definir los límites del amor. La verdad es que Blackbird plantea más de una reflexión sobre las relaciones entre un adulto y una menor. La primera es evidente: la mirada social sobre un asunto así incluye varios aspectos más allá del legal y el ético. Y los sentimientos, o al menos su percepción por quienes viven en la realidad un suceso así, pueden llegar a diferir seriamente de las consideraciones sociales.

Pero también cabe preguntarse si Harrower habría escrito en este 2018 el mismo texto que en 2005, tras la generalizada toma de conciencia social sobre la situación de la mujer en general y sobre los abusos sexuales en particular. El terremoto que ha supuesto la denuncia de estos hechos en la industria cinematográfica -un puro abuso de poder presente también en multitud de relaciones laborales y/o personales- ha dado lugar a la réplica del movimiento Me too. O si hubiera conocido al redactarlo la huelga general feminista que se ha producido en el mundo este Día Internacional de la Mujer, mientras remato estas líneas, y que puede hacer de este 8 de marzo una fecha para la Historia.




Hay en el texto de Blackbird una reflexión sobre el tiempo, su percepción y consecuencias. El calendario dice que han pasado  quince años, sí, pero el encuentro de Una y Ray es un viaje a un tiempo anterior, el de su relación. Y aquellos sentimientos que Ray creía muertos como parte de un pasado condenado al olvido –o simplemente sepultados por él-, se le revelan como un monstruo sólo dormido. El reencuentro con Una y la exigencia de explicaciones por parte de ésta despierta a la fiera para atormentarle. Harrower da así la palabra a la que era adolescente durante la relación a diferencia de la novela de Nabokov, que sólo expresa el punto de vista de Humbert Humbert, su protagonista maduro (Lolita está escrita como un relato en primera persona, es el alegato de defensa de Humbert ante el tribunal). Una, la protagonista, tiene en Blackbird ocasión de expresar todo lo que supuso para ella la relación con Ray. Y algo que es casi más importante: de enfrentarse verbalmente con las consecuencias que desencadenó en su vida el dramático episodio.

Porque si las palabras de Ray pueden llegar a conmover, su encadenamiento lógico y la actitud que manifiesta realmente asustan por la duda que despierta: si volvemos a estar ante la explicación de un verdadero aunque inaceptable amor o ante la pura y simple defensa de un pedófilo frente a la sociedad y ante sí mismo. Blackbird es teatro de texto. Hay dos personajes escritos pero lo que éstos dicen obliga a implicarse al espectador consciente (por consciencia y sobre todo por conciencia), de tal forma que el silencio del público acaba por formar parte de esa superposición de dos monólogos –que no auténtico diálogo- que se desarrolla durante la primera parte de esta obra.





Este silencio tras algunas frases de los protagonistas fue tan espeso en la función del sábado 3 en el Rosalía que acabó por ser verdaderamente estruendoso. Y fue idóneamente aprovechado por los protagonistas, que supieron prolongar la pausa hasta que el silencio se hizo doloroso, insoportable; de tal forma que cuando Ray afirma “esto no debería haber sucedido” o cuando Una le pregunta “¿con cuántas niñas de 12 años te has acostado?” el espectador involucrado en el transcurrir de la obra no puede por menos de buscar en su interior una respuesta al drama que para los personajes en escena supone su pasado.

Infructuosamente, claro. No hay respuestas simples ni rápidas para preguntas tan antiguas y complejas como la vida. No las hay en ese momento y tampoco a lo largo o al final de la función. Porque no puede haber respuesta capaz de abarcar el dolor y el sufrimiento que implican tales interrogantes, que se alzan desde el pasado como lo haría un fondo marino cercano a la costa en el que quedan varados los protagonistas.

La interpretación de Irene Escolar y José Luis Torrijo deja traslucir el drama interior de sus personajes y se ajusta a la perfección a una dirección escénica que los deja algo abandonados en beneficio de su propio lucimiento. La expresión gestual y corporal transparenta bastante el sentir de los personajes y el baile que realizan en un momento de la función, aunque resulta un tanto forzado, abunda en este sentido. Un punto menos de rigidez en Torrijo y varios más de proyección de la voz en Escolar –alguien en el público llegó a gritar “no se oye”- en los pasajes en los que no usa micrófono habrían redondeado su actuación.



El espacio escénico y las proyecciones parecen cargados -seguramente, demasiado- de simbolismo y de contrastes. Entre la suciedad del cuartucho de descanso del lugar de trabajo, siempre invadido de bolsas de basura y restos de comida como imagen de un presente atormentado. Presente que no es sino el fruto de un pretérito que la dirección escénica parece idealizar o al menos dulcificar con la maqueta de ciudad donde transcurre el pasado de los protagonistas. La pelea entre éstos arrojándose la basura del cuarto de descanso como una necesidad de culpabilizar al otro. Y las olas de una marea en continuo crecimiento proyectadas sobre los actores durante el monólogo de Una, como un agua que no lava pero puede llegar a ahogar.

La dirección escénica es muy rica en estos efectos visuales, incluyendo en este término tanto coreografía y movimiento actores en escena como en lo tocante a videoproyecciones. Y lo es tanto que a veces roba protagonismo al diálogo de los personajes hasta tal punto que uno no sabe si Ferrer lo hace para relajar la tensión inherente al texto –por cierto, un tanto suavizado sobre la versión original- o es simple y llanamente un exceso de protagonismo por su parte en una obra que sólo reclama dar facilidades a los actores para decir. Esa palabra, decir, que tanto significa en este tipo de teatro.

A propósito de las proyecciones es necesario destacar que lo que se ve en la  inicial y final no existe en el original. Se les podría reconocer  un cierto afán clarificador pero la primera inserta unos detalles innecesarios: ese ojo morado de Una no sugiere sino que grita la idea de violencia de género y esa necesidad de beber a escondidas de una petaca habla de un estado cercano a la desesperación que realmente no se termina de ver en el texto.

Tampoco procede del texto lo que se ve en el vídeo final, con la mujer y la hija de Ray esperando en el coche, ni el efectismo de la mancha sanguinolenta en el parabrisas, como probable símbolo final. ¿Él intenta seguir con su actual vida? ¿Ella ha agotado sus posibilidades de redención? ¿Se inmola por ello  contra la vida de Ray, haciendo que tenga ya siempre presente esa mancha como recuerdo del pasado?





19 febrero, 2018

Perdido en la malla






A Coruña, 20 de enero, Teatro Rosalía Castro. EL PADRE. Texto, Florian Zeller. Dirección y adaptación José Carlos Plaza. REPARTO: Héctor Alterio, Andrés; Ana Labordeta, Ana; Luis Rallo, Pedro; Miguel Hermoso, hombre; Zaira Montes, Laura; María González, mujer. Escenografía e iluminación, Francisco Leal. Vestuario, Juan Sebastián Domínguez. Música, Mariano Díaz. Realización escenografía, Scnik. Jefe de producción, Raúl Fralire. Jefe Técnico, David P. Arnedo. Ayudante de dirección, Jorge Torres. Ayudante de producción, Marco García. 


El padre es el retrato de una pérdida; la de la identidad de su protagonista, enfermo de alzhéimer. El de un viaje por un túnel sin salida, sin luz a su final, entre ráfagas de visión progresivamente desconcertantes para Andrés, su protagonista. La función es un constante choque entre lo que Andrés ve y siente y cómo viven los demás su relación con él. Andrés es un ingeniero ya retirado, acostumbrado a organizar y mandar, que ve amenazado su mundo por el comportamiento, sospechoso para él, de todos los que le rodean: los más cercanos, su hija Ana; Pedro, pareja de Ana; Laura, su enfermera. O un hombre y una mujer que aparecen aquí y allá en su vida.

Cartel de El Padre


Zeller  va tejiendo la malla de desconfianza e incomprensión con las percepciones cambiantes de Andrés y las reacciones de su entorno; aparecen y desaparecen personas, objetos, recuerdos... Andrés cree que su reloj, la brújula que ha ordenado y orientado su vida, ha sido robado por la enfermera que lo cuida en casa. Pero cuando Ana, su hija,  le hace ver que él mismo guarda sus objetos más valiosos, él extiende la malla de recelo hacia ella, desconfiando al pensar cómo sabe ella de ese escondrijo.

El texto de Zeller y la dirección escénica de Plaza suponen una constante búsqueda del equilibrio entre esos dos universos en colisión, confrontando los sentimientos de Andrés -siempre unidireccionales, siempre navegando hacia la nada- como los de Ana, buscando siempre el equilibro entre el deber autoimpuesto por su amor al padre y la busca de su propia felicidad. O al menos, de su propia tranquilidad. Pero siempre dejando esos pequeños cabos sueltos que llenan El padre de un cierto suspense.

Con estos antecedentes, el espectador tiene tres posibilidades: dejarse llevar y reírse con las situaciones divertidas, que las hay; abandonarse hasta la angustia por la tragedia -la pérdida de memoria y de identidad de Andrés-  o la más difícil y fructífera: convertir su asistencia a la función en una vivencia personal, comprender el texto en su más profunda totalidad y tratar de encajar las piezas del puzle y sentirlas como algo propio.

El padre deja un poso de inquietud a quienes se preocupen por la convivencia en una familia en la que haya una persona aquejada del mal de Alzhéimer y resultan inevitables las dudas sobre la conducta a seguir. En primer lugar, para los jóvenes maduros que ven envejecer a sus padres: ¿qué hacer si llega el caso? ¿cómo me preparo para ello? ¿desde qué postura lo afrontaría? ¿primaría su tranquilidad, su bienestar físico y anímico o el derecho a vivir mi vida? Pero las dudas de quienes temen ser víctimas directas de la enfermedad pueden no ser menores que las arriba expresadas: ¿Cómo ordenaría mi vida a partir del diagnóstico? ¿Aseguraría mis cuidados en una institución? ¿Mi situación me lo impedirá? ¿Habrá de soportar  mi familia tal carga? ¿Podrán con ella? ¿Qué podré hacer para evitársela?


Héctor Alterio


Andrés es el centro del pequeño sistema solar de El padre; todo sucede desde él o a través de él y su presencia en escena es casi constante. Es duro representar un personaje así. Pero lo es mucho más , y más difícil, encarnarlo, darle voz y vida de tal forma que al salir el espectador sienta que ha visto moverse y ha oído hablar al personaje, no al actor. Con estas premisas, hay que reconocer que pocos profesionales pueden dar vida a Andrés como lo ha hecho Héctor Alterio a lo largo de las más de 150 representaciones que ha tenido esta producción de El padre en España.

Lo que se pudo ver el sábado 27 de enero en el Teatro Rosalía fue una auténtica clase magistral de interpretación por parte de Alterio. Parece casi imposible hacer vivir al personaje de Andrés más allá de lo que hizo el veterano actor hispano-argentino. Cada palabra suya, cada entonación, fueron un prodigio de expresión de los sentimientos del personaje. Pero, más allá de las palabras, queda para la historia cada uno de sus silencios; sus miradas, esa expresión corporal ingente en cada movimiento y en cada quietud.

Antológica su gestualidad facial y corporal: su cara y quietud marmórea cuando desde la cocina sorprende a otros personajes hablando de él, de su presente y futuro. O ese mínimo gesto de un hombro y de su boca con el que parece querer protegerse ante cualquier palabra ajena inesperada, que él percibe como una andanada de artillería disparada contra el castillo construido con sus rutinas, en el que creía segura su vida, y que va siendo más débil a cada instante de la obra.

Y la mirada. O, mejor dicho,  las miradas: su dureza cuando aún intenta afianzar ante los demás su antigua posición de duro pater familiae; su brillo pícaro cuando trata de mostrarse seductor ante una nueva enfermera… Y su mutación en un verdadero grito de angustia cuando se pierde en la desesperación que supone sentirse incapaz de comprender cuanto sucede a su alrededor.

Héctor Alterio y Ana Labordeta


La actuación de Alterio en El padre es tan brillante que hay que mirar con todos los filtros necesarios para que no eclipse la del resto del elenco. Especialmente la de Ana Labordeta como Ana, personaje al que llena de verdad. Su firmeza y ternura son un verdadero manual de cómo ha de comportarse la familia de un enfermo de alzhéimer. Pero también en su lucha en su busca del equilibrio entre vivir su vida y no abandonar a su padre, frente a ese Pedro, muy bien interpretado por Rallo, del que siempre nos quedará la duda de si su interés por Ana y su progresivo desprecio hacia Andrés no serán más que una mera muestra de egoísmo.

Del resto del reparto cabe destacar la interpretación de Zaira Montes como la voluntariosa Laura y su adaptación a las reacciones de Andrés. Miguel Hermoso y María González defienden más que dignamente sus respectivos roles.

La música de Mariano Díaz tiene una componente obsesivo-repetitiva y un tratamiento armónico y tímbrico que prácticamente la convierte en una fotografía sonora de cómo se desliza y chirría todo en la mente de Andrés. Es una música que quizás sólo pueda comprenderse cabalmente tratando de escucharla con los oídos del personaje, desde su cerebro, haciendo propios su duda y temor permanentes.

La escenografía de Francisco Leal me recuerda esos tableros sobre los que se montan los puzles, sólo visibles cuando, una vez resuelto el rompecabezas, se llevan a enmarcar sus piezas y se convierten en un espacio casi vacío. Como el de la escena final; o como la mente de Andrés: un espacio capaz de reflejar hacia el espectador la última y definitiva luz que ilumina la mente del protagonista: el recuerdo en la escena final de su madre, evocado por una presencia femenina.

Escena final


Resulta  conmovedora la coincidencia con el momento cumbre del texto de Todo el tiempo del mundo, cuando su protagonista libera su mente de todos los fantasmas que la han colonizado, al grito de “¡Mañana nazco!” Y quizás es posible que el viaje de quien sufre una demencia senil como la enfermedad de Alzheimer tenga su estación término en el útero materno que lo cobijó antes de nacer.

Esta emoción final redondea la conmoción que invade al espectador de El padre. Y es una emoción que se hace piedra en el pecho y que en la garganta se convierte en un fuego que sólo se apaga cuando, finalmente, se hace lágrima en los ojos.

DATO FINAL: La representación del sábado 27 de enero fue la última de esta producción. Dio cuenta de ello desde el escenario Ana Labordeta, trasladando el aplauso a todos cuantos han intervenido en ella desde su estreno. En el palco contiguo al que ocupé estaban entre otras personas José Carlos Plaza, Mariano Díaz (autor de la música). La edad de Alterio hizo sentir a más de uno que estábamos viviendo un momento histórico. Pocas veces se tiene ocasión de compartir con parte de quienes han hecho una gran función lo que ésta te hace sentir. Y menos veces aún, lo allí sentido me ha impedido expresar todo lo que la obra –ternura, miedo, esperanza- había removido en mi interior.

Vaya desde estas líneas el agradecimiento a ellos que la emoción –junto al escalofrío de una repentina fiebre bien alta, dicho sea de paso- me impidió expresar.