miércoles, 1 de mayo de 2019

Hija predilecta







A Coruña, 28 de abril, Teatro Rosalía Castro. El funeral. Texto y dirección, Manuel M. Velasco. Intérpretes: Concha Velasco, Jordi Rebellón, Irene Gamell, Irene Soler y Emmanuel Medina. Vestuario, Ion Fiz. Escenografía, Asier Sancho. Diseño iluminación, José Manuel Guerra. Música, Juan Cánovas y Juan Robles de la Puente. Diseño peluquería y maquillaje, Lola Gómez. Edición vídeo, Antonio Durán, David Cortázar y Francisco Martínez. Diseño gráfico, David Sueiro. Escenografía, Escénica integral. Utilería, Roberto del Campo. Jefe de producción, Marco García. Jefe técnico, David Pérez Arnedo. Ayudante de dirección, Irene Soler. Ayudante de producción, Alejandra Freund. Meritorios de producción, Paula Fumagalli y Cristina Blanco. Regidor/Gerente, Leo Granulles. Técnico de sonido, Arsenio Fernández. Técnico de luces, Alfredo Guijarro (Taxa). Maquinaria, Juan Manuel Higuera. Sastra, Rosa Castellano. Productor, Jesús Cimarro. Voces en off, Evelia Flores, Javier Velasco e Irene Soler. Reportera, Natalia Sprengler.


“Lucrecia Conti es una enorme diva del teatro que ha fallecido y a cuyo funeral asistís hoy”, escribe Manuel M. Velasco escribe en el programa de mano de El funeral, en el que añade que Concha Velasco le pidió “una comedia blanca muy loca que remitiera a El fantasma de la ópera, Sunset Boulevard, Mary Poppins o La bruja novata”. Pero remitir no es lo mismo que citar títulos, por mucho que todos estos y alguno más sean nombrados en el texto. Vayamos por partes, como en algún momento debió de decir Jack el Destripador.

A telón abierto [por cierto, ¿sigue habiendo telones en los teatros? porque hoy resultaría realmente original, incluso rompedor, comenzar una obra tras alzar el telón] y con el sonido de canto gregoriano y una campana doblando a muerto, el espectador se halla ante un velatorio. Paredes en blanco y negro, coronas de flores blancas,  apenas manchada una de ellas por un toque en rojo, y presidiéndolo todo, un féretro de perfiles metálicos y cristal que deja entrever el cadáver de Lucrecia.

Concha Velasco ante el cartel de El Funeral


Entran en  la escena dos mujeres jóvenes de luto riguroso que invitan a los espectadores a subir al escenario -a presentar sus respetos al cadáver, se supone-. Son las dos nietas de la diva, de caracteres tan opuestos como distante parece su nivel de inteligencia. Al parecer, el Ministerio [de Cultura, se supone] le ha organizado un funeral oficial en un teatro –justo aquel en el que se represente la obra- y los espectadores de la función son también “personajes”, admiradores de la actriz que asisten al funeral, y como a tales se dirigen las nietas de la finada: una prudente y sensata, muy bien interpretada por Irene Soler; la otra, [deduzca usted mismo sus “cualidades”], encantadoramente encarnada por Irene Gamell.

La lectura de las últimas voluntades de la difunta, a través de una carta-testamento marca el camino del argumento: Lucrecia Conti era inmensamente rica porque supo invertir en empresas muy rentables sus fuertes ingresos como actriz. Pero sus descendientes no las controlarán en absoluto, pues las considera absolutamente incapacitadas para ello. Tras entrar en escena un entre supuesto y posible nieto de inteligencia y perspicacia pareja a la de la Maite de Irene Gamell –mas que correctamente interpretado por Emmanuel Medina- luces, sonido y humo escénico a tutiplén (ya saben, en abundancia, a porrillo[1]) anuncian el prodigio: la presencia de la difunta rediviva (pues eso: aparecida, resucitada1) entrando a escena por el pasillo central del patio de butacas y lanzando un “esto es una aparición” que arranca el primer aplauso espontáneo del público de los muchos que se sucederán a lo largo de la noche.

A partir de este golpe de efecto y de los caracteres de estos tres personajes secundarios - a los que pronto se unirá el representante de la diva, un caradura y aprovechado muy bien personificado por el siempre eficaz Jordi Rebellón-, el espectador avisado (ya saben, prudente, discreto, sagaz 1) empieza a maliciarse (recelar, sospechar, presumir algo con malicia 1) los derroteros por los que transcurrirá la obra.

Concha Velasco como Lucrecia Conti


El funeral está escrita para el lucimiento de una eximia actriz, Concha Velasco, seguramente una de las mejores que ha dado la escena española a lo largo de su historia. Y a fe que esta gran dama del teatro aprovecha el texto al máximo, incluso por encima del 100 %. Pero este da de sí lo que da de sí: una serie de “scketchs” mejor y/o peor encadenados, con continuas citas a los programas de televisión de la peor calidad –y, como consecuencia casi natural, con la mayor audiencia-, interpelaciones a los espectadores para que estos respondan y frases que inevitablemente han de rematarse desde el auditorio. Lo que no deja de ser un recurso fácil para mantener su atención aumentando su implicación emocional.

Vamos, lo que en política se ha llamado siempre demagogia (práctica política consistente en ganarse con halagos el favor popular 1) o el populismo (tendencia política que pretende atraerse a las clases populares 1) tan en boga en los últimos tiempos. Puede que aplicar en estos términos a una crítica teatral sea extraño, pero también lo es asistir a una función media hora después de cerrarse los colegios electorales. Sobre todo después de toda una campaña electoral que viene durando media vida y ha aportado sobre todo toneladas de inconveniencias, insultos y exabruptos. Además, uno se siente animado a ello por la  alusión a esta jornada electoral por parte de Rebellón o la de Concha Velasco a la Liga de fútbol con su “para qué, si ya ha ganado el Barça”. Por cierto, tal vez esta “charcutería” [cuyo eslogan bien podría ser “Velasco y Rebellón, morcillas a mogollón”], en la mejor tradición del teatro cómico español, sea parte de lo más logrado de cuanto se oye en escena.

Irene Soler, Irene Gamell, Concha Velasco, Jordi Rebellón y Emmanuel Medina


No es esto, no es esto
Posiblemente, la frase orteguiana sea el mejor comentario al texto de El funeral. Porque no; no es esto. Una actriz con el historial de Concha Velasco y los sufrimientos personales que han jalonado su vida durante estos últimos años se merece un texto de máxima calidad que le permita mostrar todas sus cualidades como dramática… o como actriz de comedia. Pero de alta comedia no lo que se supone que sea este malogrado texto, quizás solo útil para hacer caja.

Y es que uno no puede por menos de recordar a la Concha Velasco que hizo la Mariana Pineda de Las arrecogías del beaterio de Santa María Egipciaca; o la protagonista de la deliciosa Yo me apeo en la próxima ¿y usted?, de Adolfo Marsillach, primero con Pepe Sacristán y luego con el propio autor; o la Teresa de Jesús de la serie de Televisión Española. Y no digamos de su Hécuba del Festival de Mérida, interpretada por Velasco con honor y gloria por toda España.


Concha Velasco como Hécuba


Es mi enorme admiración por esta grandísima actriz la que me hace expresarme en estos duros términos. Y es mi respeto por cuantos se arriesgan a subir su trabajo a un escenario –autores, técnicos y actores- lo que me hace medir al máximo mi opinión y revisarla hasta el infinito. Concha Velasco se merece todas las ovaciones recibidas en esta función y muchas, muchísimas más. Y no digamos cuando al final de la representación se dirigió al auditorio para agradecer lo que ha supuesto la ciudad y el público en estos últimos meses, cuando hubo de suspender la última función programada a causa de una enfermedad.

Fue profundamente emocionante escucharla y sentir con ella el calor de esa relación de los cómicos y técnicos como familia que se proporciona la mejor ayuda y cuidados en momentos de zozobra. Y conmovió escucharle decir cómo sintió la necesidad de volver. Sí, la “la función debe continuar”; y si es imposible, se debe retomar. Aunque sea a rastras; aunque sea meses después. Porque así son los hijos de Talía. Y Concha Velasco ha de ser para cuantos amamos el teatro -por muchos años pero con el mayor sosiego- lo que un ayuntamiento nombraría como hija predilecta.





[1] (Definiciones del Diccionaro de la Lengua Española, edición del Centenario).

jueves, 11 de abril de 2019

Paráfrasis y sugerencias; nacer y renacer






A Coruña, 6 de abril, Palacio de la Ópera. Real Filharmonía de Galicia. Paul Daniel, director. Nicholas Angelich, piano. “PARAFRASEANDO A SCHUMANN”. Programa: Robert Schumann, Carnaval, op. 9 (varios orquestadores); Robin Holloway, Scenes from Schumann, op. 134; Xabier Mariño, Sálvora; Robert Schumann, Concierto para piano y orquesta en la menor, op. 54.



La Real Filharmonía de Galicia ha celebrado su tercer concierto de esta temporada en A Coruña, el segundo dentro de los ciclos de abono de la Orquesta Sinfónica de Galicia. Por primera vez, el grupo de abonados a los conciertos de los sábados de la OSG han tenido ocasión de contrastar la calidad de la orquesta radicada en Santiago, calidad que se puso de manifiesto ya desde la primera obra programada, como idóneo escaparate de la flexibilidad de la RFG ante las orquestaciones que de la obra pianística de Schumann hicieron una decena de compositores rusos y un letón y el buen hacer de Paul Daniel para destacar los diferentes climas sonoros propuestos por estos.

Real Filharmonía de Galicia. Paul Daniel


Schumann dedicó al lied una parte importante de sus esfuerzos como compositor. En sus Scenes from Schumann, Holloway no se limita a transcribir u orquestar seis lieder del autor alemán sino que parafrasea, cita brevemente o alude al músico alemán o lo fusiona con otros. El resultado es, como en el caso del Carnaval, una muestra algo caleidoscópica, pero en ella subyace y domina su propia personalidad, claramente británica, que como tal fue fielmente traducida a sonido por Daniel y la Filharmonía.

Mariños frente a vikingos
Tras el descanso, la RFG hizo nacer Sálvora, de Xabier Mariño (Ponteareas, 1983), una obra de ambientes en los que dominan las sugerencias sonoras. Desde el batir de los timbales y trinos de las trompas como el presentimiento de un peligro, al sonido de las maderas como cuadro sonoro pintado sobre el telón de la cuerda baja. Acaso la respuesta de los isleños, quizás esa figura fantasmagórica de sirena y el estremecedor sonido de su canto, al que alude el compositor en su texto sobre la obra, como pudiera ser el sonido en vacío de las trompas. En cualquier caso, se trata de una obra que envuelve a quien la escucha en un aura de sonido que de alguna forma hechiza y atrapa. Hasta tal punto que su final -con la simetría de los timbales alejándose en un morendo similar a un latido que se esfumara, que se disolviera en la bruma- deja con ganas de escuchar más. Tal vez de escuchar de nuevo Sálvora ; o quién sabe si una continuación inspirada en otras de nuestras islas atlánticas.

Xabier Mariño



Y Schumann renacido
Hace como medio siglo que tengo el Concierto para piano, op.54 de Schumann como paradigma del concierto instrumental romántico indisolublemente unido al de Grieg, escrito en la misma tonalidad de la menor. Es el recuerdo de aquellas tardes de sábado de finales de los sesenta, cuando un amigo auxiliar de vuelo aportaba al grupo las últimas novedades en forma de discos de vinilo que él  adquiría en París, Londres o Nueva York y que era imposible lograr en España.

Nicholas Angelich



La versión de Nicholas Angelich el sábado en el Palacio de la Ópera se acerca en gran medida a aquella primera figuración mental que marca tanto el gusto y el criterio: la que surge de la escucha de una obra en momentos iniciáticos. Es como el renacer de una idea primigenia de la obra. Con la peculiaridad de una delicadeza y atención al detalle pocas veces escuchadas a lo largo de estas casi cinco décadas; condición que desde luego redondea el carácter del  Allegro affettuoso inicial y el Allegro vivace final sin hacerles perder su fuerza y dinamismo intrínsecos. El Intermezzo: Andantino gracioso, en cambio, ganó en intimidad el punto que pudo perder de pasión. Daniel hizo un acompañamiento adaptado como un guante a cada momento del discurso de Angelich. Los solos del oboe de Christina Dominik y del clarinete de Beatriz López fueron hermosísimas incrustaciones en el tejido general del concierto. La gran ovación del público de A Coruña fue recompensada con un Chopin de oro que hizo arder las palmas.

lunes, 25 de febrero de 2019

Las entrañas de un volcán






A Coruña, 23 de febrero, Teatro Colón. Fedra. Texto, Paco Bezerra, basado en la tragedia de Eurípides. Direccción, Luis Luque. Intérpretes: Lolita González Flores, Fedra; Juan Fernández, Teseo; Críspulo Cabezas, Hipólito; Michel Tejerina, Acamante y Tina Sáinz, Enone. Escenografía, Monica Boromello, Iluminación, Juan Gómez-Cornejo. Música original, Mariano Marín. Vestuario, Almudena Rodríguez Huertas. Videoescena, Bruno Praena, Diseño gráfico, David Sueiro. Fotografías, Sergio Parra. Productor, Jesús Cimarro. Una coproducción del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida y Pentación Espectáculos.


Dicen Luis Luque y Paco Becerra en el programa de mano que se entrega a los espectadores que “el amor, en muchos casos, es sinónimo de dicha y felicidad, pero en otros es tormento y grandísima condena”. Su Fedra intenta acercarse a “ese primer texto de Eurípides” –uno perdido que no ha llegado a nuestros días- con una Fedra “ardiente, inmoral y rechazada por el público del momento, creando una nueva mujer más combativa y con menos miedo; una Fedra exenta de culpa, capaz de luchar por lo que siente y que, ante todo, se atreve peligrosamente a amar”.




Los latidos algo irregulares de un corazón reciben al público a telón abierto junto al precioso trabajo de Monica Boromello, Este es un sencillo decorado que deja ver, en primer plano a la derecha, un lecho exento forrado de algo que recuerda una piel con lana blanca. En el centro y más al fondo, unos telones con la delicadeza  visual de un encaje, que pueden sugerir una entrada. Tal vez a una gruta en la ladera del volcán, acaso al vientre no menos volcánico de esa Fedra “ardiente, inmoral y exenta de culpa”.

Una mujer que vive el drama de estar enamorada del primogénito de su marido, el rey Teseo. Que, enferma de contradicción entre su pensar y su sentir, decide un cierto instante saltar por encima de las normas y convenciones sociales. Que, en definitiva, quiere ser mujer por encima de reina. Su entrada en escena es la viva imagen de la depresión: inapetente, insomne, perpetuamente silente, hundida en el fondo de su alma atormentada por el amor… Hasta que  –“lo que no se dice se pudre”, dice uno de los personajes- decide sincerarse con Enone, su ama de cría y fiel servidora desde la cuna, consigo misma y con Hipólito, el objeto de su amor.




Ese amor que “puede ser dicha o tormento y que, tras el rechazo de su hijastro, muestra para ella solo esta última cara. Pronto se produce el regreso del marido mujeriego y siempre ausente por asuntos de Estado. Y con este regreso llegase desencadena la necesidad de deshacer el nudo de los acontecimientos que amarran a Fedra a una roca que la hunde en el mar de su desgracia.

El relámpago de una hija de Talía
Y es entonces cuando, de repente, toda la verdad del mejor teatro refulgió en el Teatro Colón. Y tuvo que ser Tina Sáinz -una inmensa actriz de esa casta de la que proceden los verdaderos hijos de Talía- quien lanzó el relámpago creador y deslumbrante. Fue un gesto casi imperceptible, apenas un matiz de movimiento de su rostro, con el que Tina Sáinz pasó de la nodriza amante y preocupada por su niña hecha reina a la más fría intrigante del pequeño reino de la Isla del Volcán. La que en ese instante da el vuelco definitivo a los acontecimientos. Y la función cambia desde el drama de una mujer “malenamorada”, que no malquerida, para adquirir todo su carácter de tragedia.





Solo alguien que tenga la genética artística y la aceptación popular de Lolita González Flores puede desmadrarse en escena sin que se resienta la función. Ella hace una Fedra apasionada; incluso con algunos momentos de exceso vocal (posiblemente debidos a la amplificación) que, curiosamente, se alternaron con otros de entonación un punto plana.

Hablar muy fuerte
Estos excesos microfónicos me hicieron recordar una anécdota atribuida a Adolfo Marsillach. Cuando se hizo cargo de la Compañía Nacional de Teatro Clásico e impuso una nueva forma más cercana –y por tanto humana- de representarlo, alguien le dijo: “nada, nada. Lo que hay que hacer con estas obras es hablar muy fuerte”.

La Fedra de Paco Bezerra se creó para el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida. La inmensidad del recinto del Teatro Romano puede explicar –y no sé si justificar- la decisión de amplificar las voces de los actores. El paso a un teatro convencional debería hacer desaparecer esa amplificación, cada vez más extendida en nuestra escena. A menos, claro está, que la potencia, proyección y/o vocalización de quienes pisan las tablas sean tan deficientes que lo hagan necesario.

¿Es esa la razón de una amplificación colectiva, perfectamente perceptible en todos los actores de esta compañía excepto quizás en Sáinz? Lo dudo: los gritos –sí, gritos- de Críspulo Cabezas y Michel Tejerina en su discusión final más bien sugerirían lo contrario. Si la dirección de Luque ha buscado “la verdad de las emociones”, estas han aflorado a lo largo de la función, aunque a veces pueda ser peligroso darles rienda suelta.



El Teseo de Juan Fernández es un punto enfático y envarado, algo perfectamente atribuible a una dirección escénica que pone a los actores en posiciones de enfrentamiento estático. La música  de Mariano Martín subraya adecuadamente la acción y se une a una videoproyección casi omnipresente para darle a la función un realce visual y sonoro quizás excesivo.

Esto me trae una segunda anécdota, esta nada menos que de don Jacinto Benavente nuestro Nobel de Literatura de 1922. Cuentan que cuando alguien le preguntó qué le había parecido su experiencia al ver un filme en tres dimensiones –aquellas precarias tres dimensiones de los años 50, creadas con unas pobres gafas bicolores de celofán- dijo una frase que ha quedado para siempre en mi memoria:

“Primero inventaron el cinematógrafo; luego le pusieron sonido; más tarde, el color y ahora lo hacen en tres dimensiones...
Sigan, sigan,
ESTÁN USTEDES A PUNTO DE INVENTAR EL TEATRO”.

Las vídeoproyecciones y amplificación, casi omnipresentes en el teatro actual, me llevan a pensar si no habrá que remedar la frase de don Jacinto y decir, no sé muy bien a quiénes (no hay peor sordo que el que no quiere oír):

¡SIGAN, SIGAN, ESTÁN USTEDES A PUNTO DE INVENTAR EL CINE!

lunes, 17 de diciembre de 2018

Campana y se acabó... ¿Así, sin más ?








El sábado 15 de diciembre se ha celebrado el Concierto de Navidad de la Orquesta Sinfónica de Galicia con el que Unión Fenosa obsequiaba desde hace años a sus invitados. Entre estos, como siempre, aficionados a la música clásica (los menos), clientes  de la empresa energética (los más) y políticos locales y autonómicos a los que difícilmente se ve en los conciertos de la temporada de abono (demasiados). La fecha casi coincide con la prevista –el próximo viernes, día 21- como la última en la que estará abierta la 15ª y última MOSTRA UNIÓN FENOSA, ahora llamada Mostra Naturgy, nuevo nombre de la empresa que ha decidido acabar con la MOSTRA y el cierre del Museo de Arte Contemporáneo de A Coruña, previsto para el próximo día 30.

A la entrada del concierto unos pocos jóvenes entregaban unas cuartillas en castellano y gallego contra el cierre del MAC, en las que se podía leer


NATURGY:

EL COMPROMISO CON LA
CULTURA SE EXPRESA
TODOS LOS DÍAS
NO SOLO EN VÍSPERAS DE

NAVIDAD


Inútil empeño. A una buena proporción de los asistentes a estos conciertos, incluidos la inmensa mayoría de los políticos presentes, acuden a ellos por el acontecimiento social que proporciona a la élite política y financiera la posibilidad de ver y ser vistos. Como inútil habría sido también una lluvia de octavillas (palabra que tantos recuerdos trae a quienes pasamos de los sesenta) desde las alturas; o un buen griterío bien organizado con un sencillo lema, como habría podido ser


¡¡”EL MAC NO SE CIERRA”!!


Pero nada de esto sucedió: tampoco la sobreabundancia de escoltas y vigilantes de seguridad era algo que invitara a cualquier manifestación contraria a lo milimétricamente previsto. De manera que el concierto transcurrió por los cauces acostumbrados (iba a escribir normales pero, la verdad, poco hay de esto en este magno evento social anual). Un pequeño ejemplo: al terminar la Introducción de El sombrero de tres picos estuve a punto de susurrar “milagro, nadie ha aplaudido”. Vana ilusión: un lejano aplauso, rápidamente seguido por cientos de espectadores interrumpió mi susurro justo cuando después de decir “milagro”, con lo que la frase quedó en esa palabra seguida casi inmediatamente por un “no hay milagro”.

Varios aplausos más al final de algunas de las piezas de El sombrero debieron de agotar el hambre de aventura palmera de aquellos osados por lo que, consecuentemente, nadie se atrevía aplaudir al concluir la Jota final de la segunda suite pese a su espectacularidad . Tras el descanso, las copas de cava y golosinas habituales en este concierto permitieron al personal asistente al concierto aguantar más plácida que atentamente la Quinta de Shostakóvich de principio a fin.

Dice Xoán M. Carreira en su mitad de las notas al programa de este concierto, “la Quinta no es grandiosa, resultaba fácil de interpretar y sobre todo era muy accesible para el público…”. Se refiere, claro, al público de Leningrado asistente al estreno del 21 de noviembre de 1937, claro; no al del Concierto de Navidad de FENOSA (qué difícil se me hace escribir el nuevo nombre) del viernes 15 de diciembre.

A su fin, por si las ansias de palmas no habían quedado debidamente satisfechas -y dado que es propina obligada, incluso seguramente contratada-, rápidamente atacó la orquesta la Marcha Radetzky, ese homenaje dedicado por Johann Strauss padre a un generalote que reprimió a sangre y fuego sublevaciones de patriotas italianos en 1848 antes de hacerlo con manifestaciones obreras en su propio país. El angelito.  

Y digo yo: ¿qué necesidad tenemos de imitar a los vieneses dando palmas en esta marcha –mal, normalmente- cuando con el simple cambio de orden de las obras programadas podíamos haberlas gozado en un bis de la Danza final de El sombrero de tres picos? Al menos, nos queda el consuelo de que el miércoles podremos escuchar zarzuela interpretada por la Orquesta Sinfónica de Galicia y a beneficio de la Obra Social Padre Rubinos.


jueves, 29 de noviembre de 2018

Desde la cumbre todo es bajada…






A Coruña, 17 de noviembre, Teatro Rosalía Castro. Rojo. Texto, John Logan. Traducción, José Luis Collado. Direccción, Juan Echanove. Intérpretes: Juan Echanove (Mark Rothko) y Ricardo Gómez (Ken). Diseño de escenografía, Alejandro Andújar. Diseño de iluminación, Juan Gómez-Cornejo (A.A.I.). Diseño de vestuario, Alejandro Andújar. Selección musical, Gerardo Vera. Movimiento escénico, Eduardo Torroja. Ayudante de dirección, Marcos marín. Ayudante de escenografía y vestuario, Liza Bassi. Coordinación técnica, Ion Aníbal López.  Regiduría y técnico de vestuario, Marco Hernández. Técnico de iluminación, Ion Aníbal López y Sergio Balsera. Técnico de sonido, Jonay Fereiro. Técnico maquinista, José Luis Montero y Helder Lopes. Fotografía, David Ruano. Realización de escenografía, May servicios para el espectáculo S.L. Ambientación, Manuel Álvarez Collar. Realización de Vestuario, Luis Espinosa. Producción, Mikel Gómez de Segura y Zuriñe Santamaría. Distribución, Charo Fernández Insausti. Es una coproducción del Teatro Español, La Llave Maestra Producciones Artísticas y Traspasos Kultur.




…o caída, si no se ha planificado bien el regreso a los distintos campamentos que los alpinistas montan para los necesarios descansos y para aclimatarse a las condiciones meteorológicas de la alta montaña. Y esto tanto en la subida a la cumbre como, muy especialmente, en ese descenso que puede ser fatal por falta de fuerzas o de previsión. Descenso que en las bellas artes viene dado por la llegada de nuevas corrientes que sustituyen a las que los grandes triunfadores de una época establecieron en su momento. Y esto, que pocos grandes artistas son capaces de asimila, puede llevarlos a la decadencia personal o incluso a la desesperación.

En este contexto se enmarca la mirada en profundidad que Rojo lanza sobre los últimos tiempos de Mark Rothko (Daugavpils, Letonia, 25.09.1903; Nueva York, 25.02.1970) a través de la relación con un ayudante, Ken. Este es un estudiante de Bellas Artes que, según las condiciones draconianas que le impone su empleador ha de convertirse en una especie de chico para todo pero que a lo largo de la función va revelándose como duro interlocutor de ese maestro que no quiere serlo, para acabar rebelándose contra las ideas, actitudes y acciones del genio.




La función comienza poco después de recibir Rothko el que habría de ser el mayor y mejor remunerado encargo de su vida: una serie de murales para el restaurante Four Seasons, situado en el rascacielos Seagram, proyectado por Ludwig Mies van der Rohe (1886 – 1969) en colaboración con Philip Johnson (1906 - 2005). Pero, por su misma naturaleza, este encargo habría de ser fuente de sufrimiento  para él por contradecir sus ideas sobre el arte, dado que esos murales, en palabras de la crítica e historiadora del arte Dore Ashton (1928 - 2017),  “tenían que responder a una visión interior que nunca podía ser satisfecha in situ, como confirmó el rechazo final de Rothko a entregarlos”.

A lo largo de la función, los diálogos entre Rothko y Ken van dejando traslucir el carácter de ambos personajes, espléndidamente encarnados por Juan Echanove y Ricardo Gómez. La dirección de actores de Echanove, muy rica en gradación de voz y gestualidad facial, especialmente el cambiante equilibrio dialéctico entre ambos. Es una evolución paulatina y muy bien matizada y refleja el crecimiento del personaje de Ken, crecimiento que colabora no poco en el hundimiento de Rothko, a medida que este se va hundiendo en el callejón sin salida de su propia contradicción. Algo que el propio personaje teme y prevé cuando dice “Solo una cosa me da miedo en la vida: un día, el negro engullirá al rojo”.



Si espléndidas son actuación y dirección, de brillante podemos calificar el movimiento escénico diseñado por Eduardo Torroja, en el que los actores rentabilizan al máximo la rica escenografía ideada por Alejandro Andújar, con el punto culminante en el momento de la preparación de un lienzo de “tamaño Rothko” con brochazos en directo de ambos actores. El vestuario, también ideado por Andújar tiene la sobriedad adecuada al transcurrir de la función y la iluminación de Juan Gómez-Cornejo (A.A.I.) destaca en cada momento la acción y la situación anímica de personajes. La selección musical de Gerardo Vera acentúa idóneamente la exposición de emociones que reflejan texto y acción.

Rojo, primera obra de John Logan representada en España, ha llegado al escenario del Teatro Rosalía Castro de A Coruña nueve años después de su estreno en Londres (Donmar warehouse, 2009) y tras su aterrizaje en España con tres representaciones en el Teatro Calderón de Valladolid del 9 al 11 de noviembre. La popularidad de sus dos intérpretes llenó el aforo del Teatro Rosalía Castro en las dos representaciones previstas (viernes 16 y sábado 17) y posiblemente habría dado para una tercera función. Hoy se estrena en el Teatro Español de Madrid, después de tres representaciones en Bilbao (22, 23 y 24 de noviembre).


sábado, 17 de noviembre de 2018

Tal vez... ¿vivir?






A Coruña, 3 de noviembre, Teatro Rosalía Castro. Tal vez soñar. Texto, Antonio Tabares. Direccción y espacio escénico, Mario Vega. Elenco: Marta Viera, Miguel Ángel Maciel y Maykol Hernández. Animación y audiovisuales, Juan Carlos Cruz. Dirección técnica y diseño de iluminación, Ibán Negrín. Vestuario y caracterización, Nauzet Alonso. Dirección musical, José Brito. Composición original (Moon river), Henry Mancini. Orquesta Sinfónica Maestro valle de la ULPGC. Adaptaciones musicales, Carlos  Vega, Manuel Bonino, José Brito, Cristina Quibtana. Asesoramiento musical, Eduardo Purriños, Marcos Pulido, Daniel Roca. Ayudantes de dirección, Luis O’Malley y Lorena Marín. ;aquinarioa, Marcos Daniel rodríguez. Efectos de sonido, Alejandro Doreste. Grabación de orquesta, Blas Acosta. Coordinación de producción, Dácil Hernández. Audiovisuales comunicación, Arima León. Prensa, Paco Medina. Redes Sociales, Héctor Muñoz. Factoría unahoramentos, Valentín Rodríguez ,Elena Álamo, Desiré Bolaños, Silvia Barona.


Tal vez soñar
Nadie muere del todo mientras permanezca en la memoria de los demás. Quienes así creen tienen varias tienen varias vías para lograr su objetivo: la obra empresarial, cultural o artística puede ser una vía hacia ese destino deseado, adaptable además, a la ambición del futuro difunto. Sembrar buenos recuerdos en las personas que de un modo u otro le son próximos es otra, seguramente más transitada, y entonces familia, amigos, compañeros de trabajo o de aficiones pueden ser la diana de sus acciones en tal sentido.

Pero puede haber una tercera vía, tal vez más frágil, menos persistente por involuntaria tanto en la persona recordada como en quien la recuerda: los sueños sobre las personas fallecidas que tienen quienes las sobreviven. De la relación que cada cual haya tenido con el difunto/a dependerá mucho la dirección y sentido de estos sueños, llegando a las pesadillas más desequilibrantes, siendo para algunos obsesivos en su repetición, habiéndolos triviales y aislados. Pero también hay aquellos de los que no se querría despertar por la presencia agradable en él de alguna persona amada.

Esta permanencia en la vida de los demás a través de sus sueños es los que explora Tal vez soñar. Dice la sinopsis del programa de mano: “Inma ha muerto, pero su relación con los vivos no deja de ser muy estrecha. Continuamente se aparece en los sueños de aquellos que la quisieron y quienes de alguna forma tuvieron que ver con ella y se resisten a olvidarla”.

Miguel Ángel Maciel y Marta Viera


Tal vez soñar, dice el programa de mano, explora “la estrecha línea que separa la vida de la muerte” y “el amor que perdura más allá (o más acá) de la pérdida de un ser querido”. La función se inicia con la llegada de Inma -la protagonista, vestida con tan solo una bata y un gorro de quirófano- a un extraño espacio limitado por grandes telones de un color bastante neutro. En él, un hombre de edad indefinida, aunque bien entrado en la madurez (Pedro) arrastra por el escenario un extraño híbrido de carro de supermercado con silla de ruedas mientras distribuye y mueve esos telones.

La extrañeza de Inma ante un espacio tan desconocido como inquietante contrasta con la naturalidad del hombre, que pronto declara la naturaleza de ese llamémosle sitio -donde “los muertos estamos esperando a que nos sueñen. Eso pone bruscamente a Inma al corriente de su situación: acaba de fallecer en una operación de cirugía cardiaca por un fallo del cirujano.

Marta Viera


A partir ese curioso hallazgo, aparecen en escena los seres queridos de Inma, aquellos con los que se relacionó afectivamente en vida. Y de las conversaciones soñadas por ellos -marido, amante, hijo, padre- el espectador va conociendo la vida de su protagonista, sus amores y sus desengaños, hasta el final de la obra, cuyo desenlace –solo uno de los muchos posibles de una propuesta como la de Tabares-  no revelaré para no destripar la función.

La puesta en escena es sobria y efectiva, rentabilizando hábilmente muy pocos elementos transformables y movidos por los propios actores. La ambientación musical está basada en la canción Moon river, que Henry Mancini compuso en 1961 para el filme Desayuno con diamantes y Está presente a lo largo de toda la representación, ambientando adecuadamente la acción las diferentes versiones creadas para la Tal vez soñar.


Maykol Hernández, Marta Viera y Miguel Ángel Maciel


El rol de Pedro es un tanto ambiguo por razón del texto y Miguel Ángel Maciel lo interpreta con una admirable contención que destaca la agradable humanidad y paciencia del personaje. Marta Viera se mueve con soltura y eficacia y su gestualidad tanto facial como corporal presta adecuada presencia y veracidad a Inma. Su vocalización un tanto insuficiente lastra algo su interpretación por perderse una buena parte de su texto, que por otra parte dice con una buena matización de carácter en los distintos sentimientos que expresa a lo largo de la función y que a veces hay que ddeducir de la acción y el contexto.

Maykol Hernández y Marta Viera


Mención aparte merece Maykol Hernández, que representa cuatro diferentes papeles en esta misma función, lográndolo de forma más cercana a la brillantez que a la mera corrección. Su paleta de actuación va desde el cirujano algo irresponsable -al que da un tono algo exagerado bastante propio del atolondrado personaje- al angustiado hijo de Inma, ya como un hombre maduro. Y pasa más que dignamente por el viudo nostálgico pero que busca eso que algo eufemísticamente se conoce como “rehacer su vida” y el “amante-o-casi” desesperado al que redimir desde su propio sueño. Dicen que en su gira por Latinoamérica será sustituido por actores locales. Deseamos a Factoría Unahoramenos que tengan suerte; no va a ser fácil lograrlos.


lunes, 12 de noviembre de 2018

¿Un porro más hacia el pasado o un paso hacia la madurez?





Carballo, 27 de octubre, FIOT 27, Pazo da Cultura. Wasted. Texto de Kate Tempest
traducido por Martí Sales. Dirección y adaptación, Iván Morales. Ayudante de dirección, Rafa Fodríguez. Intérpretes: Oriol Esquerda, Sandra Pujol y Xavier Teixidó. “Coaching” corporal, Los Corderos, sc. Asesoramiento vocal, Pau Llonch y David Menéndez. Espacio Escénico, Marc Salicrú. Espacio sonoro, Ilia mayer. Iluminación, Miki Arbizu. Fotografía y vídeo, Molegro House. Diseño gráfico, Iolanda Monsó. Producción, Íntims produccions y Fira Tàrrega. Producción ejecutiva, Marc Cartanyà. Comunicación, Isaac Baró.



Toni P.G.
1993 – 2008

D.E.P.




WASTED



A la entrada a la función se entrega a los espectadores una especie de esquela blanca cuya portada reproduzco todo lo fielmente que puedo. La muerte de Toni, el amigo común fallecido justo diez años antes, se convierte así en el punto de partida previo al texto (¿pre-texto?) y es el pretexto (DLE: 1. m. Motivo o causa simulada o aparente que se alega para hacer algo) de la función: tras una síntesis de su situación actual, los tres amigos más íntimos del fallecido se encuentran en esa fecha en “el árbol de Toni” y acuerdan dedicar a su memoria una noche de alcohol y porros.

Xavier Teixidó, Sandra Pujol y Oriol Esquerda


La polisemia del término inglés “wasted” -y el hecho de que los adjetivos en ese idioma carezcan de plural- no nos permite conocer su significado exacto como título de la obra, pero sí fantasear sobre la intención de la autora al titular así su primera obra teatral. ¿Homenaje al amigo ‘malogrado’? ¿Vida ‘atrofiada’ de sus ‘vanos’ o ‘inútiles’ amigos sobrevivientes? La verdad es que en algún momento de la función algunos podemos llegar a valorar como ‘desaprovechado’ el intento de la autora por presentar algo nuevo o de la dirección en caso de tener esa misma intención en su trabajo.

Porque no es nuevo, en absoluto, casi nada de lo que sucede a lo largo de la duración de la obra. Y porque no todo es, o al menos no todo ha de ser, contacto con el público; que impresiona pero no explica. Desde el movimiento y cercanía que permite la disposición de los espectadores en círculos concéntricos, Oriol Esquerda, Sandra Pujol y Xavier Teixidó se entregan a sus personajes espiritual ¡y físicamente! siguiendo las pautas de un montaje bien trabajado por Iván Morales en cuanto a la dirección de actores y aún más por lo que hace a la expresión corporal y coreografía de Los Corderos.


Teixidó, Pujol y Esquerda


El montaje tiene así un ritmo físico fluctuante y casi siempre creciente, llegando a ser trepidante en el momento de clímax de la función; pero al final se hace decaer hasta la cota un tanto depresiva a la que casi inevitablemente lleva el texto de Kate Tempest. Tal vez la sociedad actual esté llevando a muchos jóvenes a transitar sin pena ni gloria  por unas vidas vacías; quizás la falta de perspectivas los induzca a la inacción; las encuestas sobre el impacto de la situación vivida en España –la mal llamada crisis económica- nos muestran que esta ha dejado como huella llevar a los jóvenes a un progresivo descreimiento en la necesidad de los sistemas de protección social. En este sentido, los tres personajes de Wasted son una muestra -algo reducida si se quiere y nada significativa estadísticamente- de un segmento de esa población: el que vacila entre seguir viviendo su juventud mirando hacia su adolescencia o responsabilizarse de dar el paso hacia la propia madurez.

Sandra Pujol


Carlota es una profesora de instituto que reacciona a la inercia a la que se ve abocada por su trabajo en medio de unos profesores y alumnos aplastados por una abulia que los lleva a una especie de estúpido ‘odio de clases docentes’ del que quiere escapar; en el que no quiere dejarse atrapar. Sandra Pujol le da cuerpo y espíritu, otorgándole una fuerte credibilidad y su personaje es el único con el que uno puede sentirse más o menos identificado. Dani es un pasota entregado a la inercia de una vida mediocre para el que Oriol Esquerda hace un trabajo impecable desde su sobriedad inicial a una cierta ‘contención’ en el clímax discotequero de la obra. Por su parte, Xavier Teixidó aplica el punto de sobreactuación necesario para el personaje de Edu, ya bastante desaforado por su texto pero sobre el que siempre cabría un enfoque menos histriónico, dicho sea esto en el mejor de los sentidos de la palabra.

Visto todo lo anterior, podríamos decir que la reflexión que aporta Wasted apunta hacia un sector de la población al que le sería de alguna utilidad mirarse en ese espejo. Pero es una diana inalcanzable por su poca tendencia a la reflexión sobre esos temas y, por tanto, un público ausente de la sala. Un no-público.