miércoles, 1 de mayo de 2019

Hija predilecta







A Coruña, 28 de abril, Teatro Rosalía Castro. El funeral. Texto y dirección, Manuel M. Velasco. Intérpretes: Concha Velasco, Jordi Rebellón, Irene Gamell, Irene Soler y Emmanuel Medina. Vestuario, Ion Fiz. Escenografía, Asier Sancho. Diseño iluminación, José Manuel Guerra. Música, Juan Cánovas y Juan Robles de la Puente. Diseño peluquería y maquillaje, Lola Gómez. Edición vídeo, Antonio Durán, David Cortázar y Francisco Martínez. Diseño gráfico, David Sueiro. Escenografía, Escénica integral. Utilería, Roberto del Campo. Jefe de producción, Marco García. Jefe técnico, David Pérez Arnedo. Ayudante de dirección, Irene Soler. Ayudante de producción, Alejandra Freund. Meritorios de producción, Paula Fumagalli y Cristina Blanco. Regidor/Gerente, Leo Granulles. Técnico de sonido, Arsenio Fernández. Técnico de luces, Alfredo Guijarro (Taxa). Maquinaria, Juan Manuel Higuera. Sastra, Rosa Castellano. Productor, Jesús Cimarro. Voces en off, Evelia Flores, Javier Velasco e Irene Soler. Reportera, Natalia Sprengler.


“Lucrecia Conti es una enorme diva del teatro que ha fallecido y a cuyo funeral asistís hoy”, escribe Manuel M. Velasco escribe en el programa de mano de El funeral, en el que añade que Concha Velasco le pidió “una comedia blanca muy loca que remitiera a El fantasma de la ópera, Sunset Boulevard, Mary Poppins o La bruja novata”. Pero remitir no es lo mismo que citar títulos, por mucho que todos estos y alguno más sean nombrados en el texto. Vayamos por partes, como en algún momento debió de decir Jack el Destripador.

A telón abierto [por cierto, ¿sigue habiendo telones en los teatros? porque hoy resultaría realmente original, incluso rompedor, comenzar una obra tras alzar el telón] y con el sonido de canto gregoriano y una campana doblando a muerto, el espectador se halla ante un velatorio. Paredes en blanco y negro, coronas de flores blancas,  apenas manchada una de ellas por un toque en rojo, y presidiéndolo todo, un féretro de perfiles metálicos y cristal que deja entrever el cadáver de Lucrecia.

Concha Velasco ante el cartel de El Funeral


Entran en  la escena dos mujeres jóvenes de luto riguroso que invitan a los espectadores a subir al escenario -a presentar sus respetos al cadáver, se supone-. Son las dos nietas de la diva, de caracteres tan opuestos como distante parece su nivel de inteligencia. Al parecer, el Ministerio [de Cultura, se supone] le ha organizado un funeral oficial en un teatro –justo aquel en el que se represente la obra- y los espectadores de la función son también “personajes”, admiradores de la actriz que asisten al funeral, y como a tales se dirigen las nietas de la finada: una prudente y sensata, muy bien interpretada por Irene Soler; la otra, [deduzca usted mismo sus “cualidades”], encantadoramente encarnada por Irene Gamell.

La lectura de las últimas voluntades de la difunta, a través de una carta-testamento marca el camino del argumento: Lucrecia Conti era inmensamente rica porque supo invertir en empresas muy rentables sus fuertes ingresos como actriz. Pero sus descendientes no las controlarán en absoluto, pues las considera absolutamente incapacitadas para ello. Tras entrar en escena un entre supuesto y posible nieto de inteligencia y perspicacia pareja a la de la Maite de Irene Gamell –mas que correctamente interpretado por Emmanuel Medina- luces, sonido y humo escénico a tutiplén (ya saben, en abundancia, a porrillo[1]) anuncian el prodigio: la presencia de la difunta rediviva (pues eso: aparecida, resucitada1) entrando a escena por el pasillo central del patio de butacas y lanzando un “esto es una aparición” que arranca el primer aplauso espontáneo del público de los muchos que se sucederán a lo largo de la noche.

A partir de este golpe de efecto y de los caracteres de estos tres personajes secundarios - a los que pronto se unirá el representante de la diva, un caradura y aprovechado muy bien personificado por el siempre eficaz Jordi Rebellón-, el espectador avisado (ya saben, prudente, discreto, sagaz 1) empieza a maliciarse (recelar, sospechar, presumir algo con malicia 1) los derroteros por los que transcurrirá la obra.

Concha Velasco como Lucrecia Conti


El funeral está escrita para el lucimiento de una eximia actriz, Concha Velasco, seguramente una de las mejores que ha dado la escena española a lo largo de su historia. Y a fe que esta gran dama del teatro aprovecha el texto al máximo, incluso por encima del 100 %. Pero este da de sí lo que da de sí: una serie de “scketchs” mejor y/o peor encadenados, con continuas citas a los programas de televisión de la peor calidad –y, como consecuencia casi natural, con la mayor audiencia-, interpelaciones a los espectadores para que estos respondan y frases que inevitablemente han de rematarse desde el auditorio. Lo que no deja de ser un recurso fácil para mantener su atención aumentando su implicación emocional.

Vamos, lo que en política se ha llamado siempre demagogia (práctica política consistente en ganarse con halagos el favor popular 1) o el populismo (tendencia política que pretende atraerse a las clases populares 1) tan en boga en los últimos tiempos. Puede que aplicar en estos términos a una crítica teatral sea extraño, pero también lo es asistir a una función media hora después de cerrarse los colegios electorales. Sobre todo después de toda una campaña electoral que viene durando media vida y ha aportado sobre todo toneladas de inconveniencias, insultos y exabruptos. Además, uno se siente animado a ello por la  alusión a esta jornada electoral por parte de Rebellón o la de Concha Velasco a la Liga de fútbol con su “para qué, si ya ha ganado el Barça”. Por cierto, tal vez esta “charcutería” [cuyo eslogan bien podría ser “Velasco y Rebellón, morcillas a mogollón”], en la mejor tradición del teatro cómico español, sea parte de lo más logrado de cuanto se oye en escena.

Irene Soler, Irene Gamell, Concha Velasco, Jordi Rebellón y Emmanuel Medina


No es esto, no es esto
Posiblemente, la frase orteguiana sea el mejor comentario al texto de El funeral. Porque no; no es esto. Una actriz con el historial de Concha Velasco y los sufrimientos personales que han jalonado su vida durante estos últimos años se merece un texto de máxima calidad que le permita mostrar todas sus cualidades como dramática… o como actriz de comedia. Pero de alta comedia no lo que se supone que sea este malogrado texto, quizás solo útil para hacer caja.

Y es que uno no puede por menos de recordar a la Concha Velasco que hizo la Mariana Pineda de Las arrecogías del beaterio de Santa María Egipciaca; o la protagonista de la deliciosa Yo me apeo en la próxima ¿y usted?, de Adolfo Marsillach, primero con Pepe Sacristán y luego con el propio autor; o la Teresa de Jesús de la serie de Televisión Española. Y no digamos de su Hécuba del Festival de Mérida, interpretada por Velasco con honor y gloria por toda España.


Concha Velasco como Hécuba


Es mi enorme admiración por esta grandísima actriz la que me hace expresarme en estos duros términos. Y es mi respeto por cuantos se arriesgan a subir su trabajo a un escenario –autores, técnicos y actores- lo que me hace medir al máximo mi opinión y revisarla hasta el infinito. Concha Velasco se merece todas las ovaciones recibidas en esta función y muchas, muchísimas más. Y no digamos cuando al final de la representación se dirigió al auditorio para agradecer lo que ha supuesto la ciudad y el público en estos últimos meses, cuando hubo de suspender la última función programada a causa de una enfermedad.

Fue profundamente emocionante escucharla y sentir con ella el calor de esa relación de los cómicos y técnicos como familia que se proporciona la mejor ayuda y cuidados en momentos de zozobra. Y conmovió escucharle decir cómo sintió la necesidad de volver. Sí, la “la función debe continuar”; y si es imposible, se debe retomar. Aunque sea a rastras; aunque sea meses después. Porque así son los hijos de Talía. Y Concha Velasco ha de ser para cuantos amamos el teatro -por muchos años pero con el mayor sosiego- lo que un ayuntamiento nombraría como hija predilecta.





[1] (Definiciones del Diccionaro de la Lengua Española, edición del Centenario).