lunes, 25 de febrero de 2019

Las entrañas de un volcán






A Coruña, 23 de febrero, Teatro Colón. Fedra. Texto, Paco Bezerra, basado en la tragedia de Eurípides. Direccción, Luis Luque. Intérpretes: Lolita González Flores, Fedra; Juan Fernández, Teseo; Críspulo Cabezas, Hipólito; Michel Tejerina, Acamante y Tina Sáinz, Enone. Escenografía, Monica Boromello, Iluminación, Juan Gómez-Cornejo. Música original, Mariano Marín. Vestuario, Almudena Rodríguez Huertas. Videoescena, Bruno Praena, Diseño gráfico, David Sueiro. Fotografías, Sergio Parra. Productor, Jesús Cimarro. Una coproducción del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida y Pentación Espectáculos.


Dicen Luis Luque y Paco Becerra en el programa de mano que se entrega a los espectadores que “el amor, en muchos casos, es sinónimo de dicha y felicidad, pero en otros es tormento y grandísima condena”. Su Fedra intenta acercarse a “ese primer texto de Eurípides” –uno perdido que no ha llegado a nuestros días- con una Fedra “ardiente, inmoral y rechazada por el público del momento, creando una nueva mujer más combativa y con menos miedo; una Fedra exenta de culpa, capaz de luchar por lo que siente y que, ante todo, se atreve peligrosamente a amar”.




Los latidos algo irregulares de un corazón reciben al público a telón abierto junto al precioso trabajo de Monica Boromello, Este es un sencillo decorado que deja ver, en primer plano a la derecha, un lecho exento forrado de algo que recuerda una piel con lana blanca. En el centro y más al fondo, unos telones con la delicadeza  visual de un encaje, que pueden sugerir una entrada. Tal vez a una gruta en la ladera del volcán, acaso al vientre no menos volcánico de esa Fedra “ardiente, inmoral y exenta de culpa”.

Una mujer que vive el drama de estar enamorada del primogénito de su marido, el rey Teseo. Que, enferma de contradicción entre su pensar y su sentir, decide un cierto instante saltar por encima de las normas y convenciones sociales. Que, en definitiva, quiere ser mujer por encima de reina. Su entrada en escena es la viva imagen de la depresión: inapetente, insomne, perpetuamente silente, hundida en el fondo de su alma atormentada por el amor… Hasta que  –“lo que no se dice se pudre”, dice uno de los personajes- decide sincerarse con Enone, su ama de cría y fiel servidora desde la cuna, consigo misma y con Hipólito, el objeto de su amor.




Ese amor que “puede ser dicha o tormento y que, tras el rechazo de su hijastro, muestra para ella solo esta última cara. Pronto se produce el regreso del marido mujeriego y siempre ausente por asuntos de Estado. Y con este regreso llegase desencadena la necesidad de deshacer el nudo de los acontecimientos que amarran a Fedra a una roca que la hunde en el mar de su desgracia.

El relámpago de una hija de Talía
Y es entonces cuando, de repente, toda la verdad del mejor teatro refulgió en el Teatro Colón. Y tuvo que ser Tina Sáinz -una inmensa actriz de esa casta de la que proceden los verdaderos hijos de Talía- quien lanzó el relámpago creador y deslumbrante. Fue un gesto casi imperceptible, apenas un matiz de movimiento de su rostro, con el que Tina Sáinz pasó de la nodriza amante y preocupada por su niña hecha reina a la más fría intrigante del pequeño reino de la Isla del Volcán. La que en ese instante da el vuelco definitivo a los acontecimientos. Y la función cambia desde el drama de una mujer “malenamorada”, que no malquerida, para adquirir todo su carácter de tragedia.





Solo alguien que tenga la genética artística y la aceptación popular de Lolita González Flores puede desmadrarse en escena sin que se resienta la función. Ella hace una Fedra apasionada; incluso con algunos momentos de exceso vocal (posiblemente debidos a la amplificación) que, curiosamente, se alternaron con otros de entonación un punto plana.

Hablar muy fuerte
Estos excesos microfónicos me hicieron recordar una anécdota atribuida a Adolfo Marsillach. Cuando se hizo cargo de la Compañía Nacional de Teatro Clásico e impuso una nueva forma más cercana –y por tanto humana- de representarlo, alguien le dijo: “nada, nada. Lo que hay que hacer con estas obras es hablar muy fuerte”.

La Fedra de Paco Bezerra se creó para el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida. La inmensidad del recinto del Teatro Romano puede explicar –y no sé si justificar- la decisión de amplificar las voces de los actores. El paso a un teatro convencional debería hacer desaparecer esa amplificación, cada vez más extendida en nuestra escena. A menos, claro está, que la potencia, proyección y/o vocalización de quienes pisan las tablas sean tan deficientes que lo hagan necesario.

¿Es esa la razón de una amplificación colectiva, perfectamente perceptible en todos los actores de esta compañía excepto quizás en Sáinz? Lo dudo: los gritos –sí, gritos- de Críspulo Cabezas y Michel Tejerina en su discusión final más bien sugerirían lo contrario. Si la dirección de Luque ha buscado “la verdad de las emociones”, estas han aflorado a lo largo de la función, aunque a veces pueda ser peligroso darles rienda suelta.



El Teseo de Juan Fernández es un punto enfático y envarado, algo perfectamente atribuible a una dirección escénica que pone a los actores en posiciones de enfrentamiento estático. La música  de Mariano Martín subraya adecuadamente la acción y se une a una videoproyección casi omnipresente para darle a la función un realce visual y sonoro quizás excesivo.

Esto me trae una segunda anécdota, esta nada menos que de don Jacinto Benavente nuestro Nobel de Literatura de 1922. Cuentan que cuando alguien le preguntó qué le había parecido su experiencia al ver un filme en tres dimensiones –aquellas precarias tres dimensiones de los años 50, creadas con unas pobres gafas bicolores de celofán- dijo una frase que ha quedado para siempre en mi memoria:

“Primero inventaron el cinematógrafo; luego le pusieron sonido; más tarde, el color y ahora lo hacen en tres dimensiones...
Sigan, sigan,
ESTÁN USTEDES A PUNTO DE INVENTAR EL TEATRO”.

Las vídeoproyecciones y amplificación, casi omnipresentes en el teatro actual, me llevan a pensar si no habrá que remedar la frase de don Jacinto y decir, no sé muy bien a quiénes (no hay peor sordo que el que no quiere oír):

¡SIGAN, SIGAN, ESTÁN USTEDES A PUNTO DE INVENTAR EL CINE!