lunes, 12 de noviembre de 2018

¿Un porro más hacia el pasado o un paso hacia la madurez?





Carballo, 27 de octubre, FIOT 27, Pazo da Cultura. Wasted. Texto de Kate Tempest
traducido por Martí Sales. Dirección y adaptación, Iván Morales. Ayudante de dirección, Rafa Fodríguez. Intérpretes: Oriol Esquerda, Sandra Pujol y Xavier Teixidó. “Coaching” corporal, Los Corderos, sc. Asesoramiento vocal, Pau Llonch y David Menéndez. Espacio Escénico, Marc Salicrú. Espacio sonoro, Ilia mayer. Iluminación, Miki Arbizu. Fotografía y vídeo, Molegro House. Diseño gráfico, Iolanda Monsó. Producción, Íntims produccions y Fira Tàrrega. Producción ejecutiva, Marc Cartanyà. Comunicación, Isaac Baró.



Toni P.G.
1993 – 2008

D.E.P.




WASTED



A la entrada a la función se entrega a los espectadores una especie de esquela blanca cuya portada reproduzco todo lo fielmente que puedo. La muerte de Toni, el amigo común fallecido justo diez años antes, se convierte así en el punto de partida previo al texto (¿pre-texto?) y es el pretexto (DLE: 1. m. Motivo o causa simulada o aparente que se alega para hacer algo) de la función: tras una síntesis de su situación actual, los tres amigos más íntimos del fallecido se encuentran en esa fecha en “el árbol de Toni” y acuerdan dedicar a su memoria una noche de alcohol y porros.

Xavier Teixidó, Sandra Pujol y Oriol Esquerda


La polisemia del término inglés “wasted” -y el hecho de que los adjetivos en ese idioma carezcan de plural- no nos permite conocer su significado exacto como título de la obra, pero sí fantasear sobre la intención de la autora al titular así su primera obra teatral. ¿Homenaje al amigo ‘malogrado’? ¿Vida ‘atrofiada’ de sus ‘vanos’ o ‘inútiles’ amigos sobrevivientes? La verdad es que en algún momento de la función algunos podemos llegar a valorar como ‘desaprovechado’ el intento de la autora por presentar algo nuevo o de la dirección en caso de tener esa misma intención en su trabajo.

Porque no es nuevo, en absoluto, casi nada de lo que sucede a lo largo de la duración de la obra. Y porque no todo es, o al menos no todo ha de ser, contacto con el público; que impresiona pero no explica. Desde el movimiento y cercanía que permite la disposición de los espectadores en círculos concéntricos, Oriol Esquerda, Sandra Pujol y Xavier Teixidó se entregan a sus personajes espiritual ¡y físicamente! siguiendo las pautas de un montaje bien trabajado por Iván Morales en cuanto a la dirección de actores y aún más por lo que hace a la expresión corporal y coreografía de Los Corderos.


Teixidó, Pujol y Esquerda


El montaje tiene así un ritmo físico fluctuante y casi siempre creciente, llegando a ser trepidante en el momento de clímax de la función; pero al final se hace decaer hasta la cota un tanto depresiva a la que casi inevitablemente lleva el texto de Kate Tempest. Tal vez la sociedad actual esté llevando a muchos jóvenes a transitar sin pena ni gloria  por unas vidas vacías; quizás la falta de perspectivas los induzca a la inacción; las encuestas sobre el impacto de la situación vivida en España –la mal llamada crisis económica- nos muestran que esta ha dejado como huella llevar a los jóvenes a un progresivo descreimiento en la necesidad de los sistemas de protección social. En este sentido, los tres personajes de Wasted son una muestra -algo reducida si se quiere y nada significativa estadísticamente- de un segmento de esa población: el que vacila entre seguir viviendo su juventud mirando hacia su adolescencia o responsabilizarse de dar el paso hacia la propia madurez.

Sandra Pujol


Carlota es una profesora de instituto que reacciona a la inercia a la que se ve abocada por su trabajo en medio de unos profesores y alumnos aplastados por una abulia que los lleva a una especie de estúpido ‘odio de clases docentes’ del que quiere escapar; en el que no quiere dejarse atrapar. Sandra Pujol le da cuerpo y espíritu, otorgándole una fuerte credibilidad y su personaje es el único con el que uno puede sentirse más o menos identificado. Dani es un pasota entregado a la inercia de una vida mediocre para el que Oriol Esquerda hace un trabajo impecable desde su sobriedad inicial a una cierta ‘contención’ en el clímax discotequero de la obra. Por su parte, Xavier Teixidó aplica el punto de sobreactuación necesario para el personaje de Edu, ya bastante desaforado por su texto pero sobre el que siempre cabría un enfoque menos histriónico, dicho sea esto en el mejor de los sentidos de la palabra.

Visto todo lo anterior, podríamos decir que la reflexión que aporta Wasted apunta hacia un sector de la población al que le sería de alguna utilidad mirarse en ese espejo. Pero es una diana inalcanzable por su poca tendencia a la reflexión sobre esos temas y, por tanto, un público ausente de la sala. Un no-público.




jueves, 1 de noviembre de 2018

Un bucle de resacas







Carballo, 20 de octubre, FIOT 27, Pazo da Cultura. Iphigenia en ValleKas. Texto de Gary Owen traducido y adaptado por María Hervás. . Intérprete, María Hervás. Dirección, Antonio C. Gijosa. Escenografía, Mónica Teijeiro. Sonido, Mar Navarro. Iluminación, Daniel Checa. Producción, María Hervás y Serena Producciones.  


María Hervás. Iphigenia


Gary Owen ganó el premio al mejor texto en el Festival de Edimburgo de 2015 por Iphigenia in Splott. Splott es un barrio obrero del sur de Cardiff (Gales) notablemente afectado por las diferentes crisis industriales, económicas y financieras desde la época de Margareth Tatcher a nuestros días. La adaptación de María Hervás traslada a la protagonista a Vallecas, barrio que  como cualquiera del cinturón sur –sí, también del sur; suele ser así- de Madrid tiene todos los ingredientes socioeconómicos para centrar en él la función.

Siempre hay una Ifigenia: en Áulide, en Splott, en ValleKas. Alguien a quien sacrificar en beneficio de la comunidad. ¿Pero qué pasa cuando la Ifigenia de turno decide por sí misma quiénes han de ser beneficiados por su sacrificio? ¿Y qué ocurre cuando quien puede decidir decide que esa comunidad no sea su beneficiaria? Del “He venido a cobrar lo que es mío” inicial al ¿”Y qué va a pasar cuando no podamos soportarlo más”? hay todo “un bucle de resacas” dramáticas, de emociones a flor de piel por las que María Hervás conduce a su público a lo largo de la casi hora y media que dura la representación.

María Hervás. Iphigenia


Los mil y un matices de la gigantesca interpretación de Hervás y su adaptación del texto de Gary Owen lo convierten en un mar de emociones encontradas. De de la ira a la ternura; de la provocación gratuita al sacrificio a favor del otro [1]. Ahí están -y solo así se pueden entender- las reacciones del personaje más decisivas para su vida futura. Su renuncia  a reclamar ese “nunca más sola” en el que se veía ya instalada tiene una razón, que nace de una propia fortaleza interior: “puedo soportarlo, así que lo soporto por esa niña”. Fortaleza nacida de una insospechada nobleza intrínseca, la que se necesita para ir con la verdad por delante frente a Rique, su más o menos novio, aunque le cueste truncar la esperanza de que su compañía se convierta en un alivio de sus males: “si voy a hipotecar su vida, no puedo empezar con una mentira”.

Desde el punto de vista interpretativo sorprende la enorme riqueza de registros de Hervás, tanto por interpretar la montaña rusa de sensaciones y sentimientos de la protagonista como cuando hace hablar a otras personas de su vida, que no personajes, porque personajes solo hay uno, el suyo. Y ahí afloran esa abuela con voz de “rata arrugada”, ese medio novio, Rique, producto de gimnasio de mitad para arriba porque lo de las piernas cuesta más de lo que él soporta; la mujer-foca a quien provoca y que la critica por su lenguaje soez;  la compañera de piso y aventuras; los militares, comadrona, parturienta o abogado. Todos con su carácter plasmado con apenas un gesto o un matiz en la voz de Hervás. Al acabar la función surge una pregunta: ¿cómo puede mantener esa tensión emocional durante ciento treinta minutos sin caer destrozada física y anímicamente?

María Hervás. Iphigenia


La dirección de Antonio C. Guijosa es contenida, apenas visible, la única posible con un pura sangre escénico como María Hervás, un verdadero volcán, interpretando a un personaje en continua erupción. La escenografía de Mónica Teijeiro tiene la virtud de la sobriedad y la funcionalidad: apenas unas cajas de madera, un columpio y un calendario –por cierto, ¡qué dramatismo puede contener una simple cifra! ese terrible 29…- dan pie y sirven de base a los movimientos de Hervás por el escenario. La iluminación de Daniel Checa subraya adecuadamente texto y acción.

La obra es tremendamente dura y los momentos de mayor ternura, de vuelo poético que la salpican aquí y allá no hacen sino resaltar esta dureza. Uno no sale, no puede salir indemne después de compartir hora y media con la Iphigenia de María Hervás. Pero ¿sabéis? merece la pena sentir como propio su dolor: porque todo el sacrificio de miles, quizás de millones de Iphigenias continúa pese a “los datos favorables” de la macroeconomía. Porque alguien, quien podía hacerlo, decidió que no se beneficiara de su sacrificio el conjunto de la sociedad sino quienes menos lo necesitaban, quienes menos lo necesitan: los de siempre. Porque alguien tiene que seguir gritando el dolor de esos millones de Iphigenias a quienes no se atreven a mirarles a la cara y a quienes, como la “mujer-foca”, incluso se permiten criticarlas por su aspecto y su lenguaje. Porque, en realidad, lo soez (bajo, grosero, indigno, vil, según el DEL de la RAE, edición del centenario) es la vida (y me remito acepciones 6, 7 y 8 del mismo diccionario).





[1] Y no de otro abstracto, social, comunitario sino cercano, en una curiosa convergencia –quizás no tan extraña como podría parecer- con el precepto cristiano de amar al prójimo (el próximo, el cercano).