miércoles, 30 de mayo de 2018

Sus miradas no irradiaban esa luz







A Coruña, 18 de mayo, Palacio de la Ópera. Orquesta Sinfónica de Galicia. Óliver Díaz, director. Xavier de Maistre, arpa. Programa: Modest P. Músorggski, Una noche en el Monte Pelado (Versión de Nikolái A. Rimski-Kórsakov); Reinhold M. Glière, Concierto para arpa y orquesta en mi bemol mayor, op. 74; Píotr I. Chaikovski, Suite nº3 en sol mayor, op 55.

La expresión de las caras a la salida de un concierto da a veces una clara idea de sus resultados, diferentes según sean medidos en éxito popular o en satisfacción artística de sus intérpretes. Al final del celebrado el viernes 18 hubo una cierta divergencia entre la expresión de una gran parte del público y la de los músicos: aquella manifestaba la típica complacencia tras escuchar el final brillante de obras de compositor bien conocido, aunque la oída sea una mayoritariamente desconocida. En la expresión de muchos músicos, por contraste, se podía apreciar claramente un cansancio no compensado por el resultado, algo que contrasta fuertemente con lo vivido en muchas otras ocasiones en las que sus miradas irradiaban una luz que anulaba en sus semblantes las sombras del cansancio. Para muchos los resultados de este concierto no compensaron el esfuerzo y, claro, sus miradas no irradiaban esa luz.

Jesús López Cobos


El programa de mano indicaba que el concierto estaba dedicado a la memoria de Jesús López Cobos (Toro, Zamora, 1940; Berlín, 2018), que era quien había de dirigir este concierto y quien programó dos de las tres obras que se han interpretado en él. La que habría de abrir programa -Images d’Espagne, de Yevgueni Svetlanov- fue sustituida por el archiconocido poema sinfónico Una noche en el Monte Pelado. Quizás una sustitución de última hora porque a mediodía del 29 de mayo, mientras redactaba este texto, la obra de Svetlanov aún figura  como programada en la web del Palacio de la Ópera. Me cuesta más admitir que fuera por no disponer de la partitura porque solo estaba en posesión del maestro fallecido, como aseguraba un gran aficionado antes del concierto.

El concierto de Glière es una obra con todas las características de la ortodoxia del llamado “Realismo socialista”, que no en vano su autor fue parte de la “Nomenklatura” artística soviética desde muy tempranas fechas de la existencia de la URSS. Tiene por tanto una melodía siempre fácil de escuchar y reconocer, una armonía debidamente sometida a los cauces clásicos y una cierta grandilocuencia en las formas. En este caso, además, con todos los elementos que se espera oír en  un concierto para arpa y orquesta: vertiginosas escalas, deliciosos arpegios (que viene de arpa, como su propio nombre indica), dorados racimos de acordes arpegiados (íd. Íd. anterior) y glissandi luminosos como un amanecer en la estepa rusa con un recorrido más largo que el del Transiberiano.

Xavier de Maistre hizo una soberbia interpretación. Su técnica,  más que impecable, muestra una limpieza absoluta, un perfecto control de sonido y una gran musicalidad, especialmente en el larguísimo tema con variaciones central. Óliver Díaz fue realmente cuidadoso con la dinámica del instrumento solista en el tedioso acompañamiento escrito por Glière –por otra parte, tan tópico como la parte solista-. La Orquesta Sinfónica de Galicia mostró una vez más su gran maleabilidad técnica y estilística.

Xavier de Maistre


La Sinfónica rindió de acuerdo con sus muy altos estándares de calidad habituales y estos fueron vehículo idóneo para que Díaz desarrollara una actuación más que correcta en un programa “heredado”. Tal vez, por ser la más popular de las tres obras en programa, el público reaccionó agradecido a la interpretación de Una noche en el Monte Pelado. La versión de Óliver Díaz fue todo lo brillante e intimidante que los diferentes momentos de la obra sugieren a intérpretes y público.

La escucha de la Suite nº 3 de Chaikovski me produjo la sensación de que lo que suena es algo conocido pero que siempre acaba dejando de serlo para convertirse en un intento, por momentos malogrado, de esa música del ruso que todos somos capaces de reconocer o incluso de tararear. Como recuerdan las documentadas notas al programa de Carolina Queipo, Chaikovski escribió sobre esta suite que “realmente quería escribir una sinfonía, pero al final el título de la obra es lo de menos”. Pues a lo mejor no es lo de menos; y precisamente por eso no la incluyó entre sus maravillosas Quinta y Sexta sinfonías. 

Óliver Díaz


Quizás todo se reduzca a un problema de interpretación -por falta de tensión expresiva en muchos de sus casi 45 minutos de duración- pero lo cierto es que dio una cierta sensación (o quizás una sensación cierta) de pesadez. Entre lo mejor de la versión de Díez y la Sinfónica, se podría quizás destacar la sensación algo melancólica de vals palaciego tocado en un entorno decadente del segundo, Allegro moderato. El tercero es un Presto en el que destacan los diálogos iniciales entre secciones –especialmente maderas y cuerdas-, algo francamente insuficiente para justificar la enorme dificultad para su poco gratificante ejecución por parte de la orquesta. De agradecer fue la precisión y buena respiración del acorde final, quizás por el alivio que supuso para muchos;  porque la verdad es que el movimiento acaba ahí como perfectamente podía haberlo hecho en cualquier momento, preferiblemente uno muy anterior.

El cuarto y último movimiento es un tema con once variaciones en el que destacó la apasionada expresividad de Massimo Spadano en sus largos solos de la séptima variación, el ambiente bucólico logrado por las maderas en la octava, Adagio, y la claridad en el tema fugado (un brillante ejercicio y grandísimo autoexamen de composición para Chaikovski). Y -al fin o por fin- la brillantez y eficacia conclusiva, absolutamente chaikovskiana, de la última y undécima variación, Polacca, una polonesa muy alla rusa que provocó la lógica y entusiasta ovación y cataratas de bravos del público.

En resumen, un concierto que, salvo la obra inicial, estaba hecho a la exacta e inmensa medida de Jesús López Cobos y que quedó marcado por la falta ya irremediable del maestro. Porque solo él, con su capacidad didáctica y su entrega y fervor casi apostólicos por las obras menos comprensibles, era capaz de convertirlas en fuente de placer para público. ¡Y músicos!