01 junio, 2017

...ocho, nueve...












...y veinticinco. La celebración de las bodas de plata de la Orquesta Sinfónica de Galicia llega a su fin. Ha sido una temporada de homenaje de la orquesta a sus músicos y a sus abonados, los dos pilares fundamentales de la fecunda relación que la OSG ha consolidado con su comunidad a lo largo de estos 25 años. El sábado 20 para los abonados de los viernes y el domingo 21 para los de los sábados, la orquesta gallega culminó el previsto Festival Beethoven con la interpretación de su Sinfonía nº 9 en re menor, op. 125. Casi dos semanas entre ensayos y conciertos: un duro pero satisfactorio trabajo y un placer concentrado para cada uno de esos dos pilares del éxito de la Sinfónica antes mencionados.

La satisfacción de poder celebrar una interpretación de la Novena por excelencia -la única de las novenas que no necesita apellido tras el ordinal para saber de qué obra se está hablando- con sólo el propio coro se unía a esa larga fiesta de la música que ha supuesto esta temporada. La creación y crecimiento de un coro de calidad con integrantes no profesionales es uno de los mayores logros de la OSG como institución cultural.

Este proyecto ha dado resultados de mayor calidad de lo que nadie podía esperar hace diecinueve años -el COSG dio su primer concierto en marzo de 1998-. Resultados que son fruto del esfuerzo de sus componentes desde hace ese tiempo. Pero también, y muy especialmente, del trabajo paciente y bien programado de su creador y director, Joan Company, quien ha sabido aprovechar y encauzar en él la gran tradición coralista de A Coruña.

Orquesta y coro durante la actuación


La versión de Slobodeniouk –hablamos del concierto del sábado 29, único al que pude asistir- tuvo su acostumbrada calidad interpretativa y gran fidelidad al texto de la obra. Han pasado ya veintiún años desde la publicación por Bärenreiter de la edición crítica de la Novena llevada a cabo por Jonathan del Mar y diecisiete desde la finalización del ciclo (la última, la de la Séptima, se publicó en 2000). Este tiempo y la generalización del uso de esta edición han permitido a músicos y melómanos gozar un Beethoven más cercano a lo que pudieron sentir los asistentes a los estrenos de sus sinfonías.

Pese a esto, la huella de las viejas versiones es profunda y muchos aficionados de todo el mundo y una buena parte de la crítica aún las tienen grabadas a fuego en su memoria. Los criterios se actualizan y corrigen y los gustos personales se educan. Pero las costumbres son difíciles de cambiar y tal vez hayan de pasar algunas generaciones para que la ligereza y la claridad en tiempos y texturas sonoras de las nuevas se imponga.

La Nouvelle cuisine de Paul Bocusse, los hermanos Troisgros y otros chefs franceses logró triunfar en los años setenta con platos más livianos y delicados de sabor que los de la cocina tradicional, además de una gran atención a la presentación. La mayor ligereza de tiempos, las texturas sonoras más límpidas y la presentación llena de claridad de los planos sonoros han sido una constante en la interpretación del ciclo por Slobodeniouk. Aunque es cierto que no todas las sinfonías brillaron a la misma altura, las interpretaciones estuvieron siempre entre la gran calidad y la excelencia.

En la Novena que coronó éste ciclo, la versión de Slobodeniouk, orquesta y coro fue realmente brillante en todos los sentidos. Fue una lectura analítica, muy bien estructurada y despojada de cualquier rastro de esas adherencias que en dicción, climas y mensaje se le fueron añadiendo con los años hasta convertirse en eso que llaman “tradición interpretativa” y que algunos quieren poner prácticamente a la misma altura que lo escrito por los autores.

El Allegro ma non troppo, un poco maestoso inicial marcó lo que habría de ser la versión, por tensión expresiva, claridad de planos y emotividad. El scherzo fue molto vivace, como Beethoven indica: el ritmo y un control dinámico muy bien regulado fueron sus principales características. El Adagio molto e cantabile fue el principal objeto de discusión por los aficionados a la salida del concierto. Atacado con un tiempo algo ligero, tuvo tanta emoción en expresión, texturas e intensidades como en la agógica -esas pequeñas variaciones del tempo no escritas en a partitura- aplicada por el maestro ruso; ésta, repito, dentro de un tempo general bastante ligero.

Manuel Moya, calentando emociones


La edición de Jonathan del Mar y la característica buena claridad de planos de Slobodeniouk permitió que gozáramos en toda la sinfonía de una infinita cantidad de matices expresivos. La emoción que solían proporcionar en este Adagio la lentitud y densidad antes acostumbradas - aquí ausentes, como decimos- dejaron paso a otra. La producida por los solos escritos por Beethoven para la cuarta trompa, que rara vez suenan con tal perfección técnica y tanta musicalidad como en la ejecución de Manuel Moya, una verdadera maravilla toda ella: soberbia en sonido y dicción e increíblemente precisa en unos saltos hacia abajo de alrededor de dos octavas, perfectamente ejecutados y de una limpieza inaudita. Muy notables fueron también los solos de flauta de Claudia Walker Moore y de oboe de David Villa.

Y el cuarto movimiento, la parte más conocida de la Novena, fue conducida con toda la grandiosidad contenida en sus notas y la aún mayor de su espíritu: este grandioso testamento sinfónico, el legado artístico que Beethoven dejó para goce de quienes, siglos después, seguimos beneficiándonos como herederos usufructuarios de su música. El estruendoso tutti inicial, o el empaste de chelos y bajos en el primer canto del motivo principal en pianissimo, fueron la rampa de lanzamiento de una brillante interpretación por la Sinfónica y el coro de la OSG.

Ambas agrupaciones mostraron una gran solidez general y ofrecieron una lectura minuciosa de cada detalle de la partitura. Es increíble la calidad alcanzada por los cantantes del Coro de la OSG y cómo ha crecido ésta en estos últimos años, llegando a estar su interpretación a la altura de otras escuchadas a coros profesionales y más veteranos.

El cuarteto de voces solistas cumplió en la medida de las expectativas. Josep Miquel Ramón estuvo sólido, seguro desde el recitativo inicial y generoso como en él es costumbre en esa frase terrible -Sondern laßt uns angenehmere anstimmen, und freudenvollere- de respiración casi inhumana. Ainhoa Arteta destacó en dúos y cuartetos y Gustavo Peña fue la voz de marcial energía necesaria en la sección Alla marcia. La  de Maite Beaumont quedó bastante eclipsada en los conjuntos, no en vsano es la parte solista más desagradecida de la obra.

La reacción del público fue realmente calurosa, con una larga y cálida ovación al finalizar la obra. También hubo unos tímidos aplausos al finalizar el primer movimiento, que entre el segundo y el tercero se convirtieron en un largo saludo inicial a los solistas. Esperemos que los usos “historicistas”  no lleguen a tanto como para que el comportamiento del público remede el de los conciertos de la Viena del XVIII y XIX, cuando los espectadores se llevaban de casa la merienda e interrumpían cada vez que les gustaba o disgustaba algun aspecto del concierto.




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