05 abril, 2016

Trazos como puños



O verdades como tales. La obra que David Arteagoitia (Bilbao, 1980) expone en la sala de exposiciones del CIEC (Centro Internacional de la Estampa Contemporánea) de Betanzos está vertebrada por la verdad. Esa verdad sencilla del trazo con toda la espontaneidad de este, pero también con toda la carga técnica que conlleva la sencillez. La falsa facilidad de los verdaderos maestros.

David Arteagoitia

Arteagoitia es maestro por cargo y por oficio: por cargo, como profesor de grabado y serigrafía en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad del País Vasco. El oficio, ese largo camino interminable para un verdadero artista, lo ha ido adquiriendo como es debido: con el paso del tiempo y la atención a sus maestros, a sí mismo y a sus alumnos. Desde sus inicios con Chema Eléxpuru y en sus estudios en la Facultad de Bellas Artes de Barcelona, en Florencia, o allá donde desde entonces ha acudido “a nutrirse” de sabiduría gráfica. El recorrido incluye Fuendetodos, la Fundación Casa Falconieri o los cursos de maestros bien conocidos por estos y otros lares como Ana Soler, Don Herbert, Enrique González o Gabriela Locci.

Como un buen maestro “a la antigua”, continúa sembrando su saber colaborando con escuelas e instituciones internacionales en las que adquirió su técnica como el CIEC o Casa Falconieri, o en la Central Academy of Fine Arts de Pekín, la Fundación Pilar y Joan Miró de Mallorca o la rumana Universidad de Arte George Enescu.

Foto cedida por el CIEC

Y la investigación; siempre la investigación, desde su tesis doctoral sobre La serigrafía de áridos con vehículos aglutinantes de base acuosa,  a partir de la cual ha centrado su labor de artista. Que solo merece ser así llamado quien renueva cada día su inquietud en busca de nuevos horizontes para su arte. De ahí que su obra se abra a partir de cada conocimiento adquirido como en una espiral ascendente. Una larga escala cuyos peldaños se basan en sus nuevos hallazgos en texturas y soportes y que tiene puertas siempre abiertas por las que invita -o más bien incita- a sumarse a esa búsqueda a sus alumnos de acá o allá.

En Betanzos
Al entrar en la sala del CIEC, llama la atención la armonía visual que la muestra ofrece al primer golpe de vista. La obra expuesta, apenas una docena de grabados, es de una austeridad cromática casi monacal; vive en la tríada blanco-rojo-negro. En música, la base de la armonía son las únicas tres notas, primera-tercera-quinta, necesarias para construir un acorde perfecto. Y, al igual que unos pocos acordes de tres notas se desarrollan con otras añadidas de acuerdo a las leyes musicales, la tríada cromática de la obra de Arteagoitia se enriquece con sus matices y los equilibrios cambiantes de sus densidades y volúmenes.

Foto cedida por el CIEC

Y con las texturas. Los grabados de Arteagoitia se basan en una materialidad que les permite ofrecer una relación casi escultórica a quien los contempla. Porque la materia está presente, no simplemente representada: en el carborundo, que redimensiona la obra hacia el volumen físico; en el papel y sus sugerencias táctiles -especialmente las de los grabados estampados “a sangre”, en los que se se estampa el papel completo, hasta su borde mismo-. Y así, el artista hace que el papel mismo se exprese a través de  la irregularidad natural de la fibra y las anfractuosidades de sus bordes sabiamente rasgados

Foto cedida por el CIEC

Bordes que devienen en puertos de una costa rocosa desde los que el espectador puede zarpar hacia un viaje interdimensional capitaneado por el autor sobre la firmeza de sus trazos negros. Viaje en el que se verá mecido por el suave oleaje de los pesos y volúmenes cambiantes. Y en el que se asomará -a través de la transparencia como de vidriera de sus blancos- a la pasión ricamente matizada por la sangre de sus rojos.

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